Por Rogelio Camarillo Carrillo
La familia ha sido el corazón de la vida colimense. En un estado pequeño, de volcanes, costa y valles fértiles, el hogar no es solo un lugar para dormir: es donde se aprenden, practican y transmiten los valores que nos identifican. Hablar de la familia colimense es hablar de solidaridad, respeto, hospitalidad, trabajo y fe viva. No son principios abstractos: se viven en mesas compartidas, fiestas de barrio, cuidado de los abuelos y regreso de los hijos ausentes.
En Colima, la familia ha sido la primera escuela de vida. Antes de pisar el aula, el niño aprende a saludar con respeto, compartir el pan y valorar el esfuerzo. El respeto a los mayores sigue siendo pilar: los abuelos son memoria viva. En muchas casas aún se escuchan historias de siembras, temblores, fiestas de antaño o mandas a la Virgen de Guadalupe. Ese diálogo entre generaciones mantiene el sentido de pertenencia: quien sabe de dónde viene camina con más firmeza hacia donde va.
La hospitalidad colimense se aprende en casa. Abrir la puerta, ofrecer un taco o unos sopitos, preguntar por la familia del otro, son gestos que revelan un valor profundo: el prójimo no es un extraño. En fiestas patronales, posadas, Día de Muertos o celebraciones guadalupanas, las familias se multiplican; los vecinos se vuelven parientes y los paisanos que regresan son recibidos como si nunca se hubieran ido. Esa capacidad de ampliar el círculo familiar fortalece el tejido social. Frente al individualismo, Colima apuesta por la cercanía.
El trabajo y la responsabilidad también se forjan en familia. Muchos niños acompañaron a sus padres al campo, al mercado o al taller; el esfuerzo no se predicaba, se demostraba con el ejemplo. Hoy, aunque las ocupaciones han cambiado y muchos jóvenes estudian o trabajan fuera, persiste ese compromiso. La familia sigue siendo el primer espacio donde se aprende que los logros individuales cobran sentido cuando benefician al conjunto: el éxito de uno se celebra como logro de todos.
La fe atraviesa la vida familiar colimense. No se reduce a rituales: es una actitud de confianza y gratitud. Las ofrendas de Día de Muertos, preparadas en familia, flores y platillos favoritos de los difuntos, muestran cómo el amor supera la distancia de la muerte. Peregrinaciones, mandas, posadas y mañanitas a la Guadalupana reúnen generaciones. En esos momentos, la familia se reconoce parte de algo mayor: una comunidad con raíces, esperanza y sentido de trascendencia.
Estos valores enfrentan desafíos. La modernidad, la migración, los cambios en roles de género y las redes sociales transforman las dinámicas familiares. Hay hogares monoparentales, familias ensambladas, parejas que no se casan y jóvenes que priorizan la autonomía podemos verlos de 35 y 40 años aun sin casar o tener en mente nuca hacerlo. No son una amenaza: invitan a renovar lo esencial. El amor, el respeto mutuo, la comunicación honesta y el apoyo incondicional siguen siendo el cimiento. Una familia fuerte no se define por su estructura, sino por la calidad de sus vínculos.
La familia colimense tiene vocación comunitaria. Cuando un vecino enferma, hay un temblor o se organiza una fiesta, las casas se abren y las manos se multiplican. Esa solidaridad se aprende en casa y se proyecta fuera. Permite que un estado pequeño se sienta grande: sus habitantes se saben parte de una red de afectos y responsabilidades compartidas.
Preservar y actualizar estos valores es tarea de todos. Padres y madres pueden transmitir no solo tradiciones culinarias o fiestas, sino respeto, generosidad y capacidad de escuchar. Escuelas, iglesias, centros culturales y medios locales pueden reforzar el mensaje. Cada persona, en su círculo cercano, decide cada día si fortalece o debilita el tejido familiar. La tarea es cotidiana: escuchar, corregir con afecto y acompañar sin imponer.
En definitiva, la familia colimense no es reliquia del pasado: es realidad viva que da sentido a nuestra identidad. Sus valores —unidad, respeto, hospitalidad, esfuerzo y solidaridad— son patrimonio de todos. Cuidarlos es cuidar lo mejor de nosotros. Porque cuando la familia está bien, Colima entera se siente más unida, esperanzada y capaz de enfrentar el futuro con la calidez con que siempre ha enfrentado la vida. Ese es el mejor legado.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






