En tiempos donde la inteligencia artificial amenaza con desdibujar las fronteras del conocimiento, la decisión de la Universidad de Colima de mantener la calidad académica como su sello distintivo constituye una postura clara frente a uno de los mayores desafíos educativos de nuestra época.
Mientras se mal entiende la igualdad como sinónimo de flexibilización de estándares —en aras de lo políticamente correcto—, el rector Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño ha sido consistente: la calidad no está en negociación. Y sostener esa premisa, en un entorno donde muchas instituciones optan por crecer en matrícula a costa del rigor académico, implica una responsabilidad mayor.
Porque el problema no es la inteligencia artificial en sí, sino su uso. Hoy existe el riesgo real de que el aprendizaje sea sustituido por la simulación: trabajos generados automáticamente, respuestas inmediatas sin proceso cognitivo y una falsa sensación de dominio del conocimiento. Si no se establecen reglas claras hay un riesgo real de deterioro académico.
De ahí la importancia de que las universidades mantengan la innovación como principio, pero con control institucional. En ese sentido, que la Universidad de Colima cuente desde hace dos años con lineamientos para el uso de inteligencia artificial demuestra su compromiso y, a su vez, la coloca como una precursora frente a otras universidades de la región.
Así, mientras proliferan universidades de bajo nivel —las llamadas “patito”— impulsadas sin un verdadero sustento académico, con baja matrícula y escasa credibilidad, la UdeC enfrenta el fenómeno contrario: una demanda creciente por ingresar a sus aulas. La razón es simple: la calidad sigue siendo un factor de decisión en las y los estudiantes.
La estrategia también es clara por parte del rector: actualización permanente de planes de estudio, incorporación de nuevas áreas como ingeniería en datos e inteligencia artificial, y el desarrollo de programas de posgrado en estos campos. Pero más allá de lo curricular, el verdadero reto es pedagógico: replantear la forma en que se enseña, se evalúa y se construye el conocimiento en una era de cambio acelerado.
A esto se suma otro desafío estructural: la formación de generaciones que arrastran rezagos derivados de la pandemia. Estudiantes que no sólo enfrentan una nueva realidad tecnológica, sino también vacíos en su proceso educativo previo. Mantener la calidad en ese contexto es una tarea compleja, la cual enfrenta la UdeC.
Por otro lado, ampliar el acceso a la educación media superior, donde se concentra el mayor nivel de deserción, sin sacrificar calidad, es quizá el equilibrio más difícil de lograr. Porque, como lo dijo el rector, crecer en matrícula a costa del rigor académico y la excelencia, no es una opción. Y no se claudicará en mantener la calidad que distingue a nuestra máxima casa de estudios. Eso es una tranquilidad en estos tiempos calamitosos.
Dos puntos.
El oficialismo ha impulsado una campaña contra la senadora Mely Romero Celis, señalándola por supuestas faltas injustificadas. Sin embargo, omiten que tres de ellas fueron en protesta por la reforma judicial (que destruyó la autonomía del poder judicial) y la militarización de la Guardia Nacional, y dos más por una gira de trabajo en Barcelona de la que derivaron propuestas de innovación. También omiten un dato clave: no es la legisladora con más ausencias, puesto que Virgilio tiene 14 faltas y Ana Karen 25 inasistencias. Es decir, no estuvieron en el senado, pero sí cobraron. Mely, por el contrario, optó por no justificar las faltas para no cobrar sus ausencias, en concordancia con la población que critica esta práctica. Mientras otros acumulan más faltas y sí cobran, Mely optó por no justificar las suyas para no recibir remuneración. Ahí la diferencia entre discurso y congruencia.
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