Juárez entre el Festival de Colima

0

Sociedad de la Información

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

Juárez legado: Usurpado y distorsionado. La Apoteosis del Bronce: El Juarez de Conveniencia. Cada 21 de marzo, el aire en México se espesa con el olor a incienso cívico y retórica de ocasión. Si don Benito Juárez García pudiera asomarse por un resquicio del tiempo, probablemente pediría que le devolvieran su humilde levita y lo dejaran retornar a la paz de la tumba, lejos de los festines de egolatría que se celebran en su nombre. Resulta fascinante, por no decir tragicómico, observar cómo el hombre que secularizó al Estado ha sido, paradójicamente, canonizado por una nueva religión política que lo mismo le reza para justificar un plumazo presupuestal que para excomulgar a los “conservadores” de turno.

El Evangelio según la Austeridad. El gobierno actual ha erigido un Juárez de cartón piedra, un tótem que sirve para validar la llamada “Austeridad Republicana”. Se nos repite hasta el cansancio aquella máxima que Juárez nunca practicó como castigo al desarrollo, sino como un principio de ética pública: “Bajo el sistema federativo, los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad” (Juárez, Manifiesto a la Nación, 1867). Sin embargo, la ironía es fina: hoy se invoca su nombre para desmantelar instituciones bajo el pretexto de la modestia, mientras el espíritu de la ley —ese que Juárez defendía con la terquedad de un agrimensor— se dobla ante la voluntad del caudillo.

Juárez no era un místico de la pobreza; era un místico del Derecho. Para él, la ley era el único altar sagrado. Qué sorpresa se llevaría al escuchar que hoy “la justicia está por encima de la ley”, cuando su vida entera fue un testimonio de lo contrario. Como bien señaló Justo Sierra en su biografía Juárez: su obra y su tiempo: “Juárez no fue un soñador, fue un hombre de leyes en un país de espadas; su fuerza no residía en el carisma, sino en la inquebrantable convicción de que la Constitución era el único suelo firme bajo los pies de la República”.

El Compás Desviado y la Escuadra Oxidada. Por otro lado, tenemos a las logias masónicas, esos “hermanos” que se golpean el pecho reclamando la paternidad intelectual del zapoteco. Se reúnen en templos orlados de oro y terciopelo para exaltar las virtudes del Frater Juárez, mientras muchos de sus miembros operan en las sombras de la burocracia, buscando precisamente lo que Juárez detestaba: el privilegio por encima del mérito.

La masonería mexicana ha convertido a Juárez en un amuleto. Olvidan que el liberalismo decimonónico era una fuerza disruptiva, no un club de networking para conseguir notarías. Utilizan la frase “El respeto al derecho ajeno es la paz” como un eslogan vacío en sus tenidas, mientras ignoran que esa paz, según Juárez, solo era posible mediante el fortalecimiento de las instituciones, no mediante el culto a la personalidad que hoy permea en sus propias filas y en su relación simbiótica con el poder político.

La Ley de Herodes con Rostro de Reforma. Es en el uso de la ley donde la ironía alcanza niveles de sátira de Shakesperare. Se cita a Juárez para atacar a la prensa, olvidando que fue él quien sostuvo que “la emisión libre del pensamiento es la más sagrada de las facultades”. Se le cita para cerrar filas en torno a un nacionalismo rancio, olvidando que su mayor triunfo fue integrar a México en el concierto de las naciones modernas a través de la legalidad internacional.

El gobierno actual ha adoptado la famosa frase apócrifa (atribuida erróneamente a Juárez, pero que resume la distorsión actual): “A los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”. Esta máxima, que Juárez probablemente habría repudiado por su tinte arbitrario, se ha convertido en el manual de operación política. Se usa el “juarismo” como un mazo para golpear al adversario, mientras el espejo de la historia les devuelve una imagen que se parece más al autoritarismo que Juárez combatió que a la República Restaurada que él soñó.

Como bien apuntaba el historiador Francisco Bulnes en su ácida pero necesaria crítica: “El mito de Juárez ha servido para que los políticos mexicanos se sientan autorizados a ser dictadores en nombre de la libertad”. El Retorno al Manuscrito Original. Para rescatar a Juárez de las garras de sus “admiradores” actuales, habría que recordar que su pensamiento no era una receta de cocina para el populismo, sino un tratado sobre el orden. Juárez creía en el mercado, en la propiedad privada (a veces con un rigor que hoy llamarían “neoliberal” al desamortizar bienes comunales) y, sobre todo, en que nadie —absolutamente nadie— estaba por encima de la Constitución.

Hoy, mientras los discursos oficiales retumban en el Zócalo y los masones desfilan con sus bandas y mandiles, el verdadero pensamiento juarista yace empolvado. Se le utiliza como escudo contra la crítica: si cuestionas al poder, cuestionas a Juárez; si exiges transparencia, eres un “conservador” que odia al Benemérito. El Silencio del Zapoteco. Al final del día, el aniversario de su natalicio no es más que una pasarela de hipocresía institucionalizada. El gobierno lo usa de estandarte para ocultar sus carencias, y la masonería lo usa de credencial para validar su relevancia perdida.

Si queremos honrar a Juárez, habría que dejar de citar en pancartas y empezar a leer sus cartas, donde advertía: “La democracia es el destino de la humanidad futura; la libertad, su indestructible arma; la perfección posible, el fin dónde se dirige”. Si la perfección es el fin, estamos recorriendo el camino en sentido contrario, de la mano de un Juárez que ellos mismos inventaron para no tener que obedecer al Juárez real.

La ironía final es que Juárez, el hombre que separó la Iglesia del Estado, se ha convertido en el santo patrono de un Estado que se comporta como una iglesia. ¡Qué cosa, don Benito, qué cosa!. Imagina que el bronce del Hemiciclo cobra vida por cinco minutos. El aire se enfría, el desfile se detiene y la figura de don Benito, con su levita impecable y su rostro de piedra, toma el micrófono. No hay música, solo el eco de una voz seca que no admite réplica.

Palabras del “Benemérito” desde el más allá: El Discurso del Desengaño. “¡Basta de ruidos y de inciensos malolientes! He escuchado suficiente. Llevan décadas paseando mi busto como si fuera un santo de bulto, justo yo, que dediqué mi existencia a quitarle a los santos el poder sobre la vida civil. Me produce una náusea constitucional ver cómo me citan para justificar lo que siempre combatí: la voluntad de un solo hombre por encima de la letra de la Ley.

A ustedes, los que hoy ocupan las sillas del poder y se llenan la boca con la palabra ‘Transformación’ invocando mi nombre: ¡Suéltenme la levita! Me llaman ‘el paladín de la austeridad’ para esconder la falta de resultados, pero olvidan que mi austeridad era para que el Estado fuera fuerte, no para que fuera inexistente. Yo dije que ‘bajo el sistema federativo, los funcionarios públicos no pueden disponer de las rentas sin responsabilidad’, pero ustedes han entendido que la responsabilidad es solo con el líder, no con la transparencia.

Usan mi frase del ‘Derecho Ajeno’ para pedir silencio ante el autoritarismo, cuando yo la escribí para que las naciones —y los tiranos— aprendieran a respetar los límites que la ley les impone. ¿Hablan de ‘pueblo’ mientras desmantelan las instituciones que garantizan que ese pueblo no sea atropellado? Recuerden lo que escribí en 1861: ‘La democracia es el destino de la humanidad futura’. La democracia, señores, no es la aclamación de una plaza; es el respeto al tribunal, a la prensa libre y al que piensa distinto. Me usan de escudo contra los ‘conservadores’, pero actúan con el dogmatismo de los obispos que yo mismo desterré.

Y a ustedes, mis ‘queridos hermanos’ de mandil y escuadra: Dan lástima. Se reúnen en sus templos a llamarme ‘Gran Luminar’ mientras afuera se arrodillan ante el poderoso en turno por una dirección general o una candidatura. Han convertido la Masonería en una agencia de empleos y mis ideales en una contraseña para entrar a la burocracia. Dicen buscar la ‘Luz’, pero les deslumbra cualquier reflector oficialista. ¿Dónde está la columna de la libertad que juraron defender? Juárez no era un hombre de logias silenciosas ante la injusticia; era un hombre de acción legal. Si hoy levantara la mano, no sería para darles un signo de reconocimiento, sino para quitarles el grado por indignos.

Me han convertido en una ‘Ley de Herodes’ con rostro de Reforma. Me citan para atacar al Poder Judicial, olvidando que yo fui su Presidente y que preferí andar en una carreta por el desierto antes que permitir que la Constitución fuera un pedazo de papel mojado.Como bien advirtió don Daniel Cosío Villegas: “El culto a Juárez ha servido para que México ignore a Juárez”.

No me traigan flores. No me hagan guardias de honor con sus trajes caros y sus conciencias baratas. Si quieren honrarme, lean la Constitución y obedézcanla, especialmente cuando no les convenga. Dejen de usar mi historia como un guión de opereta para su propaganda. Vuelvo a mi silencio de mármol. Prefiero ser una estatua fría que el cómplice de su farsa cálida. ‘La paz’, señores, no es la sumisión que ustedes predican; la paz es el fruto de instituciones fuertes, no de hombres providenciales. He dicho.”

Para reflexionar. “El Ocaso de la Capital”. A modo de despedida. Entre la retórica oficialista sobre la captura de criminales y el eco de los enfrentamientos que fracturan la paz, Colima se convierte en un páramo desolado al caer la noche. La ciudad gime bajo el peso del abandono: arterias viales fragmentadas por baches, maleza que devora el espacio público y luminarias que agonizan en la penumbra.

Hoy, la iluminación eficiente no es solo una tarea pendiente del ayuntamiento, es una urgencia de seguridad que se ignora para priorizar el espejismo del “Sabor a Fest”, un evento cuya calidad palidece frente a ediciones anteriores. Es evidente que el ayuntamiento capitalino ha canjeado la gestión pública por la promoción personal; el sueño de la Gubernatura parece cegar la responsabilidad administrativa.

Para despedirme. Esta negligencia, sumada a la falta de una oposición real, augura un abstencionismo histórico. Sin embargo, el camino no es el silencio, sino la crítica feroz: no podemos heredar esta decadencia a las próximas generaciones. Como Juarista, mi convicción es inamovible y mis ideales se resumen en un solo principio: por amor a la humanidad. Quedan advertidos. Nos vemos en la próxima entrega.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.