Rincón de la Conciencia
Por: Tanatólogo Antonio Valdés Mejía
En una pequeña ciudad rodeada de montañas y ríos cristalinos, vivía un hombre llamaban Don Chente. Era conocido por su bondad y su fe inquebrantable. Cada año, cuando llegaba el Día del Padre, Don Chente se dirigía a la antigua parota que se erguía en el centro del la pequeña ciudad, lugar donde todos se reunían para celebrar.
Este año, Don Chente tenía algo especial en mente. Quería dar gracias a Dios, no solo como su Padre celestial, sino también como el padre de todos en su comunidad. Preparó una pequeña ceremonia al pie de la parota y convocó a sus vecinos.
Con el cielo azul como testigo y el canto de los pájaros adornando el momento, Don Chente comenzó a hablar: “Hoy nos reunimos aquí no solo para honrar a nuestros padres terrenales, sino para expresar nuestra gratitud al Padre que nunca nos abandona. A ti, Dios nuestro, que nos has dado la vida y nos guías con tu luz”.
Continuó: “Por las lecciones aprendidas, por la fortaleza encontrada en los momentos difíciles, y por la esperanza que renueva cada día nuestro espíritu, te damos gracias. Eres el padre que celebra nuestras victorias y nos consuela en las derrotas, enseñándonos que cada experiencia es una bendición”.
La gente del pueblo escuchaba conmovida mientras Don Chente hablaba con amor y reverencia. Al finalizar su discurso, todos se tomaron de las manos formando un gran círculo alrededor de la parota y oraron juntos, elevando una plegaria de agradecimiento al cielo.
Desde ese día, la ceremonia de agradecimiento se convirtió en una tradición anual en el pueblo. Y así, cada Día del Padre, recordaban no solo honrar a sus padres terrenales sino también dar gracias al Padre celestial por su amor inagotable.
Espero que esta historia refleje la gratitud y el amor que sientes en este día tan especial. Agradece a tus dos padres, el terrenal y el celestial
