Por José Díaz Madrigal
Lo conocí allá por los noventa, era un tipo ameno y platicador, sobre todo cuando traía unas copas de brandy encima. De las veces que convivimos en reuniones o en alguna fiesta donde coincidíamos, nunca lo vi que tomara cerveza; él tenía preferencia por el brandy y sí era Don Pedro, mejor. En caso de que le ofrecieran Tequila o Wisky, no les hacía jalón; así que habitualmente traía en la cajuela de su auto, una reserva de dos o tres botellas de don “Peter” como él le decía. -Éstas botellas las echo al coche, para que no me agarren desprevenido-.
Tenía de compañero de juerga, a un pariente que se desempeñaba en una oficina de Gobierno del Estado. Procuraba pasar por él justo a la salida de la chamba, de ahí enfilaban rumbo a La Villa, al Botanero de Cruz; donde ambos eran bien conocidos, tan conocidos que la dueña del lugar muchas veces en que andaban bajos de lana, les fiaba la bebida anotando el importe del consumo en una sencilla libreta delgada.
En cierta ocasión en que llevaban varios días yendo al botanero pero sin billetes, la propietaria con un cigarro en los labios le dice a uno de ellos: -oye Chava, ya tienes llena la libreta de crédito-. Éste que era ágil para las respuestas, le contesta, mira Cruz para que no tengas ese problema, comprate un cuaderno grandote como el del Muelas (así le decían al oficial del Registro Civil de La Villa) Cruz que tenía gran sentido del humor y aparte le gustaba agasajar a la clientela, le festejó la ocurrencia y le dijo, -nomás porque me hiciste reír, la otra ronda de jaiboles corre por mi cuenta-.
Atendiendo a una invitación que les hicieron unos amigos, también tomadores como ellos, fueron a una coleada hasta Pihuamo. De regreso se vinieron bien armados con agua mineral, hielo y unas cocas; el brandy ya lo traían en el carro. Antes de salir, se prepararon sus respectivos jaiboles. La medida para vaciar el vino, era que llegara a la mitad del vaso una vez que ya tuviera los cubos de hielo adentro; luego agua mineral, después un chorrito de coca para que agarre color.
Durante el trayecto ya de noche, no les paraba la boca entre bromas y chascarrillos. Por venir distraídos en la platica, no se dieron cuenta de un burro pardo atravesado en la carretera, que por sacarle la vuelta se salieron de la misma, quedando el coche ladeado fuera de la cinta asfáltica.
Chava que venía de copiloto, le dice al pariente: -no te asustes, no te espantes, no fue un elefante lo que viste en el camino (ni en tales circunstancias perdía lo divertido) lo importante primo, es que no se me cayó el vaso de vino de la mano-.
Pasaron los años y un día el primo le dice a Chava, sabes que vale, por amor a la familia ya me voy a retirar de la borrachera. Chava lo entendió contestando, está bien primo, es correcto lo que tú haces; pero quiero que sepas que yo por mi parte, voy a seguir tomando hasta que se me llegue la raya; así merito como dicen los versos de la vieja canción de José Alfredo: Que se me acabe la vida, frente a una copa de vino.
Fiel a su promesa y forma de vivir, Chava murió relativamente joven, nunca dejó de tomar. No mucho tiempo después, lo siguió por la misma senda el primo; dejó de tomar demasiado tarde, ya tenía el hígado lacrado por el exceso de brandy que le tocó digerir en tiempos de aquellas largas parrandas. Las familias de cada uno de ellos, dolidos por tantos años de callado sufrimiento, se les notó una especie de alivio.
Así pues, murieron dos grandes amigos que hicieron de las bebidas fuertes, un estilo de vida. No tuvieron voluntad de parar a tiempo, antes que los estragos del alcohol hicieran mella irreversible en el órgano hepático.
En la actualidad, las enfermedades del hígado son la cuarta causa de muerte en el país. Pero lo preocupante es que aquí en nuestro Colima, el mayor porcentaje de alcoholismo se lo están llevando las mujeres.
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