Por: José Díaz Madrigal
En torno a la festividad de Los Fieles Difuntos -día de muertos- el martes de la semana pasada, algunas agrupaciones que defienden la eutanasia, se plantaron en una de las oficinas de la Secretaría de Salud en la ciudad de México, con el fin de impulsar la muerte digna.
En nuestro país la eutanasia y el suicidio asistido no son legales. Están prohibidos expresamente por la Ley General de Salud y son castigados por el Código Penal Federal como homicidio, las dos con penas de cárcel que van de 1 a 12 años encerrados por criminales.
Para aclarar, la eutanasia se define como el ejercicio de actuar u omitir acciones para facilitar la muerte de una persona. La primera parte -actuar- la eutanasia activa tiene que ver con proveer medicamentos o los medios necesarios para provocar la muerte de un ser humano. La segunda parte -omisión- es la eutanasia pasiva que consiste en omitir o no proporcionar tratamiento o alguna intervención adecuada para evitar la muerte de un individuo.
Fue en los últimos días del mes de agosto del año en curso, cuando decenas de personas que enfrentan enfermedades incurables; organizaron la primera marcha a nivel nacional de estas características, todo con el propósito de legalizar la eutanasia en la capital del país. Coreaban el siguiente lema: “mi vida, mi muerte, mi decisión”. Poco más de dos meses después, parte de ese colectivo clausuró simbólicamente las oficinas de la Secretaría de Salud, que ya se comentó con el plantón.
Veamos la cuestión médica. A ésta necesitamos apuntalarla para que mejore en lo que sea factible las condiciones de vida de los enfermos, pero con una calidad y aceptable nivel de tolerancia de su padecimiento, que le permita de acuerdo a su circunstancias, tener una existencia llevadera y soportable dentro del ámbito de la dignidad humana.
Por otro lado, existen tratamientos médicos que rayan en lo que se conoce como ensañamiento terapéutico, casi bordeando la línea de la crueldad, que de ninguna forma estamos obligados a permitir. Alargar artificialmente la vida de un enfermo que está desahuciado, no tiene ningún sentido y sólo acarrea mortificación y pena a los familiares.
El asunto de la eutanasia es un tema muy espinoso, porque realmente hay gente que está sufriendo horrores, viviendo situaciones sumamente inaguantables y que por lo mismo pide a gritos que la vida que le reste le sea lo más breve posible o de plano que le sea cortada.
Cortar, interrumpir la vida; nos conduce a la eutanasia activa. Dando a entender con eso, que somos los dueños absolutos de nuestra llegada a a la vida, de nuestra existencia y de nuestro cuerpo. En el mundo Católico este tipo de razonamiento no es aceptado. Sí bien el Creador nos dio libre albedrío, libertad de elección, voluntad libre; encima de todo esto el dueño de nuestra existencia no obstante toda la libertad que nos otorgó sigue siendo Dios.
En el momento en que alguien piense en terminar con su vida, está diciendo que todo su ser le pertenece, que es ella o él mismo quien decide sobre su vida y su muerte. Esto es sencillamente una negación muy grande de Dios.
Al enfermo hay que darle lo ordinariamente necesario para que viva. Pero en caso terminal, no es obligatorio lo extraordinario. Cuando no hay nada que hacer, no es bueno seguir dando drogas para mantener forzadamente la vida. Hablando de un estado avanzado de enfermedad hay que dejar al paciente vivir en paz el tiempo que le resta de vida.
Justamente el Papa León XIV a su llegada a Uruguay hace 2 días, abordó el tema de la eutanasia, en un país donde desde hace años es legal esa práctica.
El pontífice dijo: las personas -enfermos- deben ser acompañadas hasta el término natural de su vida -muerte digna-. La Iglesia desea colaborar para aliviar el dolor y sostener la vida de las personas para que no sean eliminadas. . . Porque la vida es Sagrada.
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