Sociedad del Conocimiento
Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez
El Código Penal Federal en México establece una distinción fundamental entre el homicidio doloso y el culposo. La ley se ramifica en figuras simples o calificadas —atendiendo a la premeditación, alevosía, ventaja o traición— y contempla modalidades críticas como el feminicidio. Sin embargo, más allá de la técnica jurídica, la verdadera naturaleza de un crimen suele revelarse en la intención del autor y en el eco que el acto deja en la sociedad. Como bien reza el dicho: “La justicia cojea, pero llega”; no obstante, cuando la rapidez se confunde con la opacidad, la justicia no solo cojea, sino que genera dudas.
Al despuntar el último sábado de enero, la colonia Placetas Estadio en Colima se convirtió en el escenario de una tragedia que sacudió los cimientos políticos y sociales de la entidad. Dos mujeres —tía y prima de Mario Delgado Carrillo, Secretario de Educación Pública, y del diputado federal Felipe Delgado Carrillo— fueron privadas de la vida. Inicialmente, el rumor vecinal y las declaraciones preliminares del legislador apuntaron al infortunio de un asalto. Pero en política, como en la vida, “lo que parece, es” solo hasta que el silencio oficial comienza a alimentar la sospecha.
El hermetismo de las autoridades y el vacío informativo no tardaron en mutar en conjeturas. En los pasillos del poder se susurra que este crimen no fue un azar delictivo, sino un mensaje cifrado para disuadir las aspiraciones del Secretario rumbo a la gubernatura de Colima en 2027. Bien sabemos que “en política no hay coincidencias”, y cuando la información se dosifica o se oculta, la imaginación colectiva llena los huecos con la peor de las certezas.
La consternación fue unánime. Las víctimas eran mujeres profundamente arraigadas en su comunidad, respetadas por la clase trabajadora y apreciadas por la feligresía local. Sin embargo, el sentimiento de luto se transformó en estupefacción cuando, apenas doce horas después, la Fiscalía anunció que los presuntos perpetradores habían sido abatidos al resistirse a su captura. Esta celeridad, inusual en un estado lastrado por la impunidad y las desapariciones, resulta paradójica: al silenciar permanentemente a los supuestos autores, se asesina también la posibilidad de conocer la verdad. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dirán algunos; pero en este caso, muerto el testigo, nace la leyenda negra.
Los detalles técnicos aportados por las corporaciones —el rastreo de un vehículo específico y su localización en Villa de Álvarez— parecen descartar la teoría del robo común o la vinculación con otros crímenes locales. Todo apunta a una ejecución quirúrgica. Este escenario complica aún más el tablero político para Mario Delgado. Si bien ya advertíamos que su camino a la candidatura se tornaba sinuoso debido a cuestionamientos internacionales y alianzas locales complejas, este suceso parece colocar un “calzador” de plomo a sus aspiraciones.
Hoy, la narrativa oficial lucha contra una sentencia social ya dictada por las redes y los detractores. A menos que se logre capturar vivo al autor intelectual, la figura del político colimense quedará atrapada en este laberinto de especulaciones. No es una historia nueva: la historia nos enseña que “no hay peor cuña que la del mismo palo”. Ya en los años setenta vimos cómo el ingeniero Jesús Robles Martínez, a pesar de su poder, fue desconocido y cercado por aquellos mismos colimenses que se beneficiaron de su sombra cuando el sistema decidió desecharlo.
Para reflexionar. El Tablero Político y el Calzador Esta tragedia ocurre en un momento donde la figura del Secretario de Educación parecía ya alejarse de la candidatura estatal. Entre señalamientos internacionales y alianzas locales complejas, su postulación se percibía forzada, “con calzador”. Hoy, el vacío informativo y la narrativa de los opositores han dictado una sentencia social difícil de revertir. A menos que se capture vivo al autor intelectual, la sombra de este suceso perseguirá su carrera, recordándonos que “no hay peor cuña que la del mismo palo”.
El Refugio de la Tradición: Atole, Tamales y la Candelaria. En medio de la zozobra, Colima se aferra a sus raíces. Es justo reconocer el esfuerzo de José “Pepe” Paredes, quien desde hace un año lucha por revitalizar el Jardín de San Francisco, un espacio que hace décadas fue el corazón de la convivencia capitalina. Aunque parezca una labor de Sísifo, “la gota de agua horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia”. Sus actividades, que culminan este 2 de febrero en honor a la Virgen de la Candelaria, mantienen viva la tradición del atole y los tamales, ese compromiso sagrado de quienes encontraron al “Niño” en la Rosca de Reyes.
Por otro lado, la Iglesia de la Salud vive este año una festividad puramente litúrgica. Se extraña el bullicio social, pero persiste la devoción. La gran incógnita sigue siendo la Orquesta Colorado Naranjo. Muchos se preguntan si su tradicional concierto de agradecimiento tendrá lugar este año. Al no haber templete, la duda impera, pero la fe de los feligreses sostiene que la música no faltará. Al final, “la fe mueve montañas”, y en Colima, la música de los Naranjo es parte de nuestra identidad. Hoy finalizan las fiestas en la ciudad de Tecomán, lugar donde se venera la Virgen de la Candelaria para dar paso el próximo viernes a una de las fiestas más lucrativas: Las de Villa de Álvarez.
Para despedirme. Mientras el estado decide su futuro político entre sospechas, la sociedad se refugia en sus santos y sus sabores, esperando que, tras la misa de seis, el clarinete de la Colorado Naranjo nos devuelva, al menos por un instante, la paz perdida. Nos vemos en otra entrega. Hasta luego.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

