El silencio sepulcral en Colima: Entre el yunque y el aula

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Sociedad de la Información

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

En el Colima de mi infancia, el silencio no era ausencia de sonido, sino una forma de respeto. Mientras mi madre, en un acto de amor desesperado, estiraba las horas de la noche frente a la costura o los libros para cubrir nuestras necesidades, mis días transcurrían bajo la sombra de mis abuelos paternos. En aquella casa familiar no se hablaba de ocio; se hablaba con el martilleo constante. Como dice el refrán: “Alba generosa, jornada provechosa”. Sin que nadie me lo impusiera, impulsado por esa inercia del esfuerzo, pedí mi lugar en el taller de hojalatería de mi abuelo y mi tío.

Mi abuelo era un hombre de una pieza, de mirada tan penetrante que sus ojos parecían soldar el alma. Su sola voz era un mandato absoluto. Observarlo trabajar era ver la maestría del viejo régimen: nos dejaba aprender de otros, pero su juicio era final. Cuando nos veía soldar o remendar, movía la cabeza con una desaprobación silenciosa que dolía más que un regaño. Un día, sin preámbulos, sentenció mi destino en el taller: “Dile a Jorge que ya no trabajarás para él. Mañana te quiero aquí a las tres de la tarde”.

Aquella no fue una instrucción, fue una iniciación. No fueron pocos los botes lecheros que vi terminar en la basura porque no cumplían con su estándar de perfección. “Fíjate bien cómo se hacen las cosas; deja de hacerlas mal”, me decía con una voz recia, carente de insultos pero cargada de una exigencia sagrada. “Lo que bien se hace, bien parece”, rezaba su filosofía. Con el tiempo, mis manos aprendieron el lenguaje del metal: desde las medidas precisas para los litros hasta las intrincadas jaulas para pájaros. Sin embargo, en mi interior crecía una disyuntiva: el oficio que ya dominaba o la profesión que mi madre soñaba para mí.

Debo confesar que el magisterio no fue mi primer amor. Llegué a esta noble profesión, que hoy es mi pasión, por la insistencia casi coercitiva de mis padres. Me “chantajearon” con la subsistencia económica para que estudiara en la Normal, y no en Colima, sino en Ciudad Guzmán. Fue en ese cruce de caminos donde mi abuelo y mi tío Ernesto se convirtieron en los faros de mi decisión.

A mediados de agosto de 1984, tras escuchar su programa favorito en la XRL, mi abuelo se sentó conmigo. Sus manos, antes firmes, temblaban ligeramente. “Mira mis manos”, me dijo, “mi cuerpo ya resiente el trabajo. Tú no lo ves en tu tío Jorge porque es joven, pero el tiempo no perdona el esfuerzo físico extenuante. Ve y cumple tu función; esa te dará un sustento digno y, al final del camino, una pensión para vivir en paz”. Fue el consejo del sabio que sabe que “la juventud es un defecto que se corrige con el tiempo”, pero las cicatrices del oficio son permanentes.

El destino me llevó a Guerrero, lejos de la protección familiar. Mi madre, temerosa, me envió primero con mi tío Ernesto, entonces encargado de Cultura del Estado, buscando una alternativa que no me alejara tanto. Él, con la elegancia de quien vive entre libros, me hizo una sola pregunta: —¿Qué estudiaste?Profesor de Educación Primaria —respondí. —Entonces no tenemos nada de qué hablar —sentenció de forma tajante. Mi abuelo, al enterarse, solo reafirmó: “Ernesto te dijo lo que un hombre debe hacer: ve y cumple tu destino”.

Aún no cumplía los 18 años cuando salí al mundo. La burbuja de protección de mis padres y del Mtro. Miguel Montes, se reventó ante la crudeza de la realidad. Aunque académicamente iba armado con lecturas pedagógicas, históricas y psicológicas —gracias al rigor del Mtro. Vega en Ciudad Guzmán—, la vida exterior era un libro en blanco. Guerrero fue mi crisol. Allí comprendí que lo que nos mantiene en pie son cuatro pilares: los valores de la infancia, el amor de los padres, la fraternidad de la familia (como la de mi tío Enrique Zamora y Ernesto Terríquez) y la formación sólida de mi alma mater.

Regresé a Colima con un hambre voraz de conocimiento. Cursé licenciaturas y maestrías, buscando siempre la excelencia. Caímos, sí, muchas veces, pero el taller de hojalatería me había enseñado que el hierro se forja a golpes. Sin embargo, en la academia también encontré desilusiones. En una institución disqué de izquierda aprendí a mirar un mundo idealizado que nunca existió. Admiré a sus catedráticos cuya lucha creía genuina, solo para descubrir que, a menudo, el dogmatismo nos ciega ante lo que realmente aporta.

Tras 37 años de servicio, mi visión se ha afilado. Durante décadas critiqué al sistema, pero hace veinte años comencé a notar que la oposición a menudo es un espejo de aquello que combate. La soberbia impide ver que, en ambos lados del espectro, la honradez es un bien escaso. Como decía Séneca: “No hay viento favorable para el que no sabe a dónde va”.

Para reflexionar. En la actualidad, nos enfrentamos a una “Sociedad de la Información” que, paradójicamente, parece buscar el silencio sepulcral. Un sistema de piel delgada que castiga la disidencia. La historia de Sócrates y la cicuta no es un eco lejano; es la realidad cotidiana de quien se atreve a pensar en voz alta. Vivimos en la era de la incredulidad, donde el mensaje se ignora para linchar al mensajero. Me duele ver a aquellos docentes que antes denunciaban la opresión y hoy, ante la corrupción evidente, callan por conveniencia. “El que calla, otorga”, y ese silencio es cómplice de la decadencia.

Para despedirme. Veo el horizonte para mi hijo de tres años y me invade la preocupación. Una educación en declive, un sistema intolerante y una clase política ensimismada. Por ello, he tomado una decisión: así como guie a sus hermanos mayores en especial a mi hija Miranda, lo haré con él. No permitiré que su mente sea rehén de ideologías vacías. Y, sobre todo, volveré a mis raíces: lo llevaré a un taller. Le enseñaré un oficio, el arte de trabajar con las manos, para que antes de ser un profesional, sea un hombre libre con un medio para salir adelante por sí mismo. Mientras el martillo siga golpeando el yunque de la conciencia estará vigente. “No es libre quien sigue la corriente, sino quien sabe manejar el martillo de su propia conciencia.” Nos vemos en la próxima entrega.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.