Por: Rogelio Camarillo Carrillo
Hay estados que gritan su grandeza a los cuatro vientos. Colima, en cambio, la susurra. Y precisamente por eso, el orgullo de ser colimense se siente más profundo, más auténtico, más nuestro. En apenas 5,625 kilómetros cuadrados —uno de los territorios más pequeños de México— cabe una riqueza histórica, cultural, humana y natural que desborda cualquier mapa.
Nuestra historia se remonta milenios atrás. La cultura Colima, floreciente entre el 200 a.C. y el 500 d.C., nos legó una de las expresiones artísticas más singulares del Occidente mexicano: esas figurillas de perros de cerámica roja, los tlalchichi, compañeros de viaje al inframundo. Sitios como La Campana nos recuerdan que aquí hubo vida organizada mucho antes de la llegada de los españoles. En 1523, Gonzalo de Sandoval fundó la segunda ciudad más antigua de la plataforma continental americana. Cinco siglos de mestizaje, de resiliencia frente a volcanes y huracanes, nos forjaron el carácter: gente hospitalaria, trabajadora y con una dignidad serena que no necesita alardes.
Esa misma tierra nos regaló una gastronomía única en el país. El pozole seco —esa genialidad nacida, según la leyenda, de un olvido feliz en Manzanillo— resume el ingenio colimense: los mismos ingredientes del pozole tradicional, pero servidos sobre tostada, intensos, concentrados, sin caldo que diluya el sabor. Los sopitos de Villa de Álvarez, el tatemado macerado en vinagre de coco, el ceviche con zanahoria y limón de Tecomán (alguna vez capital mundial del limón), y, por supuesto, la tuba. Esa bebida milagrosa que llegó con la Nao de China desde Filipinas y se quedó para siempre en nuestras palmas de coco. Fresca, ligeramente fermentada, con cacahuates y fruta: un trago de historia viva en cada esquina.
La calidad humana es, quizás, nuestro mayor patrimonio. Vivimos en un estado donde el tiempo todavía tiene paciencia. Donde un desconocido te saluda en la calle, donde las familias se reúnen alrededor de la mesa sin prisa, donde el “colimense” es sinónimo de gente de palabra. No es casualidad que, en diversos estudios de percepción, la ciudad de Colima y Manzanillo hayan destacado históricamente por su calidad de vida, cohesión social y orgullo municipal. Aquí se respira una calma que las grandes metrópolis perdieron hace décadas.
Y está el paisaje, ese escenario privilegiado que nos hace sentir privilegiados. Del Volcán de Fuego —uno de los más activos del mundo— al Nevado de Colima; de las playas de Manzanillo, puerta del Pacífico y paraíso de la pesca deportiva, a las lagunas esmeralda de Manantlán; de Comala, el “pueblo blanco de América” inmortalizado por Juan Rulfo, a las salineras artesanales de Cuyutlán con más de 500 años de tradición. En febrero, Villa de Álvarez levanta La Petatera: la plaza de toros artesanal más grande del mundo, construida a mano por decenas de familias con petates, madera y conocimiento ancestral. Es una obra efímera que resume lo mejor de nosotros: trabajo colectivo, tradición viva y belleza temporal.
Colima tiene todo para ser un destino turístico de primer nivel: sol y playa, turismo de aventura, cultura, gastronomía, naturaleza y esa calidez que no se fabrica. Somos un estado contenido, íntimo, que invita a descubrirlo despacio. Quien llega se sorprende; quien se queda, se enamora.
Ser colimense no es solo nacer aquí. Es cargar en la sangre el aroma del café de Comala, el sabor del pozole seco, el rumor del mar de Manzanillo y la silueta imponente del volcán. Es saber que, en un país tan vasto, nosotros tenemos un pedazo de paraíso a escala humana. Un lugar donde la historia no es museo, sino vida cotidiana; donde la cultura no se exhibe, se vive; y donde el orgullo no se grita… se siente.
Por eso, cada vez que alguien pregunta de dónde somos, respondemos con la frente en alto y una sonrisa tranquila: De Colima.
Y eso, en este mundo acelerado, ya es un privilegio enorme.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






