Por: Ángel Durán
El soldado al que llamaron traidor nunca traicionó. De hecho fue fiel a sus principios de ética militar y el más leal a Francisco I. Madero.
Gobernaban sin ley quienes lo acusaron, y cien años después los documentos históricos le devuelven su nombre a la historia que merece.

Felipe Ángeles nació en Zacualtipán, Hidalgo, en 1868, hijo de un coronel de la lucha contra la Intervención Francesa.
Ingresó al Colegio Militar a los 14 años y se convirtió en el artillero más preparado de su generación: profesor de balística, comisionado en Francia y Estados Unidos, condecorado con la Legión de Honor.
Friedrich Katz, su principal biógrafo, lo definió como “el único verdadero intelectual que produjo el Ejército Federal”.
En 1912, el presidente Francisco I. Madero lo llamó para sustituir al general Juvencio Robles, cuya política de tierra quemada solo avivaba el zapatismo.
Ángeles optó por métodos conciliadores, amnistías y respeto a la población civil.
El resultado fue inédito: su enemigo en el campo de batalla, Emiliano Zapata, escribió de él: “De hombres así necesita la revolución”.
En febrero de 1913, durante la Decena Trágica, Madero —abandonado por sus generales— viajó personalmente a Cuernavaca a buscarlo.
Quiso ponerlo al mando de la capital, pero su gabinete lo impidió.
Cuando Victoriano Huerta consumó el golpe, arrestó a Ángeles primero que a nadie, precisamente porque conocía su lealtad a Madero.
Preso junto al presidente, escuchó sus últimos pasos: “Adiós, mi general, nunca volveré a verlo”. No existió mexicano más fiel a Madero que él.
En 1913 se sumó a la revolución constitucionalista y se convirtió en el estratega de la División del Norte.
Fue el arquitecto de Torreón y de Zacatecas, las batallas más grandes de la revolución.
Profesionalizó al ejército villista y aplicó una guerra humanitaria sin precedentes: tras Monterrey liberó a unos tres mil prisioneros federales.
Katz la llamó “la campaña más humana de toda la revolución mexicana”.
Villa, con toda razón, le reconoció: “Todo el éxito se lo debía a él”.
¿Por qué, entonces, se le acusó de traidor? La respuesta documental saca a relucir la verdad un siglo después.
En diciembre de 1914, Álvaro Obregón redactó un folleto titulado “Cargos concretos contra Francisco Villa, José María Maytorena y Felipe Ángeles”.
Ahí se afirmó que el general Felipe Ángeles había telegrafiado a Porfirio Díaz desde París, que retiró su artillería durante la Decena Trágica y que aspiraba a sustituir a Madero.
Eran cargos sin un solo documento que los respaldara, escritos cuando Ángeles ya era enemigo político de Obregón.
La evidencia los desmiente: Madero confiaba en él a ciegas, Huerta lo encarceló por leal a Madero, y el general Gabriel Gavira reconoció en sus memorias que Ángeles fue “el único que cañoneaba efectivamente La Ciudadela” mientras los demás conspiraban.
La verdad está en el plan con el que regresó del exilio en 1919: el Plan de Río Florido, que proponía restaurar la Constitución de 1857 y prohibir que los caudillos militares fueran candidatos presidenciales.
Eso era un golpe mortal contra Carranza y Obregón, quienes aspiraban al poder por la fuerza de las armas.
México era una república constitucional; pero los generales en turno gobernaban mediante planes militares y decretos, sin elecciones y por encima de la ley. El general Felipe Ángeles era el espejo que les devolvía su ilegalidad.
Fue juzgado en Chihuahua en un proceso que sus propios jueces calificaron de farsa, y fusilado el 26 de noviembre de 1919.
Su testamento: “Mi muerte hará más bien a la causa democrática que todas las gestiones de mi vida”.
El cónsul estadounidense reportó que el 90% de la población condenó el juicio; cinco mil personas lo acompañaron al panteón.
Felipe Ángeles no fue un traidor, fue un héroe republicano adelantado a su tiempo: un general que creyó que el ejército debe obedecer a la Constitución y no mandar sobre ella.
Los únicos que lo llamaron traidor fueron sus enemigos políticos, hombres que detentaban el poder por el cañón y que no podían tolerar que un militar profesional exigiera someterse a la constitución.
La historiografía seria —Katz, Guilpain, Garciadiego— y los documentos del INEHRM y Memorica lo absuelven.
Hoy su nombre corona el principal aeropuerto de México.
“¿Por qué temerle a la muerte, si no le temo a la vida?”, preguntó antes del fusilamiento.
Murió siendo lo que pocos de sus contemporáneos fueron: un verdadero patriota.
Su nombre vuelve a la memoria nacional porque México necesita recordar que la ley puede más que el fusil, y que hubo un hombre que lo demostró con su vida.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






