El eco de las palabras y la mesura del terruño

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Sociedad de la información

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

En el devenir político de nuestro estado, donde la brisa del Pacífico suele templar los ánimos más encendidos y el Volcán vigila con imperturbable paciencia el andar de sus hijos, la palabra empeñada ha sido, desde tiempos inmemoriales, el eje rector de la vida pública. Colima, provincia de arraigadas tradiciones y de diálogos intensos en los portales, asiste hoy a un singular intercambio mediático que merece un espacio de serena reflexión; un análisis alejado del ruido de las plazas y más cercano a la prudencia que dicta la experiencia.

En los meses recientes, los micrófonos y las columnas locales han sido testigos de las declaraciones del Lic. Fernando Moreno Peña, exgobernador del Estado. Con la agudeza discursiva que le caracteriza y el peso específico de quien conoce las entrañas del quehacer gubernamental, Moreno Peña ha vertido análisis y precisiones sobre el acontecer local. Frente a este despliegue de opinión, ha emergido con presteza la figura de don Arnoldo Vizcaíno Rodríguez, padre de la actual mandataria estatal, asumiendo una postura de constante réplica y desmentido ante los dichos del ex titular del Ejecutivo.

Este cruce de declaraciones, si bien enriquece el debate democrático que siempre ha oxigenado a nuestra entidad, corre el riesgo de desvirtuar el verdadero propósito de la política, que no es otro sino la búsqueda del bien común a través de la concordia. El ímpetu protector y la militancia histórica de don Arnoldo son comprensibles; sin embargo, la madurez republicana exige discernir cuándo la respuesta es estrictamente necesaria y cuándo el silencio respetuoso se convierte en la mayor de las virtudes políticas.

Es de bien nacidos reconocer los puentes que la propia historia teje. La realidad de la política colimense contemporánea dista mucho de las trincheras infranqueables del pasado. En el fondo, no existe un ánimo de confrontación ni una agenda de menoscabo por parte del exgobernador Fernando Moreno Peña. Por el contrario, es de dominio público la relación de respeto cordial y la vecindad armónica que la familia del exmandatario mantiene con la gobernadora, la maestra Indira Vizcaíno Silva. Este vínculo, cimentado en el entendimiento mutuo y el respeto a la investidura que hoy ostenta la joven mandataria, desactiva cualquier atisbo de hostilidad real.

Por ello, la narrativa que hoy nos ocupa no busca encender hogueras, sino invitar a la reflexión de sobremesa. Conducir el debate hacia la arena de la confrontación de carácter personal resulta estéril cuando los canales del diálogo institucional están abiertos y los lazos de cortesía familiar permanecen intactos. La figura paterna, tan respetable en la tradición colimense, halla su mejor trinchera en la prudencia que aconseja y en la mesura que pacifica, evitando así que los desencuentros discursivos empañen la gestión de quien hoy lleva las riendas del estado.

Al final del día, las administraciones pasan y la historia permanece inalterable en el juicio de los ciudadanos. Convendría, pues, que don Arnoldo Vizcaíno mitigara el celo de la réplica constante frente a las observaciones de Moreno Peña. La grandeza de Colima no se construye en el diferendo cotidiano, sino en la capacidad de sus hombres y mujeres públicos para coexistir bajo el amparo de la madurez y la elegancia política. Que la palabra sea para edificar puentes, no murallas, y que la paz del terruño siga siendo el valor supremo que guíe las acciones de nuestros líderes.

Reflexión. Bajo este cariz, cabe sopesar cómo el orden de los factores sí altera el producto cuando se trata de relaciones políticas. El profesor Arnoldo Vizcaíno parece distanciarse cada vez más de aquella figura que la ciudadanía conoció en antaño; aquel actor político de izquierda que, desde la tribuna legislativa, llegó en su momento a respaldar al Partido Acción Nacional. Actualmente, se percibe en su postura una especie de infalibilidad, como si transitara más allá del bien y del mal.

Se muestra seguro en su posición, mas parece soslayar dos realidades inexorables: primero, que el relevo en la gubernatura eventualmente llegará y que la futura fórmula gubernamental también poseerá una figura paterna; segundo, que al actual gobierno estatal le resta aproximadamente año de medio de gestión. Los conflictos innecesarios en los que se puede involucrar a la mandataria corren el riesgo de escalar hacia escenarios complejos, provocando incluso lo que menos desearía Indira Vizcaíno Silva: la consolidación de una mega alianza opositora.

Por otra parte, la naturaleza política de Fernando Moreno Peña permanece inalterable. Así ha sido a lo largo de su trayectoria. Quienes conocen su biografía saben que, cuando se fija un objetivo, despliega la estrategia necesaria para alcanzarlo y triunfar. Es un personaje al que le atrae la confrontación de ideas en la arena pública; prefiere subir directamente al cuadrilátero antes que enviar emisarios a dar la batalla por él.

Históricamente, se pueden rastrear sus intensos choques políticos con los exgobernadores Silverio Cavazos (+) y Mario Anguiano Moreno. A pesar de las adversidades o de los saldos negativos de tales batallas, su constante ha sido la defensa de su propia verdad. Incluso durante el sexenio de José Ignacio Peralta Sánchez, Moreno Peña figuró como el único priista que señaló públicamente que la administración estatal no estaba haciendo bien las cosas, un hecho respaldado por cientos de declaraciones y registros video gráficos.

A estas alturas de su vida, Fernando Moreno Peña se proyecta como un hombre satisfecho con su trayectoria. En el terreno de lo público, ha alcanzado las posiciones políticas y académicas más relevantes de la entidad. En contraste, el panorama del profesor Arnoldo Vizcaíno es distinto, dado que la posición de máximo poder no la ostenta él, sino su hija; son, por lo tanto, dos realidades políticas y generacionales diferentes. En consecuencia, el exgobernador difícilmente entrará en una dinámica de contestación directa con el padre de la mandataria, puesto que Moreno Peña mantiene la prerrogativa de elegir con quién desea debatir en el escenario público.

A manera de conclusión analítica, resulta evidente que cuando el ex rector, ex diputado federal y ex gobernador vierte una opinión, no lo hace al azar, sino con la intención de evaluar qué actor político muerde el anzuelo de la provocación discursiva. Dentro de la opinión pública local, se ha calificado como un desacierto estratégico que personajes como Leonel “Locho” Morán deleguen implícitamente en el padre de la gobernadora la tarea de responder en su lugar. En el futuro inmediato, es previsible que el exmandatario no continúe lanzando este tipo de anzuelos políticos, sabiendo el mensaje que con ello transmite. Esto no impedirá que siga recurriendo a la ironía y a la agudeza sobre los temas de la agenda local, pues la política y la crítica punzante constituyen, en esencia, su verdadera pasión y estilo de vida.

Nos vemos en otra entrega.