Por: José Díaz Madrigal
Ahora que terminó la semana de Pascua, vale la pena recordar que en la semana de Pascua de hace 100 años; el obispo de Colima en aquel tiempo don José Amador Velasco, ordenó suspender las celebraciones religiosas en Templos, Parroquias y Capillas de la diócesis a su cargo. Fue un miércoles 7 de abril pero de 1926, cuando se ofició el último acto Litúrgico. Éste consistió en una Hora Santa de desagravio y después la Santa Misa de once a doce del día en la Catedral de aquí de Colima.
Dos días antes el 5 de abril, se había llevado a cabo una multitudinaria manifestación convocada por la sociedad colimota, con el fin de protestar por diversas arbitrariedades de parte de gobierno del estado. Una de las principales causas era el decreto que mandó publicar el masón y rabioso gobernador interino de Colima, Francisco Solórzano Béjar, que traía pleito casado con todo lo que oliera a clero. Esa ordenanza llevaba la disposición de reglamentar el culto en la Iglesia Católica. En ese decreto se ordenaba tajantemente a que hubiera tan solo 20 sacerdotes dentro del Estado de Colima.
Previo a ese día 5, el pueblo Católico se encargó de hacer un llamado casa por casa para que concurrieran a la marcha, en que se iba a exigir la revocación del malintencionado decreto. Los vecinos bien puestos y animados, aseguraron a los organizadores que estaban dispuestos a ir. El motivo era preciso, manifestar la absoluta inconformidad con el malvado decreto del también malvado gobernante.
Una de las promotoras del mítin, Leonor Barreto, de inmediato pensó en la poetisa Cuca Morales para que con su firme y elocuente palabra, fuera la encargada de llevar la voz de queja y descontento del pueblo Católico, frente a palacio de gobierno.
Amaneció aquel lunes de Pascua, gente de todas las clases sociales, ricos y pobres; hombres, mujeres, niños y viejos de la ciudad y poblados circunvecinos; se empezaron a congregar en el Jardín Nuñez. Por todas las calles aledañas al mencionado jardín, se veía numerosos grupos de personas que arribaban para iniciar la marcha.
Del Jardín Nuñez, la multitud se dirigió al lujoso hotel Carabanchel ubicado en la 5 de mayo -actualmente es el edificio de dos plantas abandonado desde hace muchos años- en ese lugar estaba hospedado un enviado del gobierno federal, que vino a propósito del problema que se había desatado con el referido decreto. Esa vez en el hotel, tomaron la palabra dos personas: Cuca Morales y don Margarito Villalobos.
Con vibrante verbo los dos oradores expusieron al delegado la indignación del pueblo colimote, debido al atropello de que estaba siendo víctima su querida Iglesia. El delegado nomás como pa’salir del aprieto que no esperaba, sólo se encargó de darles atole con el dedo; les dijo, el gobernador me ha asegurado que está dispuesto hasta a renunciar a su puesto, sí el pueblo se lo pide.
Alentados por los dichos del delegado, del Carabanchel la columna enfiló al Jardín Libertad. Lo que no esperaban ver los manifestantes, era un copioso despliegue de soldados y un montón de policías en la azotea de palacio.
Cuca no se amilanó, bien parada frente al balcón principal de palacio, arrancó su discurso; mientras tanto la muchedumbre respaldaba su oratoria brillante y fluida. Solórzano salió al balcón rodeado de paleros y subordinados. Según uno de los asistentes al jardín ese día, el gober se notaba desencajado y nervioso cuando la multitud coreaba su renuncia. Luego con actitud de cólera descontrolada, empezó a golpear el barandal del balcón con las manos y con grito abierto les dijo: mis órdenes se van a cumplir, nada me doblegará y además quiero que sepan que no renunciaré. Al terminar la última frase, desenfundó una pistola que traía clavada en el cuadril; disparando directamente contra Cuca Morales y quizá debido al enojo no logró atinar al blanco.
Dió la impresión que los primeros plomazos del iracundo gobernador, era una señal para que se soltara la balacera. Ese día quedó una tendalada de muertos en la calle y andadores del jardín. De tal suerte -relata un cronista de ese tiempo- que el Jardín Libertad fue testigo de las primeras víctimas de la Cristiada, que habiendo ido a pedir libertad de culto, fueron acribillados por el rabioso gobernante. Resultando pues, una paradoja que en el Jardín llamado “Libertad” a donde el pueblo fue a pedir libertad de culto, parte de éste pueblo fuera abatido por un gobernador intolerante y corrupto.
Esa última Misa del 7 de abril, Catedral estaba a reventar, incluso afuera en la calle por Madero se apretujaba un gentío. Ya ni se diga por la parte de enfrente del lado del Jardín Libertad, regado dos días antes con la sangre de los Católicos que ahí murieron, asesinados por Solórzano y su pandilla de rufianes.
Así pues, a 100 años de distancia, vaya con respeto un recuerdo de gratitud, una rama de Ciprés en la tumba de los caídos en el Jardín Libertad aquel funesto 5 de abril de 1926. Su muerte no fue en balde, murieron por lo que hoy en día tenemos todos los mexicanos. . . Libertad Religiosa
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

