El CREN de Ciudad Guzmán bajo el asedio del capital

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Sociedad de la Información

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

Este día se viste de un matiz dual para mi espíritu. Hace dos años, partió de este plano el segundo ser que, por encima de mis sombras y yerros, me brindó un amor incondicional, a la vez platónico y sagrado: mi madre. Su partida, ocurrida en una fecha que el calendario comercial satura de ruidos, se convirtió para mí en un hito de silencio y memoria. Irónicamente, ella se fue un día diseñado para no olvidar, reafirmando el simbolismo que compartimos junto a mi padre y mis hermanos, Juan José (†) y Marco Antonio.

Hoy, mientras el mundo se vuelca al consumo bajo el disfraz de la amistad, yo prefiero la introspección. Bien dice el refrán que “obras son amores y no buenas razones”. En el terreno de lo espiritual, cabría preguntarnos: ¿Hemos perdonado realmente? ¿Convivimos bajo la ética de la fraternidad que citan los textos sagrados, o habitamos una farsa de lealtades a medias? Sin justificaciones, las respuestas residen en el fuero interno de cada quien.

Este día es irónico. Decimos irónicamente porque si lo haces desde el punto religioso vienen varios cuestionamientos. ¿Has perdonado a los que te han ofendido? ¿Estas conviviendo con las personas que amas de forma como lo cita los textos bíblicos? ¿No éstas en una relación de infidelidad con quiénes éstas conviviendo o conmemorando la fecha? En ese sentido dejó a ustedes las respuestas, pero sin justificación.

Desde la partida de mi madre que me enseñó la importancia de la amistad pese a que no esté presente y aunque no está lo hice: Marque vía telefónica a las personas que nos han apoyado, que han sido un cambio en mi vida y como siempre lo he dicho siempre estaré con ellos, si ocupan de un servidor para una atención o cuidado ahí estaré.

Mi madre me heredó una lección invaluable: la amistad es un culto que se rinde incluso en la ausencia. Por ello, siguiendo su ejemplo de considerar a los amigos como la familia elegida, he buscado a mis compañeros del Centro Regional de Educación Normal (CREN) de Ciudad Guzmán, así como otros tanto que durante estos 40 años han influido en mi vida, incluso más de uno ahora son mis compadres. Sin embargo, este reencuentro con mis raíces académicas me ha topado con una realidad amarga: la intención de convertir el patrimonio educativo en un botín de intereses privados.

El CREN: Un gigante nacido de la necesidad. Para entender la gravedad del presente, debemos mirar el pasado. Los CREN no brotaron por generación espontánea; fueron la respuesta de un México que, a mediados del siglo XX, entendió que “alfabetizar es liberar”. Bajo el Plan de Once Años de Adolfo López Mateos y la visión de Jaime Torres Bodet, estos centros se erigieron como bastiones contra el centralismo y el analfabetismo rural.

El CREN de Ciudad Guzmán, fundado en 1960, no fue solo un edificio; fue una promesa de movilidad social para los hijos de campesinos y obreros. Se les dotó de una “parcela escolar”, un polígono de tierra destinado no solo al aula, sino al aprendizaje integral: deportivo, artístico y, fundamentalmente, agropecuario.

El negocio del despojo: La “Escuela de Medicina” como Caballo de Troya. Es doloroso observar cómo la ciudad que tanto le debe a esta institución —pues gran parte de su población actual son hijos de egresados o docentes jubilados— parece darle la espalda. Hoy, el patrimonio del CREN está amenazado por grupos de interés que, bajo el velo de un proyecto aparentemente loable, esconden la voracidad inmobiliaria.

Se anuncia con bombo y platillo la construcción de una escuela de medicina y una clínica para el Centro Universitario del Sur (CUSur). No obstante, el trasfondo es turbio: el Ayuntamiento y el Ejido de Ciudad Guzmán parecen actuar en un contubernio que pretende despojar a la normal de tres hectáreas. El rumor en los pasillos del poder es claro: el hospital es la fachada; el negocio real es la lotificación y venta de las tierras excedentes para uso habitacional. Como dice el dicho popular: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

Una defensa necesaria. El cabildo de Ciudad Guzmán “saluda con sombrero ajeno”. Sesionan y transmiten en vivo proyectos de ocho meses sin haber consultado a los directamente afectados: la comunidad normalista. Privar a los futuros docentes de su parcela escolar es amputar su formación práctica y experimental.

La movilización del pasado 9 de febrero frente a la Presidencia Municipal fue un grito de dignidad. Estudiantes, docentes y directivos marcharon juntos, recordando que el origen del CREN es popular y su destino no puede ser el mercado de bienes raíces. En esas aulas se forjaron hombres de la talla de Carlos Flores, Arnoldo Ochoa, Jerónimo Polanco, Jaime Flores, Carlos Cruz, Margarito Espinosa y Carlos Gariel, por mencionar solo a algunos de los muchos colimenses que cruzaron la frontera estatal para educarse.

Para despedirme. No permitamos esta atrocidad. El CREN ha dado demasiado al país como para ser devorado por la ambición local. Hago un llamado a mis “hermanos” de aulas, a la familia extendida que la vida me dio, para formar una cadena de resistencia y conciencia. En este día de la amistad, el mejor homenaje que podemos hacer a quienes nos amaron y nos formaron es defender la verdad y la justicia. Hagan una pausa, llamen a los suyos, díganles cuánto valen. Yo ya lo hice. A mis amigos de ayer y siempre: los quiero, hermanos. ¡Feliz Día de la Amistad! Nos vemos en otra entrega.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.