DÍAZ, HÉROE O VILLANO
Por: Noé Guerra
En días pasados, luego de una intensa y muy efectiva difusión Discovery Channel Latinoamérica, transmitió: “Porfirio Díaz, 100 años sin Patria” docudrama sobre esta figura nacional, mismo que para mi gusto y conocimiento quedó a deber, la expectativa fue mucha, considero que si bien las actuaciones protagónicas de los Bonilla (Héctor y Sergio, padre e hijo) fueron impecables, la trama se les enreda y cae con un discurso de clichés con un guión extraviado soportado en entrevistas frívolas, al grado que el final sorprende por lo intempestivo. El resultado: Una pifia.
La transmisión no fue casual, este 15 de septiembre Porfirio Díaz estaría cumpliendo 180 años de edad y el centenario de su fallecimiento en París, Francia, el 2 de julio, y es que pocas figuras como él en la historia de México e incluso en la de América Latina son tan conocidas y tan desconocidas, tan desfiguradas. Pocas más incomprendidas y difamadas. La explicación se revela al investigar los mitos creados a su derredor. Todos durante y después de su vida, mismos que tuvieron un origen y un evidente fin político, pero cada uno en su momento fortalecido por corrientes historiográficas poderosas, imperativas, incuestionables, dogmáticas.
Para empezar a acercarse con mayor imparcialidad a la vida de un personaje tan importante, y a la vez tan polémico, resulta imprescindible entender cómo su imagen ha sido creada, recreada y denigrada y, sobre todo, cómo ha sido objeto de apropiación y de la vandalización institucionalizada, principalmente a lo largo del siglo pasado. Las diferentes representaciones del porfirismo pueden verse como claro ejemplo de los cambios tanto de la moda historiográfica como de la política nacional. Interpretaciones contradictorias que han dificultado, si no imposibilitado, la realización de un análisis equilibrado tanto del hombre como de su tiempo y régimen, los que han sido despojados de su real condición histórica.
La historiografía porfiriana, me atrevo, podemos dividirla en tres categorías, cada una con su cronología, enfoque y, cabe decir, propias distorsiones. Estas son: el porfirismo, el antiporfirismo y el neoporfirismo. El retrato favorable de Díaz lo encontramos, aunque ocultado, en el llamado porfirismo que domina la historiografía anterior a la llamada Revolución de 1910, aunque durante y después de esta hubo contribuciones importantes. El porfirismo pone de relieve, sobre todo, la longevidad del régimen, particularmente en contraste con sus predecesores en el México del siglo XIX, y su éxito al lograr estabilidad social, económica y paz políticas por casi 35 años de los que se enaltecen su patriotismo, su heroísmo, su dedicación, su sacrificio, su tenacidad y valentía.
Las portadas de las numerosas biografías de Díaz, publicadas hacia los últimos años de su régimen, se elegía con la intención, así parece, demostrar la imagen del patriarca austero, benigno, héroe militar, constructor de la nación y del anciano estadista en pleno control del destino patrio.
El deliberado culto de la personalidad se promovió (desde entonces) de manera activa a lo largo del régimen, pero especialmente después de la tercera (y muy polémica) reelección en 1892, y vio su apoteosis en las fiestas del Centenario de la Independencia. Con una ironía suprema, las apoteósicas celebraciones de 1910 representaron también la némesis del régimen. Menos de dos meses después, en noviembre de 1910, empezó la llamada revolución que lo despojaría del poder. Seis meses más tarde, dimitiría y salía al exilio del que nunca regresó y que por diferentes razones, la mayoría políticas, no se le ha permitido regresar y con ello cumplir con su última voluntad, la de ser sepultado en su tierra.
Una de las principales consecuencias de la Revolución Mexicana fue la destrucción del culto porfirista y la sustitución por un antiporfirismo igual o más poderoso. Sin embargo, el antiporfirismo no fue producto exclusivo de la Revolución, aunque se expresó fuertemente después de 1911, en lo que devendría la interpretación estándar y prorrevolucionaria que patrocinaron los nuevos caciques desde el poder. Según el antiporfirismo, el régimen de Díaz era el ejemplo de la tiranía, la dictadura y la opresión, el mismo Porfirio quedaba condenado por su corrupción, autoritarismo y traición a los intereses nacionales, tal y como los sucesores, en la medida de sus posibilidades, lo prohijaron y hasta fortalecieron, incluso promoviendo la reforma constitucional para la reelección.
El antiporfirismo dominó la historiografía mexicana durante casi tres generaciones de la posrevolución. Sin embargo, sobre 1990, con Carlos Salinas desde el “gobierno revolucionario”, hubo indicadores de que la imagen de Díaz y la interpretación de su régimen sufrían transformaciones. Se empezó a interpretar bajo otra luz, más positiva, que se identificó como culto neoporfirista, al grado que podría afirmarse que ahora es la nueva ortodoxia historiográfica. Esta nueva visión y evaluación han sido producto de investigaciones recientes hechas por investigadores que rechaza la división Porfiriato-Revolución=Malo-Bueno, así como su separación. Ahora, por ejemplo, se busca interpretar las tensiones y conflictos de la época como choque “cultural” entre una sociedad “tradicional” y la fuerza de la “modernidad”, más que caer en la polaridad de malos y buenos.

