Por: José Díaz Madrigal
Don Chuy Ruelas fue un viejo hombre de campo, propietario de un rancho, ubicado cerca de la antigua Hacienda del Alpuyeque. Observador y divertido como pocos, era un gran conversador; además bueno para contar historias reales y de dar opiniones acertadas en el momento oportuno. Así que en muchas ocasiones por las tardes, no faltaban invitados a su casa nomás para disfrutar de su charla.
Uno de sus hijos todavía joven, tenía un compadre al que con bastante frecuencia granjeaba con muchas atenciones; sin embargo don Chuy veía que el compadre era medio ojete, no se jalaba, no correspondía a los favores y a la amabilidad que su hijo le daba a dicho compadre.
Francote como buen ranchero, un día le dice don Chuy a su vástago: mira mi hijo, no engrandezcas a pendejos; porque son mal agradecidos, no saben de reciprocidades, que viene siendo una regla de oro en la vida de gente honrada. A la larga pueden resultar hasta traidores.
El tiempo pasó y terminó por darle la razón a don Chuy. El ingrato y desconsiderado compadre, sin una pizca de honor le hizo una gachada a su hijo; lo estafó económicamente, terminando por perder la amistad y se pelearon.
Algo parecido le sucedió a Pancho Madero con el traidor Victoriano Huerta. Éste maligno personaje, indígena de sangre pura lo mismo que Juárez. Ojo, que quede claro que al utilizar la palabra indígena, no conlleva un sentido peyorativo, ni mucho menos el tufo pestilente de la discriminación. Tan sólo se esclarece, que los dos únicos presidentes de raza indígena que hemos tenido los mexicanos, han resultado los peores matones de nuestro pueblo; los dos igual de taimados, tramposos y despiadados. Ambos, cada uno en su respectiva época fueron causantes de la muerte de miles de paisanos. Tal parece como que el funesto complejo de sentirse menos, por el color de su piel, hubiera despertado en ellos el más siniestro espíritu del mal.
Al triunfar la primera fase de la Revolución, la maderista en 1911, se constituyó el gobierno interino de Francisco León de la Barra. Madero solito sin consultar con
nadie, hizo una mala apuesta con el presidente interino; acordó que las fuerzas revolucionarias que se habían batido en el campo de batalla, para llevarlo al poder, entregaran las armas -como diciendo gracias por participar- mientras que el ejército federal que había sido su enemigo, siguió intacto y funcionando, con Huerta a la cabeza.
Aparte de respetarle el grado militar, lo llenó de privilegios y beneficios personales; lo atiborró de honores y distinciones. Es decir, Pancho Madero lo granjeaba, le dispensaba un montón de halagos porque lo quería de su lado, para poder poner orden en un país que seguía ardiendo en llamas, sin recuperar la famosa paz que hubo en tiempos de don Porfirio. Con las innumerables atenciones que Madero le dió a Huerta, éste juró públicamente lealtad y fidelidad inquebrantable a Pancho Madero.
De nada le sirvieron a Madero tantas consideraciones a un maldito canalla que pasaba alcoholizado y que no sabía del significado de honor. El honor que es un asunto intrínseco del alma, se lo pasaba por la horqueta, aquel vicioso perverso. Cuando se le presentó la oportunidad, no dudó ni tantito en traicionar y matar a Pancho Madero; desencadenando con ese cobarde crimen, la segunda fase de la Revolución.
Hubo un valiente senador de la República, que a pesar del peligro y las amenazas que existían; no le tembló el pulso ni la voz para protestar contra Victoriano Huerta y su cruel y despreciable gobierno. Les reclamó a sus compañeros en la Cámara de Senadores, el silencio, el miedo que tenían y permanecer con los brazos cruzados. Acusó a Huerta en la vía pública, donde él personalmente repartía panfletos en los cuales mencionaba los crímenes del usurpador.
Ese valeroso senador se llamaba Belisario Dominguez. Médico chiapaneco, que no se dejó intimidar por las advertencias de muerte que le hicieron. De que vale la vida sin honor, sin él decoro de un hombre honrado, le contestó a un huertista que lo amenazó. Como buen conocedor de las prácticas médicas, le remarcó a ese huertista, mira, al fin y al cabo de lo que si estoy seguro es que no voy a morir de parto.
Pues no murió de parto, pero si fue asesinado brutalmente el 7 de octubre de 1913, dentro de 2 días se cumplen 112 años. Primero lo mallugaron a golpes, luego le cortaron la lengua y finalmente lo acribillaron a balazos.
Cuanta razón tenía don Chuy Ruelas de no engrandecer a pendejos, como cuando le advirtió a su hijo acerca del compadre ojete. A Pancho Madero también le habían advertido que Victoriano Huerta era un traidor, y por engrandecerlo pagó con su propia vida. Aparte México tuvo que pagar el carisimo precio de miles de muertes. Entre éstas la del valiente Belisario Dominguez.
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