Autopista Colima–Manzanillo: un parche para un puerto que aspira a ser gigante

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Por: Francisco José Yáñez Centeno y Arvizu

La ampliación de la autopista Colima–Manzanillo es, en el papel, una de las obras de infraestructura logística más importantes para el occidente del país. Durante años, transportistas, agentes aduanales y habitantes de la zona padecieron una vía rebasada por el crecimiento del puerto, los tráileres de doble remolque y el tráfico turístico. La promesa de modernizar este corredor era inaplazable. Sin embargo, una vez conocidos los detalles del proyecto y, sobre todo, al transitar por los tramos en obra, surge una inconformidad legítima: lo que se está construyendo no es la autopista que Colima y el país necesitan. Se está haciendo una ampliación que, en el papel, parecerá moderna, pero que en la práctica nace obsoleta. Para un puerto que se perfila como el principal nodo logístico de América Latina, la obra debió plantearse desde el inicio con al menos cinco carriles y estándares de ingeniería de primer nivel, como los que se observan en las autopistas de carga de Estados Unidos.

El argumento de que “ya era necesario hacer algo” no exime de la crítica técnica. La ampliación de la autopista ha generado, y sigue generando, molestias severas a la población y a la economía regional. Cierres parciales, desvíos, tráfico lento y un deterioro evidente en la calidad de vida de quienes transitamos a diario entre la capital colimense y el puerto. Los transportistas pierden horas, las empresas elevan sus costos logísticos y los turistas que buscan las playas de Manzanillo se encuentran con un viacrucis de baches y señalamientos provisionales. Diversos medios locales, columnistas y la población en general, han documentado con crudeza estas afectaciones, señalando que la obra ha sido un dolor de cabeza constante y que la comunicación oficial ha sido escasa. La molestia es real y tiene fundamento: cuando una obra pública altera la vida de miles de personas, la autoridad tiene la obligación de explicar con claridad los beneficios, los plazos y las medidas de mitigación. No basta con pedir paciencia; se requiere transparencia.

Pero la crítica de fondo no es solo por las molestias temporales, sino por la visión de largo plazo. Manzanillo no es un puerto cualquiera. Es la puerta de entrada de una parte importante del comercio exterior mexicano, y su ampliación —que incluye nuevas terminales, mayor capacidad de carga y proyectos como la conexión ferroviaria— exige una infraestructura carretera a la altura. El corredor en construcción, puede aliviar el tráfico actual, pero difícilmente soportará el crecimiento exponencial de la carga que se espera en los próximos diez o quince años. La experiencia internacional es clara: los grandes puertos y corredores logísticos de Estados Unidos —como el de Long Beach, Savannah o Houston— operan con autopistas de carga de cinco, seis o más carriles, diseñadas específicamente para el tráfico pesado, con carriles exclusivos y separación de flujos. México no está condenado a estándares menores. Si se aspira a convertir a Manzanillo en un hub logístico (centro de operaciones estratégico) de talla mundial, la carretera que lo conecta con el interior del país debe tener esa misma ambición.

Aquí está la oportunidad perdida. La ampliación de la autopista Colima–Manzanillo no debió plantearse como una obra aislada, sino como parte de un proyecto integral de infraestructura para el puerto. Al aprovechar el momento —con la ampliación del puerto en marcha y la necesidad de modernizar la carretera— se debió apostar por una autopista de cinco carriles por sentido, con tecnología de punta, carriles de ascenso para vehículos lentos, señalamiento inteligente y un diseño que previniera futuras complicaciones por el crecimiento del tráfico. Como se ve que está quedando, parece una decisión que, tal vez sea suficiente hoy, pero se traducirá en una nueva obra en pocos años, duplicando el costo, las molestias y el tiempo perdido. La planeación de infraestructura debe ser prospectiva, no reactiva.

Quienes defendemos esta postura no estamos en contra de la obra. Al contrario, celebramos que se invierta en el puerto y en sus vías de acceso. Pero exigimos que la inversión se haga bien y con visión de futuro. La construcción actual, con todas sus molestias, merece al menos la garantía de que el sacrificio valdrá la pena. Colima, Manzanillo, el occidente y todo el país, merecen una autopista pensada para el siglo XXI, no una que apenas resuelva el tráfico de esta década. La crítica no es un capricho: es una exigencia de responsabilidad con el futuro de la región y del comercio nacional.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.