Antártida: El deshielo de glaciares libera tóxicos ocultos

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CN COLIMANOTICIAS

Antártida.- Hace más de 20 años, el 22 de mayo de 2001, se firmó el Convenio de Estocolmo sobre contaminantes orgánicos persistentes. El acuerdo, ratificado por más de 150 países, buscaba “regular sustancias químicas que persisten en el medio ambiente, se bioacumulan a través de la red alimentaria y plantean el riesgo de causar efectos adversos para la salud humana y el medio ambiente”. Sin embargo, dos décadas después, los contaminantes orgánicos persistentes (COPs) siguen siendo una amenaza para los ecosistemas.

Un reciente estudio científico, publicado en la revista Science of The Total Environment, reveló que los contaminantes conocidos como COPs están presentes en la base de la cadena alimenticia marina del océano Austral, específicamente en zonas cercanas a las bases científicas de la Antártida, en la bahía Flandes. Su presencia no es casual, llega impulsada por el viento, atrapada por el frío, y hoy se reactiva con el deshielo provocado por el cambio climático.

“Encontramos pesticidas como DDT (diclorodifeniltricloroetano), HCB (hexaclorobenceno) y lindano, prohibidos en muchos países, como Chile, desde la década de 1980, pero aún están presentes en la Antártida”, explica Thais Luarte, bióloga marina, doctora en Medicina de la Conservación y autora principal del estudio.

“Uno de los más impactantes es el lindano, que hasta principios de los 90 se vendía en farmacias como tratamiento para piojos. Era barato, efectivo y hoy sigue apareciendo en muestras tomadas a miles de kilómetros de su lugar de uso”, explica la  académica de la Universidad Andrés Bello, en Chile.

Los contaminantes conocidos como COPs están presentes en la base de la cadena alimenticia marina del océano Austral. Foto: cortesía equipo de investigación científica para Mongabay Latam.

Descongelando errores antiguos

“Lo que queríamos entender es cómo estos contaminantes se mueven entre matrices: el aire, el hielo, el mar, los organismos vivos”, señala otro de los autores, Cristóbal Galván, doctor en Ciencias del Mar y académico del Centro de Genómica, Ecología y Medioambiente de la Universidad Mayor. “La Antártica nos permite observar esto porque es, en teoría, un ecosistema prístino. Pero sabemos que desde hace décadas recibe contaminantes que vienen desde muy lejos, especialmente por vía atmosférica”.

Ese transporte a larga distancia es conocido como “efecto saltamontes”: los pesticidas se evaporan en zonas más cálidas, se trasladan por la atmósfera, se depositan y se vuelven a evaporar, repitiendo el ciclo hasta alcanzar los polos. “Es como si el contaminante se evaporara, viajara un poco, se depositara, volviera a evaporarse y así sucesivamente hasta llegar al Polo Sur”, describe Luarte.

Las bajas temperaturas actúan como trampa donde se depositan los contaminantes. Al llegar a latitudes polares, los COPs ya no pueden evaporarse más y quedan atrapados en la nieve o en el hielo marino. El problema, es que con el calentamiento global, esa trampa se está rompiendo. “Lo que estamos viendo es una contaminación secundaria. No se trata de nuevos eventos, sino de una liberación desde el pasado”, advierte Juan Höfer, académico de la Universidad Católica de Valparaíso, investigador del Centro Ideal y otro de los autores del estudio. “Es como si estuviéramos descongelando errores antiguos”, dice.

Prohibidos pero todavía presentes en la base de la vida

“El problema es que la prohibición no implica desaparición”, señala Luarte. “Muchos de estos compuestos tienen una vida media de 20, 30 o hasta 50 años. Se acumulan en organismos, viajan por el aire y pueden seguir causando daño mucho tiempo después”.

El DDT, por ejemplo, fue prohibido en Chile en 1984. Sin embargo, estudios muestran que continuó circulando ilegalmente en algunos países latinoamericanos durante años. El lindano, un insecticida organoclorado muy popular, fue vendido sin receta hasta mediados de los años 90. “Lo usábamos como shampoo para eliminar piojos. Se aplicaba en la cabeza de los niños. Nadie sabía que era un disruptor endocrino y neurotóxico”, comenta Luarte. “Y hoy está en el krill. Esa es la herencia que arrastramos”.

El equipo científico a cargo del estudio analizó muestras de fitoplancton y krill, organismos que constituyen la base de la cadena alimenticia marina. El krill, en particular, es consumido por peces, focas, pingüinos, aves marinas y ballenas.

Con información de Aristegui Noticias