8 de marzo en Colima: Entre la Retórica y la Realidad

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Sociedad de la información

Por Luis Alfonso Polanco Terríquez

En la memoria colectiva de la ciudadanía colimense aún vibran las imágenes de los pasados 8 de marzo. El Día Internacional de la Mujer se ha convertido en una fecha que detona el pulso de nuestra entidad, una conmemoración que resuena tanto en el ámbito global como en el corazón de nuestra nación. Bien se dice que “el poder corrompe, pero el poder absoluto ciega”; hoy, quienes ostentan el gobierno y antaño protagonizaban un sinnúmero de manifestaciones —llegando incluso a la intervención de recintos oficiales y particulares— parecen haber olvidado el origen de su lucha.

Aquel discurso crítico contra el sistema machista, aunque a veces carente de profundidad argumentativa, era aplaudido por la mayoría. Sin embargo, ahora que estas actoras políticas se han integrado a la administración, el silencio es su única respuesta. No hay declaraciones ni posicionamientos firmes; queda la amarga sensación de que la lucha no era por la causa, sino por la silla. Como señala el pensamiento popular: “No es lo mismo ser borracho que cantinero”.

El Silencio de las Autoridades. Desde hace décadas, en el estado de Colima parece que no hay motivos para el festejo, y apenas los hay para la conmemoración. No solo persiste el machismo, sino que la misoginia y la violencia estructural contra la mujer han escalado a niveles alarmantes. Ante esto, las autoridades de todos los niveles guardan un silencio sepulcral. Es una ironía dolorosa que, precisamente ahora que existe una mayor representación femenina en la función pública, la vigilancia y el cuidado de nuestras niñas, adolescentes y jóvenes parezca estar en el olvido. “La palabra convence, pero el ejemplo arrastra”, y hoy el ejemplo institucional es la omisión.

La atención a las mujeres se ha reducido a pura retórica; tinta que se derrama en boletines oficiales mientras la realidad nos golpea. La atención psicológica gubernamental es casi inexistente, y en los casos donde opera, el profesionalismo es cuestionable, producto de una formación académica en instituciones de dudosa calidad. Mientras tanto, en el sector privado, los costos resultan inalcanzables no solo para los sectores vulnerables, sino incluso para la clase media.

 

La Miopía Judicial. En el Poder Judicial local, la miopía persiste. A pesar de que la mayoría de los juzgados están hoy encabezados por mujeres, se sigue privilegiando una visión que no profundiza en el bienestar integral. Se dictan sentencias por temor al escrutinio público o para evitar el estigma de “machistas”, pero se olvida lo esencial: el seguimiento terapéutico. No basta con determinar que un hijo esté con su madre; es imperativo sanar los entornos que, por generaciones, han normalizado la violencia. “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, a menos que medie una intervención profesional y humana que hoy los juzgados no ordenan ni supervisan.

El Espejo de las Manifestaciones. La última década en Colima ha visto un incremento en la vehemencia de las protestas. El gobierno de la Mtra. Indira Vizcaíno Silva ha oscilado entre dos respuestas: la mano dura, que en su momento lastimó a menores y jóvenes, y la permisividad absoluta. Ambas posturas carecen de una estrategia de fondo. Ante el alarmante número de mujeres violentadas, desaparecidas y ejecutadas en nuestra entidad —proporcionalmente superior a estados más grandes—, la respuesta del Estado debe ser contundente y no meramente reactiva. No se trata de victimizar a quienes ya no están para defenderse, sino de garantizar justicia para las mujeres que quedan.

¿Cómo hacer algo diferente este 8 de marzo? Más allá de la marcha y el discurso, este año la invitación es a la Metanoia: un cambio profundo de mente y corazón. Propongo una “Huelga de Estereotipos” en el hogar y en la vida pública: Erradicar la crianza diferenciada: Rompamos el ciclo donde la hija sirve y el hijo descansa. Enseñemos que el cuidado del hogar es una responsabilidad humana, no un castigo de género. Cesar el juicio punitivo entre mujeres (Slut-shaming): La solidaridad empieza por no ser la jueza moral de la otra. Elevémonos juntas en lugar de señalar la maternidad o la apariencia ajena.

Desmantelar el “Sexismo Benevolente”: Dejemos de aceptar la protección que nos infantiliza. La autonomía financiera y la toma de decisiones no tienen género. Invalidar las justificaciones históricas: Desterremos el “así son los hombres” o el “tienes que aguantar por la familia”. Como decía Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”, y en ese proceso, tenemos el derecho de definir nuestra propia dignidad. Equilibrar la carga mental: Dejar de ser las “gerentes” del hogar para ser corresponsables. Si no soltamos el control, ellos jamás asumirán la responsabilidad.

Para reflexionar. Propuesta transformadora para este día: En lugar de un festejo, marcha o mitin vacío, propongo realizar un Círculo de Verdad Familiar. Sentarse a la mesa y preguntar a las mujeres de la familia: ¿En qué momento te has sentido invisible? ¿Qué tradiciones de esta casa te han lastimado? Escuchar sin juzgar y etiquetar es el primer paso para una paz auténtica.

Para despedirme. “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”, dijo Mandela. El cambio no vendrá solo de las leyes, sino de lo que permitimos o dejamos de tolerar en la mesa de nuestra casa. Este 8 de marzo, que el silencio se rompa primero en nuestra conciencia. Mientras siga habiendo en mi entorno mujeres desaparecidas, violentadas, ejecutadas, no vamos a felicitar, sino haremos procesos de reflexión para cambiar ese entorno porque ahora más que nunca pienso en mis hijas y no me gustaría que ni una de ellas sufra por el machismo o la violencia. Nos vemos en otra edición.