¿Y tú conciencia?

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Sociedad del Conocimiento

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

¿Qué pesa más en la balanza de nuestros días: la conciencia o el qué dirán? Durante siglos, la humanidad navegó entre las aguas de la norma social y el escrutinio público. Monarcas, gobernantes y pensadores de distintas épocas —desde la Grecia clásica y el Renacimiento hasta la modernidad industrial— moldearon sus decisiones bajo el peso de la reputación. Sin embargo, en el presente, esa ancla moral parece haberse roto por completo.

Friedrich Nietzsche sintetizó esta idea con agudeza en La gaya ciencia (aforismo 305): “Soportamos más fácilmente la mala conciencia que la mala reputación”. Hoy, esa premisa histórica suena casi ingenua. A los ciudadanos contemporáneos parece no importarles ni lo uno ni lo otro. Como advirtió José Saramago en su célebre Ensayo sobre la ceguera, vivimos inmersos en una epidemia de insensibilidad voluntaria. No se trata de una falta de visión física, sino de una decisión cotidiana de ignorar la realidad lacerante que nos rodea. Somos ciegos que pueden ver, pero que eligen no mirar.

Esta miopía social se extiende hasta el corazón de nuestra vida pública y comunitaria. Recientemente, durante el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), el cineasta mexicano Guillermo del Toro rompió en llanto al lanzar una severa reflexión sobre la crisis social, la ruptura del tejido conectivo y la enorme deuda moral que las generaciones adultas han contraído con la juventud. Mientras en otras latitudes se realizan esfuerzos titánicos por reconstruir el tejido social, en México —y particularmente en nuestro entorno local— la inercia parece ir de mal en peor.

En Colima, el fenómeno es alarmante. En no pocos casos, la conciencia familiar se ha subordinado al afán de lucro desmedido, donde el qué dirán quedó en el olvido y el cinismo se aplaude públicamente. Basta observar los perfiles y círculos cercanos de quienes aspiran a la gestión pública para constatar que los principios éticos han sido relegados al último plano. Lo verdaderamente irónico y peligroso es que la sociedad se desliza de forma acrítica hacia la aceptación de este statu quo, donde el valor de una persona se mide únicamente por su capacidad de obtener recursos sin importar los medios.

Este reto descomunal no será resuelto por las aulas escolares ni por autoridades que han extraviado el rumbo, el sentido social y los valores esenciales. Si los adultos que aspiramos a un futuro digno para nuestros hijos no asumimos una postura transformadora, la sociedad que heredaremos será un pálido reflejo de la que recibimos. No podemos seguir apostando por la indiferencia ante una realidad que clama respuestas, un vicio intelectual común tanto en ciertos sectores de la autodenominada 4T como en la oposición tradicional. Ambos bandos citan con soltura a Dostoievski o a Nietzsche en sus discursos, pero en la práctica cotidiana ignoran por completo el peso de la buena conciencia.

¿Qué implica ser consciente y verdaderamente adulto? La conciencia no es un mero accidente biológico; es la capacidad superior del ser humano para advertir su propia existencia, sus emociones, pensamientos y acciones, así como el impacto directo de estos en el entorno. Funciona como un testigo interno, una brújula ética que integra la experiencia para guiarnos con coherencia. Frente al espejo, la pregunta ineludible es: ¿Qué tan consciente eres y qué tanto te permites ignorar?

Para reflexionar. Llegar a la edad cronológica de adulto no otorga, por añadidura, madurez moral ni consciencia. Es perfectamente posible acumular décadas de vida y transitar por la existencia manteniendo la petulancia, la soberbia y la incapacidad de asumir responsabilidad sobre los propios actos. Ser adulto y consciente implica, en su esencia más pura, un ejercicio constante de dominio propio: renunciar a los arrebatos infantiles, a la furia injustificada ante las pequeñeces, al egoísmo destructivo y a la desfachatez de culpar siempre a los demás. Un adulto consciente es aquel que practica la honestidad, la honradez y la empatía como principios rectores, convirtiéndose —en toda la extensión de la palabra— en un ser de bien.

Si realmente deseamos transformar el mundo que estamos por heredar a las nuevas generaciones, el cambio debe comenzar desde el fuero interno a través de acciones concretas: Atención plena: Aprender a observar nuestros pensamientos y emociones sin emitir juicios precipitados. Autoexploración honesta: Cuestionar el propósito real detrás de cada acto, despojándonos de máscaras y justificaciones vacías.

Escucha empática: Cultivar la atención genuina hacia el otro, priorizando los hechos por encima de las percepciones subjetivas. Introspección escrita: Registrar pensamientos y vivencias para detectar patrones de conducta y reflexionar sobre el rumbo diario. Soberanía sobre el ruido: Limitar la hiper conectividad digital y el asedio de la contaminación auditiva cotidiana. Revisión axiológica: Cuestionar nuestras metas y examinar el impacto ético que nuestras decisiones cotidianas tienen en la comunidad.

Para despedirme. Estas recomendaciones están tomadas de las redes sociales como indicaciones para ser consciente. Este texto nace, de los filósofos citados, de mirar quienes serán los futuros gobernantes, así como de diversas problemáticas expuestas en redes sociales, principalmente un hecho ocurrido ayer sábado en la vecina población de Cuauhtémoc, Colima, donde se exhibe la incapacidad policiaca para des tensionar una problemática social y mujeres que dejan de ser, para convertirse mediático show. El cambio genuino no vendrá de imposiciones externas ni de leyes punitivas; nace exclusivamente de la voluntad individual. Nos leemos en otra entrega. 

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.