¡VIVA MÉXICO CABRONES!

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Por José Díaz Madrigal

-¡Licenciado! ¡Licenciado! Han matado a mi general Villa. Ese fue Calles. . . Lo mató el pinche Turco traidor. El que daba la noticia había sido primero partidario, después rival político de Pancho Villa en los días de su poder; pero que sentía renacer su viejo afecto a la vista del crimen cobarde en la felonía de aquel asesinato. El Licenciado era un ministro en funciones del obregonismo.

El 20 de Julio pasado, se cumplieron 100 años del homicidio de Pancho Villa. Su verdadero nombre, José Doroteo Arango Arámbula. Desde muy joven exhibió un temperamento indomable, debido a ese carácter arrebatado mató a su primer víctima cuando apenas tenía 16 años; convirtiéndose en fugitivo fuera de la ley, viviendo como forajido a salto de mata en bosques y serranías.

Se hizo líder de un grupo de bandidos, salteadores de caminos y pequeñas poblaciones. Villa ante todo era un hombre de contrastes, tenía la dulzura y carisma para convivir con niños, como de repente se transformaba en una fiera asesina extremadamente cruel. Por el lado carismático, se ganó a la gente pobre, ya que con el producto de sus fechorías ayudaba a los más necesitados.

Con el correr del tiempo, estando por estallar el movimiento revolucionario de 1910, los partidarios de Madero lo buscaron para invitarlo a que con su grupo de bandoleros, se uniera a la causa para derrocar a don Porfirio. Villa aceptó y pronto se convirtió en un personaje de leyenda y figura protagonica de La Revolución Mexicana.

Existen entre los biógrafos de Villa, dos puntos de vista totalmente antagónicos; unos ven en él a un verdadero héroe que peleó para derribar primero a Díaz y luego a Huerta. En cambio otros tienen una visión distinta, tachandolo de bandolero, abstemio y mujeriego. Mandaba fusilar a cualquiera de sus soldados que se excediera con la tomadera. En cuanto a lo mujeriego, le daba por casarse con la dama que le gustara, casi en cualquier población que ocupaba. Por eso motivo tuvo decenas de esposas.

Estando en la capital, conoció en un teatro de la Ciudad de México a la bella artista española Maria Conesa. Villa ojialegre, en vano trató de conquistarla, pero ésta hábilmente se le escabullía diciéndole: Mire general, una pulga como yo, no duerme en su petate.

La estancia con su División del Norte en La Ciudad de México, fue después de la Convención de 1914, en la que las diferentes facciones revolucionarias no lograron ponerse de acuerdo para que surgiera un ejecutivo sólido. La culpa fue principalmente de Villa y de Carranza. Villa engrandecido lleno de soberbia porque rebasaba por mucho en número de soldados a Carranza, con este detalle se sentía muy seguro, sin embargo Carranza tenía a su lado a otro general tan astuto como Villa: Obregón, con la diferencia que este último era más calculador y mejor estratega que Villa y sin los arranques de rabietas que tenía Pancho.

Poco a poco, Obregón fue acabando con la famosa División del Norte, obteniendo con esto la consolidación y hegemonía de Carranza. Había un grupo de sonorenses que crecieron a la sombra de don Venustiano, ansiosos de llegar al poder. Al terminar el periodo de Carranza, notaron que el viejo prefería para que lo sucediera a un ingeniero que nada tenía que ver con los de Sonora. Éstos decidieron matar a Carranza, arribando de presidente interino Adolfo de la Huerta, para luego entregar el mando a Obregón.

En 1923, Obregón estaba preparando su relevo con la idea de colocar en el puesto a un incondicional: Calles, aborrecido por el pueblo; con el propósito que más tarde el mismo pueblo pidiera que regresara Obregón. Villa fue de los primeros que estuvo en contra. Viendo Obregón y Calles que Villa representaba un obstáculo para sus planes, decidieron eliminarlo. Enviaron a Parral Chihuahua, lugar al que Villa acudía con frecuencia a 14 matones escogidos por el propio Calles, para tenderle una emboscada a Villa.

El día que lo mataron, entró Villa a Parral conduciendo su propio auto; a la orilla del camino en las primeras casas, los sicarios habían colocado a un cómplice que se atravesara en la calle echando vivas a Villa; señal convenida para que salieran los que estaban escondidos. Éstos aparecieron disparando a Villa y su escolta, entre ellos estaba Claro Hurtado; dejándolos a todos como cedazos aportillados. Al calor de los balazos, mientras tiraban a matar, gritaban: ¡Viva México cabrones!