Por José Díaz Madrigal
El domingo pasado marchó con rumbo a la otra vida, el último de los grandes escribidores -como decía él- en lengua española, Mario Vargas Llosa. Peruano de origen, empezó joven en el mundo de las letras. Después de haber estado como cadete en un colegio militar de su país, el breve periodo que permaneció en esa escuela, mucho influyó en el carácter del futuro novelista; a tal grado que cuando escribió su primer novela, no dudó en ningún momento en fundamentarse como argumento de la misma, en sus pasadas vivencias como alumno militar.
Esta primera novela llamada La Ciudad y los Perros, que de hecho fue una de las obras que abrieron puerta para dar cabida a una camada de autores latinoamericanos; como el colombiano Gabriel García Márquez o los mexicanos Octavio Paz y Carlos Fuentes, que entraron al escenario de la literatura universal, en esa generación. Los tres primeros representan el éxito de la ingeniosa creatividad de autores hispanohablantes del continente americano.
Lo trascendental de éste trío de grandes novelistas de fama mundial, es que los tres fueron galardonados con el máximo premio que se otorga a nivel internacional en el campo de la escritura, en el que participan los representantes de las principales lenguas del planeta, el célebre y reconocido: Premio Nobel de Literatura.
El mérito de los tres condecorados es que compitieron y derrotaron a autores de lengua inglesa y francesa, que son los campeones por el número de premios que han ganado. Los autores en éstos dos últimos idiomas, se han caracterizado por narrativas originales e imaginativas. Sin embargo el talento extraordinario para observar lo cotidiano de la vida y, poderlo describir con auténtica maestría, que atrae y cautiva de tal modo que prende el interés de los lectores de cabo a rabo en los deliciosos relatos. Fue lo que hizo triunfar a García Márquez, Octavio Paz y el más reciente, Vargas Llosa.
Por las décadas de los sesentas y buena parte de los setentas, Vargas Llosa como la mayoría de los escritores de esa época, eran simpatizantes del socialismo. Puesto que veían en Fidel Castro la personificación idealista de un héroe contemporáneo. Con el correr de los años, se dió cuenta de que el cubano era un dictador, sátrapa y asesino; represor de cualquiera que pensara distinto entre su gente y que además había conducido a la más ruín miseria económica a la isla. Don Mario dejó de apoyarlo y comenzó a atacarlo por medio de libros y artículos periodísticos, todo con el propósito de abogar por la libertad de Cuba.
Es la realida de los hechos y las cosas que sucedían, lo que animaron al peruano a desmarcarse de los izquierdistas, que sin excepción dirigen hacia la pobreza a los pueblos que adoptan esa clase de ideología; sencillamente porque destruyen las fuentes de ingreso de esos países. A propósito de ese tipo de regímenes políticos, en su momento se hizo viral la polémica que se generó con Hugo Chávez, el siniestro presidente que puso las bases para destruir Venezuela. Éste defendía al dedillo el sistema socialista, en cambio Vargas Llosa defendía la libre empresa y la propiedad privada. Se acordó una cita para un debate público en Caracas, para justificar con razones cada quien sus ideas. No se realizó dicho encuentro, al final Chávez tuvo miedo y se rajó.
Don Mario, firme defensor de la libertad y democracia, también tuvo varios desencuentros con políticos mexicanos. El primero fue cuando calificó a México como la dictadura perfecta, cuando el PRI era el partido todopoderoso. En esos días andaba Salinas de Gortari en Colima y, un reportero le pregunta acerca de la opinión de don Mario. Salinas diestro para atajar golpes bajos, contesta con una leve sonrisa: ah! mi admirado Mario, es un buen escritor. Por otra parte López Obrador, clásico pendenciero; como las ollas de Tonalá: sentido de la cola, no aguantaba las críticas del peruano y le sacaba el parche a debatir, tachandolo de conservador. Para acabar pronto, ningún político de izquierda pudo con la grandeza de Vargas Llosa.
En el ámbito funerario, la rama de Ciprés simboliza el luto, la muerte y. . . La vida después de la muerte. De ese modo tiene un significado alegórico que brinda esperanza en el futuro y la renovación de una vida nueva que es la Vida Eterna. Las ramas que se elevan hacia el cielo, lo asocian con la resurrección. No es casualidad que hoy festejamos el Domingo de la Resurrección de nuestro Señor.
La rama de Ciprés es la conexión entre el cielo y la tierra. Que sirvan éstas modestas líneas, como un homenaje para don Mario. Desde Colima vaya una rama de Ciprés a la cripta de don Mario.

