TAREA PÚBLICA   

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PERSEVERAR, EL GOZO

Por: Carlos Orozco Galeana

El jesuita Gabriel Garrone  planteó en sus estudios de moral cristiana que  no hay virtud que no requiera un dispendio permanente de inteligencia y una fidelidad valiente a las cosas cuando ellas trastornan nuestros planes. También planteó: la perseverancia es la fuerza contra los obstáculos; la constancia es  una victoria sobre el tiempo.

La virtud de la perseverancia es digna de ser asimilada y cultivada  por todos pues permite hacer esfuerzos permanentes y  bien dirigidos. No es fácil adquirirla porque implica una dedicación personal constante, una lealtad específica. La perseverancia es duración. Es fácil ser coherente por un día o algunos días, pero difícil serlo toda la vida. “Solo puede llamarse fidelidad  una coherencia que dura toda la vida”, dijo Juan Pablo II. Sí,  digo yo, quien  persevera tiene que olvidarse de muchas cosas que roban la atención y  proporcionan acaso cierto bienestar, pero que al final  resultan ficticias o  insuficientes.

Sin perseverancia, fracasan los intentos mejores. Se pueden tener muchas ideas, deseos, proyectos, pero no es fácil realizarlos; hay que tener una franqueza valiente, perdurable, que nada ni nadie destruya los sueños. Que no haya poder humano que logre interferir y eche  abajo las aspiraciones.

Ser perseverante implica  cerrar los ojos a  cosas que nos convierten en personas débiles o en esclavos. Es poner en juego todas las potencias humanas para cumplir la misión de ser personas gratas  a Dios con una propuesta de buen uso de los dones otorgados  por él, entre ellos el de la libertad. La perseverancia es un don caro, no lo posee cualquiera. Implica o presupone, como dice Garrone, constancia para alcanzar los objetivos en un tiempo menor. La acción de perseverar va ligada, fundamentalmente,  al poder del espíritu de Dios, que actúa en las personas para que estas alcancen sus fines. Lo contrario a perseverar es la sumisión a los imponderables, la rendición misma. Ser constantes  es tener la voluntad  de alcanzar las metas que uno se propone  pese a las dificultades. La constancia está dirigida a un objetivo bueno.

En el mundo de hoy, no son comunes convocatorias para que tratemos de ser mejores personas y  nos  rijamos por valores y principios de conducta edificantes, salvo las de la Iglesia católica y ocasionalmente las de algunas autoridades educativas; en cambio, hay un movimiento ateo nutrido, una tendencia a desobedecer o ser indiferentes a quien puede orientarnos. En el ambiente de los intereses sociales o políticos, desentona  aquel dirigente eclesial, o social, o aquel funcionario, político  o académico o quien sea, si llama a la concordia, a enaltecer el humanismo, a mejorar la comunidad, a educar al bien, a aplicar valores cristianos. Es visto como un bicho raro. Los medios dedican mucha atención a pleitos entre políticos o facciones, a banalidades,  a hechos violentos,  y dejan de lado convocatorias útiles. Es que las buenas noticias  venden poco.

Nuestra sociedad no otorga muchos estímulos para perseverar en el bien salvo que sean para alcanzar metas como riqueza, fama o poder, que son valores incompatibles con el humanismo cristiano.  Por el contrario, la perseverancia para pensar y ayudar al prójimo, cultivar los valores del evangelio mediante el seguimiento a Jesús y sus enseñanzas, para ser mejores padres de familia, para ser coherentes con la propia fe, es menospreciada y ridiculizada por algunos  sectores sociales.

En suma, se requiere inteligencia y voluntad para cultivar y asegurar las virtudes humanas como la perseverancia, que es un gozo. No es fácil lograr la excelencia en algunas cosas y menos aún tratándose del fortalecimiento espiritual. Constancia, trabajo diario y eficaz, responsabilidad inalterable, son insumos de la gente virtuosa que se decide a ser gente de bien y a engrandecer a su comunidad.

Perseveremos en el fragor de la existencia. Gocemos los esfuerzos, es parte de la felicidad. Es poco el tiempo que vivimos para dejar las cosas al ahí se va. Somos peregrinos en la tierra y por ello hemos de dejar  huella positiva de nuestro paso. Hacer el bien sin mirar a quien y tratar a otros como quiera que lo traten a uno,  son  un signo de humanidad que debe guiar nuestro camino.