Por José Díaz Madrigal
Durante distintas épocas, el exceso en el consumo de bebidas embriagantes, ha representado sobre todo en el mundo occidental; un serio problema de salud pública. El alcoholismo tiene múltiples facetas en la sociedad: problemas con la familia, violencia doméstica, conflictos en el vecindario, en el trabajo; esto en relación al entorno en que se desenvuelve un borrachín. Además sufren de padecimientos físicos y emocionales: síndrome de abstinencia, desnutrición, males hepáticos y hasta neoplasias.
Hace poco más de 100 años, el tema del alcoholismo estaba en pleno debate entre los líderes políticos y religiosos en los Estados Unidos. La mayor parte de iglesias protestantes de línea puritana y algunos representantes en el congreso, proponían que se debería suspender la elaboración, distribución y venta de todas las bebidas que contuvieran alcohol; sin importar la cantidad de las diferentes presentaciones: whisky, ron, brandy, cerveza o vino de mesa.
La llamada ley seca o lo que se conoció como el periodo de prohibición, entró en vigor en Enero de 1920; pensando que iba a llevar al pueblo estadounidense a corregir sus abusos, con la sobriedad y la abstinencia a que obligaba esa ley. Sin embargo, sucedió todo lo contrario, la ley prohibía el alcohol pero la demanda no disminuyó. Se dió inicio a la fabricación clandestina de alcohol casero en poca y mucha cantidad que se vendía en montón de cantinas que proliferaron a escondidas del ojo de la autoridad. Ahora bien, lo que más prosperó fueron las bandas de delincuentes organizados; que se encargaron del contrabando de vinos y licores, principalmente de los países vecinos: Canadá y México.
El jefe delincuencial mas notorio de aquella década de los años veintes, del siglo pasado, fue Al Capone y ha sido quizá, el gángster más famoso de todos los tiempos.
Nacido en un barrio pobre de inmigrantes italianos en la ciudad de Nueva York, fue matriculado por su madre en una primaria cercana del lugar donde vivía. Alcanzó a llegar hasta el sexto grado, que no terminó porque golpeó a la maestra; motivo por el que ya no regresó a la escuela.
De forma casi inmediata, siendo un chamaco avispado se enroló en el mundo de las pandillas callejeras. Un jefe de banda, Johnny Torrio, notó que el muchacho era listo y poseía agilidad mental para sacar con rapidez cuentas de los dineros que recibían por la extorsión y de las casas de juego ilegal. A su lado, lo hizo el alumno preferido.
Desde Chicago, Torrio fue invitado a colaborar con un tío, Jim Colosimo, para que se hiciera cargo de al menos 200 burdeles propiedad de Colosimo. Torrio después de unos meses, mandó llamar a Al Capone que se había quedado en Nueva York. Lo instaló en Chicago, convirtiéndose en el segundo de abordo de Torrio.
Cuando la ley seca se empezó a aplicar, Torrio animaba a Colosimo para traer whisky de Canadá, este no quiso; tal vez porque ya era un mafioso muy acaudalado. Se cree que Torrio envió a Al Capone con un grupo de gatilleros y eliminaron a Colosimo.
Torrio, sin el estorbo de su antiguo patrón, hizo crecer el contrabando de alcohol de distintas partes. La ciudad de Chicago, por aquellos años, era la de mayor bonanza económica de todo el medio oeste norteamericano, con excepción del lado norte prácticamente toda la urbe la tenían controlada.
Ciertos miembros de la banda norte, durante una emboscada balearon a Torrio, dejándolo herido. Este ya con bastante dinero, optó por alejarse del negocio, dejando toda la organización en manos de su pupilo.
Al Capone al mando total de su imperio criminal, con astucia sanguinaria; incrementó su fortuna. No dejaba de tener dificultades territoriales con vendedores de licor del norte de Chicago. Esta banda la comandaba un implacable enemigo de Al Capone: Bugs Morán, con mucha frecuencia tenían en las calles, encarnizados encuentros entre gentes de ambos grupos.
Al Capone, arrogante, agresivo y violento; con apenas 30 años de edad, estaba en la cúspide de su poderío criminal. Tenía en la nómina semanal a políticos, jueces, policías y a un ejército de pistoleros. Solo un obstáculo le impedía apoderarse de Chicago por completo: Morán. De plano se echó la tanteada de acabar con él, de un jalón.
El 14 de Febrero de 1929, un secuaz del clan de Capone; fingió robar un cargamento de whisky, avisando a la gente de Morán para venderlo. Se pusieron de acuerdo en recibir el camión, en un taller que servía de bodega. Llegó la unidad y adentro era esperado para descargar el whisky, siete individuos de la banda de Morán. Cuando cerraban el portón, se presentó la policía; entraron y simulando una revisión, colocaron a las siete personas contra la pared; una vez desarmados, dispararon por la espalda con las temibles ametralladoras de moda, las Thompson, dejando muertos a todos.
Aquel atroz asesinato, quedó registrado en la historia como: “La matanza del día de San Valentín”

