SIN TUMULTOS, CELEBRAN EL EQUINOCCIO EN TAJÍN

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    También hay comida típica, como el zacahuil, tamal regional acabadito de hacer, al lado de un puesto de empanadas argentinas, otro de quesadillas y huaraches y, sin hacerle gestos a los olores y sabores, un mini centro naturista que te ofrece mejorar tu figura.

    Los gritos de un vendedor de playeras con pirámides estampadas son acallados por un grupo de jóvenes que aporrean tambores con ritmos africanos o brasileños, aunque en su arsenal no hay un solo huéhuetl, o tambor autóctono mexicano –cosas del mercado, piensas–.

    La diversidad reina, sí, patente en quienes hacen limpias al lado del camino, mientras un hombre vende reproducciones de pirámides egipcias y otras figuras esotéricas y un par de gitanas, que uno creía en vías de extinción, te dicen con una sonrisa: “Ven, te platico tu suerte”.

    Arcos con flechas, botellitas de vainilla, tatuajes de henna, plantas, morrales, bolsas, blusas, jugos, raspados, discos piratas, chapulines, refrescos, botellas de agua, películas de arte, collares, aretes… El mercado es tan variado como mareante, hasta que llegas a la estatua de La danza del volador y ya estás a unos pasos de la zona arqueológica.

    Si esperabas grandes multitudes, te equivocaste de dirección. Esto no es Teotihuacan: aquí se respira paz. Hay grupos aislados de personas vestidas de blanco, pero no son del tipo enloquecido que hace del new age una manifestación de intolerancia a todo lo que ellos piensan que no es new age. Casi en silencio, se toman de las manos, miran hacia el sol –aunque está medio nublado, o medio soleado–, esbozan sonrisas. Un señor que es como su maestro y lleva una pluma de ave en la mano les dice que del suelo tomen un cuarzo, pero, advierte: “sólo la personas que se vinieron conmigo en el camión”. A lo lejos se oye un caracol.

    Frente a la pirámide principal, sobre una tarima, varios ancianos con ramos de flores permanecen silenciosos, como si rezaran para sí mismos. Detrás de ellos, muchas muchachas se detienen frente a la majestuosa ruina para realizar poses exageradas, como de top model, a fin de ser fotografiadas por sus compañeros y, de inmediato, tuitearlas o facebookearlEs como hacer un día de campo entre las ruinas, aunque sin bebida ni comida, que por suerte no se permiten. Una anciana vestida de blanco que ha venido a purificarse, suponemos, se sienta en una piedra y enciende un cigarrillo. A su lado, un perro, blanco, se echa en el pasto y se lame el costado con ojos tristes. La primavera ha llegado.

    Fuente:GRUPO MILENIO