Por: Ángel Durán
Las universidades desempeñan uno de los papeles más importantes en la educación de nuestro país.
En sus aulas se están preparando quienes dentro de unos años ejercerán como abogados, médicos, ingenieros, periodistas, profesores, investigadores y servidores públicos.

Pero hay algo que debemos preguntarnos desde ahora: ¿realmente los estamos preparando para el mundo que van a enfrentar?
La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida cotidiana.
No va a dejar de utilizarse porque algunos profesores desconfíen de ella, porque ciertas instituciones educativas se resistan a incorporarla o porque México todavía no tenga una legislación general que regule integralmente su desarrollo y utilización.
Mientras nosotros seguimos discutiendo si debe usarse o no, empresas como OpenAI, Google, Microsoft, Amazon y Anthropic avanzan todos los días en el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos.
Además, científicos como Geoffrey Hinton, Yoshua Bengio, Yann LeCun, Fei-Fei Li y Stuart Russell llevan años analizando sus beneficios, sus riesgos y las profundas transformaciones que puede provocar en la sociedad.
La inteligencia artificial es relativamente nueva en cuanto a su uso democratizado. Hoy cualquier persona con acceso a internet puede utilizarla.
Sin embargo, la mayoría la emplea como si solamente fuera un chat: hace una pregunta, recibe una respuesta y la copia.
Pero la inteligencia artificial es mucho más que una conversación o un mecanismo para obtener información.
Puede intervenir en la investigación, analizar documentos, encontrar relaciones entre miles de datos, construir escenarios, comparar argumentos, apoyar diagnósticos y mejorar procesos profesionales.
El problema no es únicamente utilizarla, sino saber hacerlo.
Una encuesta realizada en 2025 entre más de mil usuarios de 17 países de América Latina encontró que el 80% ya utilizaba inteligencia artificial: 45% frecuentemente y 35% de manera ocasional.
Sin embargo, el 55% no verificaba siempre la información recibida, el 40% compartía datos personales o laborales y casi el 60% no leía las políticas de privacidad, según ESET Latinoamérica.
Eso nos muestra una realidad: la inteligencia artificial ya se usa, pero no necesariamente se usa bien.
En las universidades sucede algo semejante.
Una encuesta de la UNESCO encontró que nueve de cada diez académicos consultados utilizaban herramientas de inteligencia artificial en su trabajo.
A pesar de ello, más de la mitad tenía dudas o inseguridad sobre su aplicación pedagógica, tecnológica o ética.
Solamente el 19% de las instituciones contaba con una política formal y otro 42% estaba elaborándola.
En América Latina y el Caribe, apenas el 45% tenía lineamientos o se encontraba desarrollándolos, de acuerdo con la UNESCO.
Por eso no basta con permitir que los estudiantes usen inteligencia artificial. Tampoco basta con prohibirla. Las dos decisiones pueden ser equivocadas si no existe un modelo educativo que enseñe a utilizarla de manera ordenada, crítica, ética y profesional.
México todavía no cuenta con una estrategia nacional de inteligencia artificial.
Además, su inversión total en investigación y desarrollo representaba apenas el 0.28% del producto interno bruto, frente al 0.56% de América Latina y el Caribe y al 2.72% de los países integrantes de la OCDE, según el Observatorio Mundial de Ética y Gobernanza de la Inteligencia Artificial de la UNESCO.
Mientras tanto, el mercado laboral ya está cambiando. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo estima que el 74% de los empleos en México presenta cuando menos alguna exposición a tareas que pueden transformarse mediante modelos de lenguaje.
¿Qué va a suceder, entonces, con un joven que termine su carrera sin saber utilizar estas tecnologías?
Puede tener un título, conocimientos profesionales e incluso buenas calificaciones, pero estará compitiendo contra quienes, además de todo eso, sepan investigar, analizar, producir y resolver problemas utilizando inteligencia artificial.
Las universidades deben cambiar sus programas de estudio y preparar también a sus profesores.
La inteligencia artificial tiene que incorporarse en licenciaturas, posgrados, maestrías, doctorados e investigaciones, no como una materia decorativa, sino como una
competencia transversal para todas las profesiones. Se debe enseñar a verificar información, proteger datos personales, reconocer sesgos, respetar la propiedad intelectual, transparentar cuándo se utilizó inteligencia artificial y asumir responsabilidad por los resultados obtenidos.
Las familias también deberían preguntar qué están haciendo las instituciones educativas donde estudian sus hijos. Ya no basta con conocer sus instalaciones, sus planes de estudio o el prestigio de sus carreras.
También importa saber si están preparando a sus alumnos para el mercado laboral que realmente encontrarán.
La inteligencia artificial no es una panacea ni sustituye el pensamiento humano. Pero ignorarla puede tener consecuencias muy serias.
Una institución educativa que no enseñe a utilizarla adecuadamente puede terminar formando profesionistas con conocimientos que ya fueron rebasados. Y entonces tendremos que aceptar una realidad incómoda: si las universidades no cambian al mismo ritmo que está cambiando el mundo, podrán seguir entregando títulos, pero también estarán sacando alumnos obsoletos.
Ángel Durán Pérez [email protected]
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

