Por: Ángel Durán
Cada noche del 15 de septiembre gritamos “¡Viva México!” “¡Viva México!” “¡Viva México!”
con el corazón henchido de orgullo, ondeamos la bandera y nos reunimos en plazas,
calles o casas para conmemorar el inicio de nuestra independencia. Pero, ¿de qué sirve el
grito, si hemos olvidado por qué gritamos? ¿De qué sirve recordar la fecha, si ignoramos
lo que simboliza?
El 15 de septiembre no es una fiesta vacía. Es el eco de una rebelión moral contra la
esclavitud, el abuso de poder y los tributos injustos impuestos por una corona lejana que
oprimió durante tres siglos.
Es el grito de quienes, hace más de dos siglos, se negaron a seguir viviendo de rodillas.
Hoy, más que nunca, necesitamos rescatar el verdadero sentido de esa madrugada
histórica: despertar. No solo recordar, sino honrar. No solo festejar, sino reconstruir.

Miguel Hidalgo no sólo llamó a las armas, sino a la conciencia: “No existe ya para
nosotros ni el Rey ni los tributos. Esta gabela vergonzosa que sólo conviene a los
esclavos, la hemos sobrellevado hace tres siglos como signo de la tiranía y servidumbre”
dijo Hidalgo. Su voz fue la chispa que encendió el fuego de una lucha que tardó once
años en consumarse y muchas más décadas en formar un país libre.
Hombres y mujeres —sí, también muchas mujeres anónimas— combatieron por una
libertad que ni siquiera alcanzaron a ver con vida. Ofrecieron su sangre para que otras
generaciones pudieran nacer libres. ¿Y qué hemos hecho con ese sacrificio?
Después de la guerra, después de la primera Constitución mexicana en 1824, después de
la gran Constitución liberal de 1857, después de la Revolución y la Carta Magna de 1917,
hoy tenemos la enorme responsabilidad de no traicionar esa historia.
Por que independencia, no significa solo soberanía frente a otra nación. Significa libertad
frente a los nuevos yugos del presente: la corrupción, la impunidad, la pobreza
estructural, la discriminación, la violencia, y el olvido histórico.
En estos tiempos, pareciera que muchos mexicanos vuelven a ser esclavos. No del rey,
sino de sistemas nacionales e internacionales que no funcionan. No de tributos coloniales,
sino de impuestos que no devuelven justicia. No de cadenas de hierro, sino de
ineficiencias institucionales, abusos burocráticos, y gobiernos que no escuchan.
Por eso, este 15 de septiembre no basta con conmemorar. Hay que reconectar con ese
espíritu de lucha. Hay que exigir que nuestras instituciones recuerden que nacieron del
sacrificio por la libertad y que su único deber es generar condiciones para el bien común.
Hay que volver a hacer valer la Constitución, no como letra muerta, sino como el pacto
vivo que garantiza la dignidad de todos.
Si los pueblos olvidan su historia, están condenados a repetirla. Y si no sabemos honrar a
nuestros verdaderos libertadores —no con estatuas, sino con hechos— entonces
habremos traicionado no solo su causa, sino nuestro futuro.
Este 16 de septiembre no debe amanecer solo como un día feriado. Debe amanecer
como la fecha simbólica donde cada uno de nosotros decide romper sus propias
cadenas: la indiferencia, el conformismo, el miedo.
Que cada mexicano y mexicana grite “¡Viva México!” “¡Viva México!” “¡Viva
México!” no solo con voz, sino con convicción y a conciencia. Que el eco de ese grito
resuene en las instituciones, en los gobiernos, en las aulas, en los tribunales, en las
calles. Y que amanezca un México que honre con hechos a Hidalgo, a Allende, a Morelos,
a Leona Vicario, a Guerrero, y a todos los héroes hombres y mujeres anónimos.
Porque la libertad que ellos sembraron sólo florecerá, si nosotros la regamos con
memoria, dignidad y acción.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

