Por Jose Díaz Madrigal
Sentí que se abría el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De rodearte de alegría. De llorar y lloré, Susana, cuando supe que por fin regresarías.
Existe una histórica fotografía del encuentro que se dió entre Juan Rulfo y Jorge Luis Borges, dos grandes de las letras universales; éste último ya era invidente. La instantánea es de la década de los setentas y, se grabó el siguiente diálogo: maestro, soy Rulfo. Qué bueno que ya llegó, usted sabe cuánto lo admiramos. Borges respondió. . . ¡Ah! Rulfo, yo no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar y escucho tanta amabilidad; ya había olvidado la verdadera dimensión de ésta gran costumbre. Pero no me llame maestro, dime Jorge Luis.
Rulfo le replicó: que amable, usted dígame entonces Juan. Me gusta más Juan -dice Borges- mejor que Jorge Luis, Juan son 4 letras breves y definitivas. La brevedad ha sido siempre mi predilección. Pero dígame ¿cómo ha estado?. Pues, muriéndome, muriendo por ahí -contesta Rulfo-. Entonces no le ha ido tan mal, imagínese don Juan lo desdichado que seríamos sí fuéramos inmortales. . . Al final remata Rulfo: si es verdad, después anda uno por ahí muerto haciendo como sí estuviera vivo.
Juan Rulfo es el autor de Pedro Páramo, la novela mexicana que más veces se ha traducido a diferentes lenguas. El enorme éxito que ha tenido esta obra, es porque no se ajusta a moldes tradicionales de algún estilo de la narrativa literaria. Aquí se describe lugares fantasmales atrapados en el encanto de una brujería. Así se figura Comala, asentada en la misma boca del infierno, recostada sobre las brasas; donde se desarrollan temas que tienen que ver con la realidad y la vivencia cotidiana de la gente, pero que también se entrelazan sin notar diferencias, en pláticas ordinarias con los muertos. Más o menos acorde con el final de la conversación que sostuvieron Rulfo y Borges.
La primera parte de la novela, ambientada en el México rural de las primeras décadas del siglo XX; trata la historia de Juan Preciado, un joven que tal parece cierta mañana sale a pie de su casa en Sayula, para encaminarse rumbo a Comala; todo con el propósito de buscar a su padre, un tal Pedro Páramo a quien nunca ha visto. El viaje está motivado por la palabra empeñada que dió a su madre poco antes de morir.
Al llegar a un cruce de caminos llamado Los Encuentros, espera un rato a ver quién le indique la dirección en que está Comala. En eso aparece Abundio, arriando una recua de burros, éste de chiripada va también para Comala.
En el trayecto descubre que el arriero igualmente es hijo de Pedro Páramo, el cacique del pueblo. Así pues, sin inmutarse ninguno de los dos, ni mostrar emoción alguna; Preciado le pregunta cuál es, cómo es el carácter del progenitor de ellos. Es un rencor vivo, le responde Abundio. Por fin, cuando Juan arribó a Comala, se da cuenta que es un lugar desierto habitado por fantasmas y almas en pena. Ésto es el reflejo de la opresión y tiranía ejercida por el poderoso Pedro Páramo, el habilidoso y despótico comalteco, el gran hacedor de almas que no encuentran la paz.
La segunda parte de la novela, consiste en la pasión desmedida que atormenta a Pedro Páramo, a causa de aquel inmenso amor de su vida, Susana San Juan. En ese ambiente aderezado de maldad y de actos crueles, vive una mujer que se le metió hasta el mismísimo fondo de su corazón. La tiene atravesada en el pescuezo, cuando se la mencionan, pasa saliva y la abultada manzana de su estirado cuello, se le mueve de arriba a bajo como cerrojo de rifle viejo. Se podría decir que Susana era lo único decente que sus sentimientos guardaban. Por ella siente que vive, que respira. Pensando en ella y sólo en ella, es que se atrevió a cometer el montón de crímenes sin ningún escrúpulo, como para que Susana supiera lo chingón que es. Que en Comala nomás sus chicharrones truenan, siendo el señor de horca y cuchillo, que nadie se atreve a desafiar.
Para él, Susana es única e irreemplazable. Pedro Páramo mujeriego incorregible, acostumbrado a mandar y que ninguna mujer se le resista, sí alguna de ellas, aún con el deseo de que la llevara a sus brazos, pero por obvio pudor se negaba; jamás la volvía a buscar cayendo en el ostracismo. Con Susana era distinto, fue su amor desde que eran niños, desde entonces la traía clavada. Recordando cuando los dos se bañaban en el río, a escondidas sin que nadie los viera.
Susana se aleja de su vida, pero es para Pedro un amor de vértigo, sublime, sin poder olvidar. Se amarga la existencia por mucho tiempo, cuando no supo de ella; por esa razón después que se entera que la hermosísima Susana volvía a Comala, con el sentimiento desbordado que le hizo brillar los ojos, exclamó de puro contento: sentí que se abría el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De rodearte de alegría. De llorar y lloré, Susana, cuando supe que al fin regresarías.
El próximo 18 de julio, se cumplen exactamente 70 años que vió la luz esta famosa novela.
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