Por José Díaz Madrigal
A pocos metros de la puerta principal de la catedral de Colima, agarrando el pasillo derecho; se encuentra la capilla de San Miguel de la Mora. Este santo elevado a los altares no hace mucho tiempo, por el papa San Juan Pablo II; ocupa el centro del oratorio con una magnífica pintura, enmarcada por dos esbeltas columnas rematadas con vistosos capiteles corintios. En la misma capilla de modo más discreto, en un nicho lateral se ubica la escultura de San Felipe de Jesús, Santo patrón de Colima.
Esta ciudad, que en un par de años cumple 500 de haber sido fundada, por el español Gonzalo de Sandoval; le han ocurrido distintas calamidades, a lo largo de sus casi quinientos años de historia. Los desastres más frecuentes ha sido sin duda los temblores, pero en otros tiempos también fueron habituales los incendios en la población; por el tipo de casas que había en aquella época.
La mayor parte de hogares en aquellos primeros siglos, eran las casas llamadas de pajarete, con muros hechos de un entretejido de Otates o de varas de Coliguana, el techo de las viviendas era un enjaulado de latas o fajillas de madera de la región, cubiertas con varias capas de zacate muy inclinado, que las hacía impermeable a los aguaceros; todo este conjunto sostenido por resistentes horcones y caballetes de maderas finas; tales como el Coral, Palofierro y Xolocoahuitl; que eran repelentes para la humedad y para las plagas.

El agrupamiento habitacional del viejo Colima, estaba formado por la secuencia contigua de hileras de casas repartidas en manzanas, separadas por estrechas calles; de tal manera que era una distancia pequeña de manzana a manzana, como no queriendo separarse mucho una de otra.
En el periodo de estiaje y, sobre todo en los meses de febrero y marzo que son comunes los vientos del sur; no era raro que de los fogones de las cocinas, volaran por el aire diminutas brasas, alcanzando los techos de paja de las casas habitación; que debido a los vientos prendían con rapidez propagando el fuego en el vecindario.
Según crónicas de la época, los incendios en las casas eran reiterados, por la forma de cocinar con leña y carbón; con el agregado de que algún descuido desparramara brasas de los pretiles y fogones, provocando el fuego en una o varias casas.
Después de un fuerte incendio en el mes de marzo de 1609, que arrasó con gran parte de casas de la Villa de Colima. Se reunió el alcalde mayor con el cabildo, a propósito de buscar un santo patrón que con su intercesión, protegiera a la gente contra incendios y temblores.
Se hizo un sorteo con el nombre de diferentes santos y, cuando estaban por hacer la rifa; se acercó un sacerdote franciscano recomendando que agregaran en la lista de santos a sortear, el nombre de Felipe de Jesús. Este fue un joven mexicano que murió martirizado en una cruz, en Japón, apenas unos años atrás; por el delito de difundir el cristianismo en aquel país. Antes de retirarse de la presencia de los regidores, el sacerdote les comentó que si Felipe ganaba la rifa, sería un buen patrón.
Se realizó la rifa una vez y, salió el nombre de Felipe; los regidores no contentos la volvieron a elaborar, surgió de nuevo Felipe; se hizo por tercera ocasión y otra vez vino el nombre de Felipe de Jesús. El cabildo entero admirado, mandó buscar al sacerdote que les había dado la sugerencia. Por más que anduvieron indagando el paradero de dicho sacerdote, no lo encontraron; con la noticia de que ni los demás clérigos de su misma orden, lo conocían. De inmediato se corrió el rumor de que Felipe en persona se había aparecido a proponer su nombre.
Desde aquel lejano año de 1609, Felipe ha sido el patrón de Colima. La escultura de aproximadamente 80 centímetros que se aloja en el nicho lateral de la capilla, se encuentra en perfectas condiciones y llegó a Colima, recibiéndolo con una grandiosa solemnidad el día primero de Septiembre de 1668; procedente de Guatemala. Siendo sin duda, la imagen de arte sacro más antigua de Colima. Permaneciendo entre el pueblo colimote ininterrumpidamente por más de 350 años.
A Felipe se le celebra cada 5 de Febrero, como recordatorio que en ese día y mes pero de 1597, murió en la cruz; allá en el imperio del sol naciente. Convirtiéndose en el primer santo mexicano.
Con una misa a San Felipe de Jesús, dan inicio las fiestas charrotaurinas de Villa de Álvarez. Suspendidas este año a causa de la pandemia.
El próximo viernes es 5 de Febrero, día oportuno para renovar los votos a San Felipe y pedir su valiosa mediación; para que nos libre del covid, que es la peste funesta de nuestra generación; que ataca sin tregua en el día y también hace estragos por las noches.

