Los pueblos borrados. Parte I

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Por: Ángel Durán

La historia de América no comenzó cuando llegaron los españoles. 

Mucho antes de 1492, el continente estaba habitado por pueblos que habían desarrollado conocimientos, lenguas, creencias y maneras propias de organizar la vida. 

Sin embargo, todavía contamos nuestro pasado como si todo hubiera empezado cuando España comandada por Cristóbal Colón y sus tres embarcaciones llegó a lo que hoy es América.

El caso del Caribe permite comprender la profundidad de esa omisión. 

Las investigaciones arqueológicas y genéticas sitúan el inicio de su poblamiento hace aproximadamente 6,000 años. 

Expresado en una fecha histórica, esto significa alrededor del año 4000 antes de nuestra era. 

No son dos momentos diferentes: una expresión indica el tiempo transcurrido y la otra señala su ubicación aproximada en el calendario.

Después, alrededor del año 3000 antes de nuestra era, es decir, hace unos 5,000 años, encontramos en Quisqueya evidencias de grupos que la arqueología ha denominado barreroides. La primera fecha se refiere al poblamiento general del Caribe; la segunda, a una tradición identificada particularmente en la isla que actualmente comparten República Dominicana y Haití.

La aclaración importa porque una fecha mal explicada puede producir una duda innecesaria. Pero también importa por otra razón: detrás de esas cifras existieron personas. ¿Quiénes eran? ¿De dónde llegaron? A¿Cómo consiguieron atravesar el mar?

Barreroide no fue el nombre que aquellas comunidades utilizaron para reconocerse. Es una clasificación moderna derivada de Barrera-Mordán, un sitio arqueológico ubicado en Azua, República Dominicana. 

Sus nombres propios se perdieron, pero quedaron sus instrumentos, sus asentamientos y las huellas de su relación con el territorio.

Una hipótesis arqueológica vincula parte de esta tradición con las costas centroamericanas, posiblemente con áreas de Belice, Honduras o Yucatán. 

No debe presentarse como una certeza absoluta, porque la investigación continúa. 

Lo que sí puede afirmarse es que navegar hasta las Antillas exigía observar corrientes, vientos, estrellas y señales naturales. 

La palabra primitivo resulta insuficiente para describir a quienes consiguieron orientarse en mar abierto sin instrumentos modernos.

Estos grupos aprovecharon principalmente los recursos costeros. Pescaban, recolectaban moluscos, cazaban animales pequeños y elaboraban cuchillos, raspadores y puntas de piedra. 

Las acumulaciones de conchas y residuos que dejaron, conocidas como concheros, son hoy archivos ambientales: permiten reconstruir dietas, temporadas de ocupación y cambios en los ecosistemas.

Los estudios de almidones antiguos también han cuestionado la idea de que se limitaban a recoger lo que encontraban. 

Existen indicios de manejo y traslado de plantas como yuca, batata, maíz y diferentes raíces. 

Antes de la agricultura intensiva ya había conocimiento, observación y transformación deliberada del paisaje.

La arqueología trabaja con fragmentos y por eso exige prudencia. 

Una herramienta puede indicar una técnica; un resto vegetal, una práctica alimentaria; un entierro, cierta concepción de la muerte. 

Ninguna pieza aislada permite reconstruir por completo una sociedad. 

Por eso resulta necesario diferenciar entre lo comprobado, lo probable y aquello que todavía permanece como hipótesis.

También debemos recordar que las clasificaciones arqueológicas son instrumentos de estudio, no identidades otorgadas por los propios pueblos. Nombrarlos únicamente desde los objetos encontrados puede ser útil para ordenar el pasado, pero también puede ocultar a las personas que fabricaron esos objetos, formaron familias, tomaron decisiones y transmitieron conocimientos.

Esa limitación explica por qué la historia debe construirse con varias disciplinas. 

La arqueología estudia los objetos y asentamientos; la genética aporta información sobre parentescos y movimientos poblacionales; la botánica identifica plantas utilizadas; la lingüística examina los pocos nombres y palabras conservados. Ninguna disciplina posee por sí sola toda la respuesta, pero juntas permiten acercarnos con mayor seriedad.

Conocer esta historia no es una curiosidad distante. Es recuperar una parte de la memoria americana que durante siglos permaneció fuera del relato principal. También es reconocer la capacidad creadora de quienes nos precedieron.

Fuente informativa:https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7864882/ entre otra.

Este trabajo consta de tres partes, que se publicarán lunes, jueves y viernes. La segunda parte continuará el próximo jueves.

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