LEGADO DE DON PORFIRIO

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Por José Díaz Madrigal

La primera vez que se festejó el grito de Independencia, fue un 16 de septiembre de 1812 en el poblado de Huichapan, en el actual estado de Hidalgo por los hermanos López Rayón. Esto sucedió apenas 2 años después del famoso grito de Dolores. Años más tarde en 1825, es decir hace 200 años, Guadalupe Victoria fue el primer presidente en celebrar el 16 de septiembre, convirtiendo ese día en fiesta nacional.

Por los años de 1840, Antonio López de Santana, que como buen veracruzano era pachanguero, empezaba el jolgorio cívico el día anterior, con bandas musicales, la quema de castillos y fuegos artificiales. Sin embargo el mérito es de Porfirio Díaz que con el progreso, la estabilidad y paz porfiriana que construyó – después de haber padecido guerras y cuartelazos al por mayor- imprimió a los festejos patrios, la grandeza de ser la fiesta nacional por excelencia en todos los rincones del país y, de pilón paladear el sabroso orgullo de nuestra mexicanidad.

En 1896, don Porfirio ordenó trasladar la campana original desde Dolores a Palacio Nacional, con el propósito de dar el grito en la mera capital de todo México. A partir de entonces -129 años- los presidentes de turno, jalan la soga del badajo y corean a Hidalgo y compañeros. Precisamente la noche del 15 de septiembre. Existe el mito de que don Porfirio cambió la fecha del 16 por el 15, debido a que éste último día era su cumpleaños; pero como ya hemos visto, ese día ya se venía celebrando desde tiempo atrás.

Su acta de nacimiento refiere: en la ciudad de Oaxaca, el 15 de septiembre de 1830, bauticé a José de la Cruz Porfirio, hijo legítimo de José de la Cruz Díaz y Petrona Mori. De ese modo quedó asentado en los libros de la parroquia El Sagrario, firmando el sacerdote Luis Castellanos. Además del nombre del papá, le agregaron Porfirio, en recuerdo de San Porfirio de Gaza -donde hoy viven los belicosos palestinos- y con éste nombre se le conoció toda la vida.

Siendo casi niño ingresó al seminario, donde estuvo 7 años. En 1850 conoce a Benito Juárez e ingresó a la escuela de leyes, lugar en que Juárez le impartió clases. Ya para titularse, siente que la abogacía no es para él. Tiene una fuerte inclinación por la carrera militar, observando que los uniformados eran bien vistos en la sociedad.

Al estallar la Guerra de Reforma, Juárez le encomienda el gobierno del istmo de Tehuantepec, donde para deleite suyo conoció a Juana Catalina Romero, Juanacata; aquella hermosa trigueña, elegante y de andar cadencioso, tan bella que sin duda robó el corazón de Díaz. Fue la misma a la que el general recordaba en los días postreros de su vida, con serena dulzura.

Durante la batalla del 5 de mayo, fue tan aventado en su participación que prácticamente inclina el triunfo para las armas mexicanas. Incluso Zaragoza, general en jefe, celoso de que alguien le hiciera sombra, tuvo que reconocer al general Díaz por su “empeño y bizarría” para derrotar a los franceses. Cinco años después, Díaz expulsa a los últimos combatientes de Maximiliano en la capital, tocando a él como militar de alto rango en ser el primero en ingresar a la ciudad de México, luego organiza la entrada triunfal de Juárez entregando en sus manos un superávit financiero. Cosa que ningún otro general hizo.

En 1871 pierde una elección presidencial ante su antiguo jefe, Juárez -el benemérito que era un tramposo, le escatima el triunfo al general- se vuelve a presentar ante Lerdo, de nuevo pierde. Entonces proclama el Plan de Tuxtepec, que por fin lo lleva a la presidencia en 1876. Hasta éste último año, habían transcurrido 55 de vida independiente de los mexicanos. Consumidos gran parte de ellos, en pelearnos entre nosotros y defendernos de las invasiones extranjeras. La experiencia que adquiere don Porfirio en el manejo del ejército, le dejó buenas enseñanzas. Había aprendido a gobernar, le tomó la medida al pueblo. Nadie le escatima esa virtud.

Al montón de abogadillos liberales del tiempo de Juárez, les importa más la grilla, en teorizar acerca de como engrandecer al país. Pero en 9 años después de expulsar a los últimos invasores, en la práctica, esos liberales no habían hecho nada, no les gustaba trabajar, lo suyo lo suyo era el cotorreo en tertulias nocturnas. Lo que si traían entre ceja y ceja, era la malsana fijación en destruir lo que la Iglesia hizo en siglos.

Porfirio Díaz dejó al clero en paz y puso manos a la obra sin descansar. Toda la destreza política, militar y administrativa que adquirió en 20 años; le sirvieron para darle rumbo y certeza al país. Fue el creador del México moderno, propició tal bonanza económica, que ningún país del resto de América Latina pudo igualar. Hasta Madero mismo reconocía la prosperidad que facilitó, con el desarrollo de ferrocarriles, telégrafo, correo, hospitales, escuelas, fábricas, un comercio boyante y prosperidad rural.

Por más que digan los antiporfiristas, en proporción, comparado con los 25 presidentes que le han seguido hasta nuestros días; ninguno ha brindado tal estado de seguridad y progreso económico, como el que hubo en tiempos de don Porfirio. Salud por el próximo 195 aniversario de su natalicio.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.