Por: José Díaz Madrigal
¡Arriba Culiacán! El grito se escuchó a través de la ruidosa boruca de aquel vocerío, seguida de un fuerte guaco; en una mesa larga llena de comensales ubicada en el centro de la cantina. No mi gobernador -terció un parroquiano sentado mero enfrente del mandatario- lo que yo expreso en el Sauce y la Palma es, ¡Puro Culiacán! . . .
Los dos personajes, Leopoldo Sánchez Celis y Luis Pérez Meza eran cosaltecos, avecindados en la capital sinaloense desde temprana edad. El primero era un cacique y gobernador de turno en Sinaloa y el segundo, afamado cantante de música campirana. Ambos exitosos, alegres, juerguistas y dicharacheros.
-No te apures Luisito, yo pego el grito como me da mi chingada gana, dijo don Leopoldo echando para atrás la fina texana que traía puesta en la cabeza, mientras exhalaba una bocanada de humo de un grueso puro.
Apenas habían pasado unos días en que en esa misma cantina, don Leopoldo había tenido un altercado con un periodista incómodo, que constantemente lo atosigaba en la prensa con información -verídica- de que Sánchez Celis capitaneaba a un grupo que se encargaba de suministrar mariguana y goma de amapola, a los traficantes norteamericanos. El periodista estaba sentado en la barra, en eso se da cuenta que venía llegando el gobernador y su punta de coleros. Luego hizo el intento de irse casi de inmediato.
Al ver que se levantaba para marcharse, don Leopoldo con una risota de oreja a oreja se le acercó. Poniendo la mano en el hombro del asustado articulista, le soltó a quemarropa en voz alta y amistosa, para que se enteraran todos, -no se preocupe, ni se vaya mi amigo. Usted y yo seremos enemigos hasta que yo lo decida, no cuando usted quiera; luego cambiando el tono de la voz le dijo amenazante y bastante audible. Cuando eso pase, sépalo de una vez, usted no tendrá tiempo de enterarse. Total, una raya más. . .
Cuando arribó al gobierno de Sinaloa, Sánchez Celis formó un cuerpo policial de élite, una especie de guardia pretoriana, cuya función consistía en hacerse respetar por medio del terror que infundían las frecuentes balaceras, desatadas por cualquier motivo.
El jefe de esa guardia pretoriana, era nada menos que Miguel Angel Felix Gallardo, el mítico fundador del cartel de Guadalajara. Felix Gallardo tenía dos chambas, cuidar del gobernador y su familia y ser el enlace con Pedro Avilés -el León de la Sierra- el pionero de los narcos sinaloenses de renombre nacional, quien creció bajo la protección de Sánchez Celis.
El León de la Sierra, fue un temido pero a la vez carismático líder narco, que dejó escuela en la siguiente generación de delincuentes. Pedrito -de este modo lo mencionan en uno de sus corridos- era vivaracho y tan agradable con sus amigos, que pronto se ganaba el aprecio de éstos. Sin duda por esa cualidad, rápido se echó a la bolsa al poderoso jefe policíaco. Así pues, Felix Gallardo se vió comprometido a transitar por un camino de doble vía, a seguir una lealtad dividida, por un lado con el fascinante León de la Sierra y por otro lado con su patrón Leopoldo Sánchez Celis. Sin embargo, es bien sabido que nadie puede servir a dos amos.
En estos días en Sinaloa se está repitiendo una comedia, con un libreto casi similar a los tiempos en que se estrenó con Sánchez Celis: un gobernador acusado de apoyar a narcotraficantes y al crimen organizado. El guión es más o menos el mismo, con la variante de que son actores distintos.
La diferencia estriba en que en tiempos de don Leopoldo, a éste nunca lo acusó el gobierno gringo. Además de que los narcos de aquella época, jamás se le salieron del control, como buen cacique que era, él los tenía en el puño de su mano. Gracias a su feroz y temido cancerbero Miguel Angel Felix Gallardo.
La lealtad entre delincuentes es efímera, no existe. Una vez que terminó el periodo de don Leopoldo, Felix Gallardo creció exponencialmente. Se hizo compadre del antiguo gobernador. La bronca fue que cuando Felix Gallardo fue arrestado en Guadalajara -tiene casi 40 años preso- sospechó que su ahijado, un hijo de Sánchez Celis lo entregó a la ley. Desde la cárcel lo mandó eliminar, poco tiempo después murió Sánchez Celis. La deslealtad y la traición, fue el final de esa trágica relación.
Sí los gringos vienen por Rocha Moya, la traición ya la dejó entrever: sí caigo yo, caemos todos. Como buen delincuente que es, termina con la lealtad. De los peces gordos que posiblemente seguirían en la lista, es el narcopresidente y nefasto López Obrador. Moya, para librar la cadena perpetua, lo va a echar de cabeza por el delito de haber entregado la soberanía de México a los carteles de la droga y al crimen organizado, con el pretexto, con la fachada de su pésima política de abrazos y no balazos.
Más le vale a la Sheimbaum ponerse flojita y cooperando, por lo pronto ya mandó destituir al gobernador y al presidente municipal. Con Trump no se juega. Por andar defendiendo a los cubanos, ya hemos padecido las represalias gringas en otras ocasiones.
Vamos a ver sí le quedan ganas de seguir haciendo el caldo gordo con los presidentes zurdos, rivales políticos de Trump con los que se reunió en España y, haber desairado la numerosa reunión de presidentes latinoamericanos que se celebró en Miami.
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