Por: José Díaz Madrigal
Fue Rosario de la Peña una acaudalada y coqueta dama de la alta sociedad decimonónica en la capital del país. Tenía por afición hacer reuniones en su casa palaciega -donde ahora se encuentra el edificio de Bellas Artes- con lo más selecto de intelectuales y escritores de la época. Dentro de ese grupo destacaban personajes como Ignacio Ramirez -El Nigromante-, Ignacio Altamirano, Guillermo Prieto o Manuel Acuña. Éste último su trágico enamorado.
Los tres primeros eran viejos lobos de colmillo retorcido en quehaceres políticos y en las letras. Habían sido colaboradores de Juárez desde tiempos de la Reforma. Así pues, en el campo político, los tres pusieron su pluma y habilidades para escribir al servicio de los masones y del juarismo masón imperante.
En la ciudad de México como en tantos lugares del interior, poco después del triunfo del juarismo; los liberales dejaban oír sus opiniones por todos lados. Mientras que los conservadores apocados, disminuidos, parecían callados y heridos. Se sentía todavía en el ambiente la inseguridad propia de la guerra juarista.
Por estos motivos las mujeres salían poco de casa, de tal manera que los hogares se habían convertido, para algunas de ellas, como Rosario, en centro de esparcimiento, diversión; lugar para traer y llevar novedades tanto del ámbito literario como también del político.
Al principio de la década de los setentas de aquel siglo, Rosario de aproximadamente 25 años; era una dama inigualable. Magnífica anfitriona y conversadora inagotable. Poseía chispa e ingenio en su charla. Así de ese modo, muchas veces la atención de cuatro o cinco elegantes varones que le hacían rueda, giraba sólo en torno a ella.
Estaban embelesados de sus tiernos encantos, del delicioso aroma de sus fragancias y del placentero bamboleo cadencioso que producían sus caderas al caminar.
Crónicas de la época cuentan que todos sin excepción se hallaban seducidos, enamorados de aquella idílica mujer. Los más viejos como Prieto, Ramirez o Altamirano guardaban cierta discreción. Un poeta extranjero que acudía asimismo a esos encuentros, la describe como: “Una belleza morena, alta y erguida, hermosa y atractiva. . . Con la majestad de una princesa reinante”.
Con ésta sugerente y provocativa descripción, uno se puede imaginar al joven Acuña que era un par de años menor que Rosario, lo prendido, lo atrapado que estaba en las finas redes de aquella fascinante mujer.
Cierta ocasión en que Manuel no pudo ocultar más ese fuerte sentimiento que se desbordaba; sumiso, humildemente le declara el apasionado amor que siente por ella. Rosario respondió con evasivas, dándole largas le decía: esperemos más tiempo y esbozando una tenue sonrisa remató, sigue viniendo a mis fiestas, ya veremos más adelante.
Más adelante. . . Al terminar ésta última frase a Manuel se le derrumbó el alma hasta el suelo, al mismo instante en que él; desgarrado por dentro, fijaba su vista en aquellos ojazos profundos que destellaban ráfagas de luz, reflejos de fuego propicios a eros a la voluptuosidad.
Sin embargo al final cuando ya se iba, sintió que le atravesaba el corazón el frío filo de una puntiaguda daga de acero y al mismo tiempo, negros pensamientos le cruzaron por la mollera.
Una tarde Manuel llegó a la casa de Rosario. Cuando ésta lo recibió le echa en cara una serie de cosillas que el chismoso de Guillermo Prieto le había dicho por envidia, por pura mala leche, nomás para enyerbar a Rosario y predisponerla contra Manuel.
Entre otras cosas Prieto le dijo de dos amantes que Acuña había tenido y las dejó. Rosario reta al enamoradizo galán a que lo niegue. Acuña entre la espada y la pared, ansioso y sorprendido aguanta vara. Luego se arrincona en una mesa y empezó a escribir. Lo que redactaba con fluidez, era como sí estuviera liberando un profundo pesar de esos que atormentan en el mero pecho, en lo más cabrón del sentimiento.
Mientras Rosario atiende otras visitas, Manuel se queda sólo en el rincón, con pluma y papel en la mano. Una vez que terminó, agarra su sombrero y le dice al amor de su vida: Lea esto por favor y salió de la casa.
Aquellos que escribió, fue nada menos que su obra cumbre. En unos cuantos minutos compuso el poema “Nocturno a Rosario”.
Manuel asistió dos a tres veces más a la casa de su amada Rosario. Caballeroso como siempre, una noche antes de marcharse deja en manos de Rosario una carta donde se despide para siempre.
Habían en él un semblante de cansancio existencial. En su mirada el reflejo de un hondo desconsuelo y el abatido rostro de la desesperación.
Con gélida frialdad, ella piensa que Manuel exageraba y que volvería de nuevo a sus redes. Ni siquiera le dió importancia a aquella despedida.
Pero no, ya nunca regresó. Al siguiente día aparece agitado en la casa de Rosario, Nacho Altamirano con una noticia y un reproche: Acuña está muerto, se suicidó por un amor no correspondido.
Aparte de Altamirano hubo más personas que le restriegan en la cara a Rosario su responsabilidad. Ella con descarado cinismo trata de evadirse comentando: ¡ay! no, yo no hice nada, yo no tengo la culpa. Manuel y yo éramos únicamente como hermanitos.
Méndigo comentario de la Chayo, nomás por esa burrada se merece una mentada o de perdida una ruidosa cornetilla por embustera. Claro que ella lo enamoró, ella tuvo la culpa, ella y nomás ella lo ilusionó, lo engatusó. Bien sabía -pero se hacía nanga- que ella fue la mujer por la que Acuña perdió la cabeza y la vida.
La Chayo fue de esa clase de mujeres que, personifican sentimientos y a la vez una arrolladora sensualidad.
El Nocturno a Rosario, es el más famoso canto al amor no correspondido, que tiene la literatura mexicana hasta el día de hoy. Rápidamente se extendió a lo largo y ancho del país, además trascendió fronteras. En América del Sur, de plano detestaban a Rosario.
Con el tiempo, para Rosario las circunstancias cambiaron, la suerte le fue adversa. En su opulenta mansión siguió haciendo reuniones, pero ya había quedado etiquetada, como con un aviso de no tocar.
Quedó marcado su destino por el recuerdo de Acuña. Se enamoró de un hombre que jamás la llevó al altar. Se arruinó económicamente. La mala vida le sonrió. Nunca se casó. Tristemente murió en pobreza y completa soledad.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

