LA LEYENDA DE AHUIJULLO

0

Por José Díaz Madrigal

Prácticamente todos los estados de la República, sobre todo los que cuentan con muchas alcaldías, por motivo de mejor funcionamiento de la administración pública, subdividen esas entidades en regiones agrupadas en varios municipios que comparten cierta zona o rumbo geográfico. El Estado de Jalisco con 125 Ayuntamientos, está dividido en 12 regiones territoriales.

Dentro de la región sureste, está el municipio de Tecaliltán, famoso por ser cuna del Mariachi Vargas y también por la exquisita birria de chivo que preparan en ese lugar. Teca, como le dicen sus habitantes, es un municipio extenso, que limita por la parte oriente con el Estado de Michoacán. Muy cerca de ese limite, se ubica la comunidad de Ahuijullo. Entre ésta población y su cabecera municipal, hay una diferencia de más de 90 kilómetros de pura terracería.

Ahuijullo es de esos pueblos de sabor viejo, tan viejo que data de la época colonial. Su nombre antiguo era Ahuejullo, que deriva de la gran cantidad de árboles llamados Ahuejotes, que dan unas flores amarillas, de la misma familia de los Sauces sin embargo éstos últimos sus flores consisten en unos algodoncillos que arrastra el viento.

Cuando nuestro México se caracterizaba por una mayor población rural, Ahuijullo tuvo sus mejores tiempos, puesto que de ahí dependían más de 200 rancherías de diferentes tamaños que había a los alrededores. Una de esas rancherías, seguramente la más grande y próspera era el Cocoyul, que por la época del carrancismo pertenecía a un rico terrateniente de apellido Jaso.

El periodo de gobierno de Venustiano Carranza, fue de los más desgraciados del México posrevolucionario. En aquel tiempo floreció en abundancia el fenómeno del bandolerismo, que era conformado por gavillas numerosas de ladrones y malhechores, que tenían asolado caminos, rancherías y pequeñas poblaciones; de tal modo que nadie en esos lugares se sentía en paz.

Al observar el rico ranchero que de plano ya no se podía vivir en El Cocoyul, llamó al mozo que más confianza le guardaba y le dijo: mira Fidencio, tú tienes muchos años trabajando para mí y, has demostrado ser un hombre callado con valor, fiel y decente. Quiero que hagas un trabajo especial, necesito llevar unas cargas de dinero a mi casa de Periban y es mi deseo que vayas tú sólo.

El dinero lo tengo almacenando en latas alcoholeras, lo vamos a cambiar a pequeñas bolsas de lona y, éstas las pondremos escondidas en sacos de maíz desgranando, para que no se echen de ver. Vas a colocar tres sacos en cada bestia de carga. Te ocupas de preparar una recua de 7 mulas, escoge las más fuertes y de mejor alzada, para que no tengas contratiempos en las dos jornadas que te lleva ir a Periban. Vamos aprovechar estos primeros días de enero en que tenemos la función de Ahuijullo, con el fin de que te revuelvas en el trayecto con los comerciantes que van y vienen por el camino real.

Años después platicaba Fidencio a uno de sus hijos: el día que me dio esa orden, fue un sábado temprano, todo con el propósito de salir el lunes siguiente. El mismo sábado ayudé al patrón a llenar las bolsas de monedas de oro. Mientras las llenábamos me contó que había estado acumulado esas piezas amarillas relucientes, desde hacía 15 años, todavía en tiempos de don Porfirio.

Era de madrugada tal vez como a las 4 de un frío y oscuro lunes 7 de enero de 1918, cuando salí montado en un macho barcino arriando las 7 mulas cargadas. Llevábamos buen paso cuando, antes de llegar al rancho de La Piedra Imán cerca de Ahuijullo, la mula que iba adelante cayó en un zanjón, sin poder levantarse por la pesada carga.

Detuve la marcha y, para lograr que se pudiera levantar, le quité el saco del tercio, es decir el costal que va a medio lomo de la mula. Al sentirse más ligera, se levantó espantada y con los dos costales, uno a cada lado, se echó a correr; pero no por el camino, sino que le dio para los potreros con rumbo a Las Playas. Tomé la decisión de dejarla ir, ya que por esos lugares vivía un buen vecino. Cargué en la grupa de mi macho el costal restante y seguí a mi destino, llegando a Periban el martes en la tarde. Entregué 19 costales con las bolsas de lona adentro y rápido me devolví.

De regreso pedí permiso de resguardar las mulas en los corrales de La Piedra Imán y, me fui directo a Las Playas. El susto que me llevé fue cuando me dijeron, que efectivamente divisaron a lo lejos a una mula prieta, caminando con rumbo al Puente de Dios, pero que no llevaba ningún costal.

El caso es que desde aquella lejana fecha, no se encontró ni la mula ni los costales. Fidencio murió en tiempos de la Cristiada, luego que pasó ese levantamiento, a muchos rancheros de la zona les dio como deporte, buscar aquellos sacos de lona llenos de monedas de oro. Nunca encontraron nada, quedando esa historia entre los buscadores de fortunas perdidas, tan sólo como el mítico tesoro de la leyenda de Ahuijullo.