La envidia en Colima

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Sociedad de la Información

Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez

En Colima se perciben tensiones profundas en la regulación de las emociones individuales y colectivas. Basta con observar el comportamiento de los conductores en las avenidas o la falta de cortesía al estacionarse para advertir que el tejido social atraviesa por un desgaste preocupante. Resulta paradójico y profundamente lamentable que, mientras la entidad ostenta índices de estabilidad económica razonables y una cobertura educativa cada vez mayor, en las interacciones cotidianas y en la narrativa pública emerja una marcada presencia de resentimiento. En las conversaciones habituales se evidencia un flagrante claroscuro: por un lado, la envidia que roe las relaciones y, por el otro, la soberbia que encandila a quienes ostentan alguna forma de poder. De esto último nos ocuparemos en una entrega posterior.

La envidia no es un fenómeno novedoso; a lo largo del devenir histórico de la humanidad se ha consolidado como una emoción universal. Esta surge al percibir que otra persona posee un bien, una virtud, un logro, un estatus o una relación deseada, acompañada de un agudo malestar emocional y, con frecuencia, del deseo implícito de que el otro sea despojado de aquello que disfruta. Es fundamental diferenciarla de los celos: mientras estos últimos buscan preservar lo que se posee ante el temor de perderlo, la envidia enfoca toda su energía en la carencia propia y en la prosperidad ajena, tal como sucede con quienes ostentan MC, PAN y PRI en Colima.

La destructividad de la envidia alcanza niveles tan nocivos que, cuando la persona envidiosa comprende que no podrá obtener el objeto de su deseo, redirige todos sus esfuerzos a evitar que el otro lo consiga o lo mantenga, recurriendo a acciones despiadadas e irracionales. Este fenómeno produce un impacto devastador tanto en el emisor como en el receptor. En quien la padece, la envidia erosiona la autoestima mediante complejos de inferioridad, alimenta sesgos de amargura y genera un agotamiento psicológico y somático caracterizado por ansiedad, insatisfacción crónica, insomnio, estrés social y, en última instancia, aislamiento, tal como se hizo desde un ayuntamiento contra Tey y Virgilio Mendoza.

Por su parte, la víctima de la envidia suele experimentar una creciente incomodidad y desconfianza hacia su entorno social laboral o personal. Para protegerse de reacciones hostiles, cae frecuentemente en la autocensura de sus propios triunfos. El envidioso rara vez ataca de forma directa; prefiere desplegar agresiones encubiertas, críticas indirectas, descalificaciones sistemáticas y sabotajes velados a los proyectos ajenos.

Por ello, conviene desconfiar de las adulaciones excesivas y desmedidas, así como de los elogios con doble sentido o el sarcasmo punzante. La minimización sistemática de los éxitos, la ausencia de empatía en los momentos de alegría, la competencia no declarada y la satisfacción encubierta ante las equivocaciones ajenas son las señas de identidad del envidioso.

Es en el escenario político donde esta patología social adquiere sus matices más visibles y perjudiciales. En la contienda por el poder, la envidia se encarniza contra quienes asumen la conducción de proyectos relevantes. En estos espacios, nociones fundamentales como la lealtad, la amistad o la incondicionalidad —siendo este último el rol más complejo de sostener en medio de una batalla electoral o partidista— son distorsionadas o completamente incomprendidas.

Un ejemplo claro se observa en la retórica de quienes se ostentan como opositores intransigentes: sus argumentos suelen repetirse de forma incansable bajo la premisa de que «aquellos no cambian, no había otros, pues es lo que hay, siguen robando exactamente igual», aderezados con el desolador consuelo de que «al menos estos nos entregan algo, mientras que los otros se lo quedaban todo».

Este vicio dialéctico se escucha en ambos lados del espectro, tanto en la oposición como en las cúpulas del ejercicio gubernamental. Con frecuencia se oyen descalificaciones como: «Mira a ese individuo, es un incompetente y de todos modos le van a otorgar un nombramiento; no sabe hacer nada, pero lo tienen en cuenta». Esta frustración desencadena accesos de ira que llevan a declarar o cometer imprudencias desprovistas de sustento real. La situación se vuelve crítica cuando la envidia se combina con la soberbia, generando un efecto multiplicador de soberbios desatinos.

La soberbia implica colocarse simbólicamente por encima del resto del universo; es la creencia ciega de que solo la propia voz, postura u opinión posee validez, desestimando por completo el contexto general. Resulta descorazonador comprobar que, en plena era del conocimiento y la información, estos males emocionales, lejos de extinguirse, continúen multiplicándose e infectando la vida pública.

Para reflexionar. Recientemente, el senador de la República Virgilio Mendoza ofreció diversas entrevistas en las que dejó en claro que no firmó ningún compromiso vinculante para ser consultado. El hecho de que, aun sin haber realizado una campaña activa ni haber participado formalmente en la contienda, haya obtenido el segundo lugar detrás de quien finalmente fue ungida, evidencia con claridad la magnitud del capital político que ostenta el dirigente del Partido Verde Ecologista de México en Colima.

Sin embargo, prevalece la percepción en esas declaraciones recientes, de que, ante el abandono por parte de sus dirigentes nacionales, el incumplimiento de la palabra empeñada por varios actores políticos frente a las y los colimenses, y el aislamiento impuesto por la oposición debido a la envidia y la soberbia, la apertura de canales de comunicación con la Cuarta Transformación podría permitirle tomar decisiones pragmáticas y acertadas en beneficio directo de sus simpatizantes.

A estas alturas de su trayectoria, Virgilio Mendoza ya no requiere acreditaciones adicionales: ha alcanzado prácticamente todo a lo que un político puede aspirar en el ámbito local y cuenta con el tiempo a su favor para futuros proyectos. Nadie tendría argumentos sólidos para recriminarle su actuar; su lucha ha sido constante, y han sido precisamente los sirvientes del poder y los sectores corroídos por la envidia quienes obstaculizaron la concreción de un proyecto pensado para el bienestar de Colima y de su niñez.

Para despedirme. Las afectaciones provocadas por el fenómeno meteorológico Raquel no se limitaron a la zona metropolitana, sino que golpearon con severidad prácticamente a todo el litoral colimense y de México. Resulta francamente lamentable la falta de presencia de diversas autoridades en las comunidades siniestradas, tanto por el paso de Polo como por el de Raquel. El caso de El Paraíso exige una atención urgente: la comunidad requiere ser reubicada de manera prioritaria, pues la tragedia que enfrenta no es únicamente producto de la naturaleza, sino consecuencia directa de intervenciones humanas e infraestructurales cuyos daños son ya irreversibles.

Nos vemos en una próxima entrega.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.