Juntos reconstruyamos México uno solo no lo puede hacer

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Por: Ángel Durán

México no necesita más discursos grandilocuentes ni culpables cómodos. 

Lo que necesita es algo más incómodo: asumir que el deterioro que vivimos —inseguridad, desconfianza, impunidad— sí tiene salida, pero exige una condición que hemos evitado: actuar juntos, de verdad, no en el discurso.

Desde su nacimiento como nación independiente, el país ha sido una construcción accidentada. 

La Constitución de 1824 fue apenas el primer intento serio de organizarnos. 

Luego vinieron ajustes, conflictos, una nueva carta en 1857, una Revolución en 1910 y finalmente la Constitución de 1917. Esa misma que hoy sigue vigente, aunque reformada tantas veces que ya poco se parece a su origen. 

Aun así, lo que tenemos no es producto del azar: es resultado de decisiones colectivas, acertadas y equivocadas.

El problema es otro. En algún punto —no muy lejano— dejamos que el orden retrocediera. 

La corrupción dejó de escandalizar, la impunidad se volvió paisaje, la política se vació de contenido y la democracia empezó a parecer una simulación. 

No ocurrió de golpe. Fue gradual. Treinta años bastaron para erosionar lo que parecía estable.

Hoy las consecuencias son evidentes. 

La inseguridad no es una percepción: es una constante. 

Las desapariciones han colocado a México bajo observación internacional. 

Organismos como la ONU han puesto el foco en una realidad que incomoda: el Estado no está respondiendo como debería. 

Y cuando un país llega a ese punto, la discusión ya no es ideológica, es estructural.

Se ha llegado incluso a insinuar algo más delicado: que las condiciones actuales permiten el crecimiento del crimen organizado. 

Eso, más allá de si se comparte o no, refleja el nivel de desconfianza al que hemos llegado. Y ninguna democracia resiste mucho tiempo bajo sospecha permanente.

Aquí es donde surge la pregunta incómoda: ¿cómo es posible que siendo mayoría quienes quieren vivir en paz, no logremos cambiar el rumbo?

La respuesta no es técnica, es social. La mayoría existe, pero está dispersa. 

Millones de mexicanos rechazan la violencia, la corrupción y el desorden, pero lo hacen en silencio, de forma aislada. 

Así no se construye fuerza. Así no se genera cambio.

Se ha creído que basta con que alguien levante la voz: un líder, un partido, una figura pública. 

No alcanza. Nunca ha alcanzado. Los países no se corrigen desde una sola trinchera. Se corrigen cuando la mayoría deja de actuar como espectadores y asume que también es responsable del rumbo.

Porque sí, hay que decirlo con claridad: lo que México es hoy también es reflejo de lo que hemos permitido.

La historia ya dio suficientes lecciones. Cuando este país se fragmenta, pierde. 

Cuando logra coincidir, incluso en medio del conflicto, avanza. No es romanticismo, es evidencia.

El reto actual no pasa por ideologías ni por colores. Pasa por algo más complejo: reconstruir una coincidencia nacional básica. 

Seguridad, legalidad, educación, respeto. 

No son banderas políticas, son condiciones mínimas para que un país funcione.

No se trata de pensar igual, sino de entender que hay cosas que no pueden seguir negociándose. La vida, la paz, la justicia.

Si la mayoría decide actuar como mayoría, el cambio deja de ser una aspiración y empieza a tomar forma. 

Pero eso implica incomodidad: organizarse, participar, exigir, involucrarse. 

Dejar de esperar que alguien más lo haga.

México no está condenado. Tampoco está resuelto.

Está en ese punto donde todo depende de si seguimos divididos… o si, por fin, entendemos que solos no vamos a ninguna parte.

Reconstruir el país no es una consigna. Es una decisión pendiente.

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*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.