Estructura, narrativa y control territorial: triunfo del PRI en Coahuila

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Por: Ángel Durán

Se rompe la racha triunfal que venía registrando Morena en diversos procesos electorales federales y locales. 

La elección celebrada este 7 de junio en el estado de Coahuila constituye un caso digno de análisis para quienes observan el comportamiento político y electoral del país.

En esta entidad se renovó el Congreso local, integrado por 25 diputaciones: 16 de mayoría relativa, elegidas directamente por la ciudadanía en sus respectivos distritos electorales, y 9 de representación proporcional. 

Con más del 99% de las actas computadas, el PRI y su aliado lograron imponerse en los 16 distritos de mayoría relativa, obteniendo un resultado que pocos anticipaban con tal amplitud.

¿Qué fue lo que ocurrió?

Existen varios factores. El primero es que Morena no logró reproducir en Coahuila la misma dinámica territorial que le ha permitido avanzar en otras entidades federativas. 

Mientras en distintos estados construyó estructuras operativas sólidas y redes de movilización política eficaces, en Coahuila, esa consolidación no alcanzó el mismo nivel. 

A ello se sumó la fragmentación de fuerzas que en otros momentos habían competido de manera coordinada.

En contraste, el Partido Revolucionario Institucional conservó una de sus mayores fortalezas históricas: la estructura territorial. 

Coahuila sigue siendo uno de los espacios donde el priismo mantiene una organización política profundamente arraigada, con presencia municipal, liderazgo regional y capacidad de movilización electoral.

Sin embargo, la estructura por sí sola no explica el resultado. También influyó la narrativa.

A nivel nacional se ha instalado un debate público relacionado con la seguridad, la violencia y las acusaciones formuladas desde distintos sectores políticos respecto de presuntos vínculos de actores públicos con grupos criminales. 

Si bien muchas de estas acusaciones continúan siendo objeto de investigación y no existen resoluciones definitivas que permitan establecer responsabilidades jurídicas, resulta evidente que el tema ha permeado en una parte importante de la opinión pública.

El PRI y otras fuerzas políticas aprovecharon ese contexto para contrastar la situación local de Coahuila con la percepción nacional sobre la inseguridad. 

Morena quedó en segundo lugar, pero enfrentó una campaña marcada por el desgaste derivado de dichas narrativas.

A ello se suma otro elemento. Diversas investigaciones y procedimientos impulsados por autoridades de los Estados Unidos han colocado bajo atención pública a actores políticos mexicanos de alto perfil y que son miembros de alto nivel y que se desempeñan en cargos públicos de morena. 

Independientemente del desenlace jurídico de esos asuntos, el impacto mediático ha contribuido a fortalecer un clima de desconfianza en ciertos sectores del electorado.

Por otra parte, resulta especialmente relevante la participación ciudadana. 

Más del 50% de las personas inscritas en la lista nominal acudieron a votar. 

Esto demuestra que la sociedad decidió involucrarse y ejercer activamente su derecho político fundamental.

También debe reconocerse que una parte importante de la ciudadanía coahuilense manifiesta conformidad con las condiciones de gobernabilidad de su estado. 

Existe una percepción relativamente favorable en materia de seguridad y estabilidad, y una parte del electorado parece haber optado por preservar ese modelo antes que apostar por una alternativa distinta.

Más allá de quién ganó o perdió, esta elección deja una enseñanza fundamental. 

Los procesos electorales son uno de los ejercicios más importantes para cualquier sociedad democrática. 

El día de la jornada electoral, las y los ciudadanos deciden quién ejercerá el poder público y quién representará sus intereses.

Como lo establece el artículo 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, los partidos políticos son entidades de interés público llamadas a representar a la ciudadanía y servir como vínculo entre la sociedad y el poder. 

Su razón de ser consiste en promover el bienestar colectivo y canalizar democráticamente las demandas sociales.

Por ello, una ciudadanía madura no vota únicamente por simpatías, campañas publicitarias, tendencias en redes sociales o estrategias de mercadotecnia política. Vota evaluando resultados, propuestas, capacidad de gobierno y compromiso con el interés general.

La verdadera fortaleza de una democracia no se encuentra solamente en acudir a las urnas. 

También consiste en dar seguimiento al trabajo de quienes resultan electos, exigirles resultados, reclamar cuando se apartan de sus compromisos y, llegado el momento, premiar o castigar con el voto.

Coahuila deja una lección que bien puede proyectarse hacia 2027: las elecciones no se ganan únicamente con discursos. 

Se ganan con estructura, narrativa, control territorial y, sobre todo, con la confianza ciudadana. 

Al final, son las y los ciudadanos quienes tienen en sus manos la posibilidad de corregir el rumbo, consolidar los aciertos y construir el futuro democrático que desean para su comunidad y para México.

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*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.