Por: Rogelio Camarillo Carrillo
Hay amenazas que no necesitan morder para hacerte sentir su tamaño. Polo es una de ellas. Lleva días caminando frente al Pacífico mexicano, tan cerca que su aliento ya humedece la nuca de Colima, Michoacán, Guerrero y Jalisco. No ha tocado tierra. Y, según los pronósticos de este jueves 24 de septiembre de 2026, probablemente no lo haga. Pero ahí está: lluvias que caen con fuerza, vientos que no descansan, olas de hasta ocho metros, cerros que amenazan con venirse abajo. Cientos de miles de personas lo sienten en la piel. La prueba más clara está en la costa: todas las playas de Manzanillo, Tecomán y Armería siguen cerradas. El Puerto de Manzanillo no deja salir a embarcaciones mayores de 500 UAB. El litoral colimense se blindó ante un enemigo que no pone un pie en tierra, pero que ya impone su ley.
A las 09:00 horas, el Servicio Meteorológico Nacional informó que Polo seguía como huracán categoría 4. Su centro estaba a 245 kilómetros al sur de Manzanillo, Colima, y a 315 kilómetros al oeste-suroeste de Zihuatanejo. Vientos máximos sostenidos de 250 kilómetros por hora; rachas de más de 300. Avanzaba al oeste-noroeste a 17 kilómetros por hora. Según el Centro Nacional de Huracanes y el SMN, el núcleo se irá alejando poco a poco de la costa suroeste. En las próximas horas podría girar más al oeste y, a principios de la próxima semana, acercarse a Baja California ya debilitado, aunque todavía como huracán.
Lo que asusta de Polo no es solo dónde está. Es la velocidad con la que se convirtió en esto. Nació el 20 de septiembre. En menos de 48 horas pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5. Su presión central llegó a 892 milibares: la segunda más baja registrada en el Pacífico oriental, solo detrás del legendario Patricia de 2015. Tuvo ciclos de reemplazo de la pared del ojo, subió y bajó entre categorías 4 y 5, y aun así sigue siendo un sistema devastador. Esa explosión no es un dato curioso. Es una señal de las condiciones del océano y de la atmósfera que estamos aprendiendo a ver como normales.
El verdadero peligro de Polo no está en el ojo. Está en lo que arrastra. En Colima se esperan lluvias de 75 a 150 milímetros, vientos de 60 a 70 kilómetros por hora con rachas de hasta 90, y oleaje de cuatro a seis metros. En Michoacán las olas pueden llegar a ocho metros y el viento puede ser aún más fuerte. Guerrero y el sur de Jalisco tampoco se salvan. Las autoridades mantienen zona de prevención por tormenta tropical desde Técpan de Galeana hasta Manzanillo, y vigilancia más al oeste, hasta Playa Pérula. Han suspendido clases en municipios costeros, cerrado puertos, restringido el acceso a las playas y activado el Plan DN-III-E en fase preventiva. El cierre total de las playas de Manzanillo, Tecomán y Armería, junto con la restricción portuaria, no es un gesto simbólico. Es la respuesta concreta a un oleaje peligroso y a corrientes que pueden costar vidas en cuestión de minutos.
Hay una lección amarga en esta cercanía sin aterrizaje. Durante años hemos discutido si los huracanes del Pacífico “pegan” o no. La pregunta se queda corta. Un sistema así no necesita tocar tierra para inundar calles, provocar deslaves en cerros, cortar carreteras, frenar la pesca y el turismo, y meter una ansiedad sorda en la vida diaria. Las comunidades costeras de Colima conocen bien esa sensación de vivir bajo vigilancia. Cada temporada de ciclones es un ejercicio de resistencia y de memoria: Patricia, Odile, las inundaciones que no se olvidan. Polo es otra página de ese mismo archivo, esta vez con las playas vacías y el puerto a medio camino.
Algunos verán la trayectoria actual y dirán: “No pegó”. Es cierto. Pero el alivio es relativo. Mientras el centro se aleja, las bandas exteriores siguen soltando agua sobre suelos saturados. El riesgo de que ríos y arroyos se desborden no desaparece porque el huracán cambie de dirección. Tampoco desaparece la vulnerabilidad de siempre: viviendas informales en zonas de riesgo, infraestructura hidráulica insuficiente, una economía que depende del turismo y la pesca y que se paraliza al primer aviso de oleaje alto. El cierre de playas y la restricción portuaria son medidas correctas y oportunas, pero también muestran la fragilidad de una costa que vive del mar y que, ante la sola presencia del tigre, tiene que detenerse.
Polo nos recuerda que el cambio climático no siempre llega como un golpe frontal. A veces se queda cerca, como un soplo caliente en la nuca que no deja dormir. Aguas más cálidas en la superficie, más vapor en la atmósfera y patrones de circulación alterados favorecen estas intensificaciones rápidas. No es el único factor, pero ya no podemos hacer como que no está. La respuesta no puede ser solo evacuar a tiempo o suspender clases. Necesita ordenamiento territorial en serio, inversión sostenida en alertas tempranas, protección de cuencas y una cultura de prevención que no dependa del miedo del momento.
Hoy, 24 de septiembre, el tigre sigue soplando. Las playas de Colima siguen cerradas. El puerto opera con restricciones. Mañana, probablemente, el sistema esté más lejos. Pero la pregunta queda dando vueltas: ¿cuántas veces más vamos a sentir ese aliento antes de decidir que la distancia de seguridad ya no alcanza? La respuesta no está solo en los modelos del SMN o del NHC. Está en la voluntad política y social de dejar de tratar a estos monstruos como visitas inevitables y empezar a construir un litoral que pueda mirarlos a los ojos sin temblar.
Polo no ha puesto la zarpa. Aun así, su presencia basta para vaciar las playas y para que miles de familias duerman con un ojo abierto. Ese es el verdadero poder del tigre que sopla en la nuca.






