Por: José Díaz Madrigal
Allá entre la bruma del tiempo, en la lejana distancia de los años idos; todavía lo recuerdo cuando en ocasiones nos encontrábamos en la calle al momento que íbamos caminando rumbo a la escuela. Desde aquella época remota, era un niño bajito de estatura, tez morena; invariablemente de pelo bien recortado pero que se le echaba de ver el tipo chino de su cabello.
El uniforme escolar se componía de camisa blanca manga corta y, pantalón azul marino de mezclilla, cuando ésta era lo más barato. Sin embargo, él usaba pantalones de drill del mismo color, pero de tela suave y ligera. Cargaba en la espalda una fina mochila de cuero duro y grueso, de color café claro. Aquellas mochilas eran diferentes a las de ahora, ya que eran más grandes en sentido horizontal que vertical, como las de hoy en día.
Era un chiquillo catrín, puesto que mientras él usaba una cara mochila, muchos llevábamos una bolsa de asas de plástico de esas de tela de mosquitero, calzaba también lustrosos zapatos negros, cuando la mayoría traíamos huaraches de correa terciada.
Quizá sería el preferido de su señora madre, porque al toparme con él en la banqueta, todavía venía degustando algún postre que le daba su mamá.
En el trayecto a la escuela se nos unían otros alumnos. Así íbamos platicando alegres, en voz alta hasta que entrábamos por el ancho cancel y cada quien nos distribuíamos a los salones. En la primaria Torres Quintero estuvimos en el mismo salón en los grados de tercero, cuarto y quinto. En el sexto a él le tocó con el profesor Pacheco, y al que esto escribe con Pila. Ambos magníficos maestros.
Buena parte del alumnado que egresamos de la Torres Quintero, ingresamos a la que antes se conocía como Secundaria Federal. En ésta coincidimos otra vez en el mismo salón los tres años.
La federal tenía un excelente plantel de maestros, uno de éstos tuvo a cargo la clase de español durante toda la secundaria. Éste era el talentoso profesor Héctor Pizano, quien de veras por mucho hacía interesante y amena la hora en que estábamos en su cátedra.
Para fomentar en los muchachos la atracción a la lectura, nos dio indicación de comprar un libro de cuentos que tenía la mitad de texto y la otra mitad ilustración; después los intercambiamos entre los compañeros y de ese modo logramos leer varios libros.
Además, el profesor Pizano, para que perdiéramos el miedo de hablar en público, nos dio la tarea de aprender una pieza de oratoria, para luego pasar al frente del salón y pronunciarla delante de todos. Cuando le tocó el turno a René -así se llamaba- empezó su discurso con tonada y estribillo al más puro estilo del que usan los políticos demagogos. De ese tipo era el acento del presidente del país en aquel entonces.
Cada que terminábamos la disertación, el profesor nos evaluaba a cada uno de los participantes. De René dijo más o menos lo siguiente: tienes habilidad para memorizar, pero el sonsonete que agarraste has de cuenta que estamos escuchando a un líder sindical charro y corrupto, de esos de categoría chafa, corriente; con tiple de enfado propio de los engañabobos. Desde aquel entonces René tenía carácter duracel, ni se agüitó.
Pues así como el profesor Pizano calificó la intervención de René, hagamos de copas el mismo tipo y diseño el discurso de la presidenta el domingo pasado, en el mítin del monumento de La Revolución, en la ciudad de México.
El sonsonete enfadoso tapizado de mentiras, de datos dudosos; iba dirigido a un sector de la población que le cree sin cuestionar ese sonsonete matraquero. Con el trillado y gastado argumento de la soberanía.
Presidenta, la verdadera soberanía es no pagar derecho de piso a los carteles, soberanía es que la pejelagarta -es creación del Peje- Guardia Nacional no te extorsione en las carreteras. Dicen algunos choferes: prefiero caer en las manos del cartel encargado de una plaza, que en manos de los corrompidos Guardias Nacionales. En fin, soberanía es desplazarse con libertad y no sentir miedo a que te roben, a la inseguridad.
La presidenta apuntaló su fastidioso sonsonete: México no es piñata de nadie. Para delirio de acarreados y seguidores.
Tal vez alguien que le hubiera creído a rajatabla a la Sheinbaum, haya sido René, quien aguerridamente la defendía, pero con vehemencia, hasta casi pelear. Cuando menos algún compañero se salió del chat de primaria por esas agudas diferencias. Lamentablemente René falleció hace un par de meses. Paradójicamente fue víctima de los criminales a los cuales defendía, pero no de forma directa, sino de pasada, de manera lateral.
Desafortunadamente, por desgracia al defender a un gobierno ineficaz, ineficiente; asociado con delincuentes, también defendió a sus asesinos. . . Descanse en paz 🙏🏽
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