El juez que abriga la dignidad

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Por: Ángel Durán

En una época donde los sistemas de justicia parecen más obsesionados con los tecnicismos que con las personas, vale la pena detenerse en una frase que desnuda la esencia del verdadero juzgador: “El juez más sabio es quien convierte el derecho en un refugio de dignidad humana”.

Esta idea no solo exige reflexión, exige transformación.

El derecho —entendido como instrumento de civilización— no puede ser un frío aparato normativo; debe ser un puente hacia la justicia, un abrigo contra el abandono, un rostro humano entre el expediente y la sentencia.

El problema no es la ley. Es cómo se aplica.

En muchos rincones del país, las personas no temen al delito, temen al juzgado.

A la indiferencia del sistema, al burocratismo que aplasta esperanzas, a las sentencias que se dictan sin mirar a los ojos al doliente.

¿Y qué sucede? La justicia se vuelve sospechosa. Se pierde la fe en las instituciones y crece la rabia social.

Pero no tiene por qué ser así.

Si partimos de la premisa de que el juez no es un dios de toga, sino un servidor de la dignidad, entonces podemos reconectar la función judicial con su propósito moral.

No basta con resolver casos, se debe restituir humanidad.

Y esa sabiduría no se enseña en códigos, sino en la empatía.

El juez sabio, es quien comprende que detrás de cada expediente hay una vida, una historia que exige ser escuchada.

Un camino posible hacia esta justicia con rostro humano, es replantear el perfil del juzgador.

No basta con conocimiento técnico. Se requieren perfiles íntegros, con madurez emocional y convicción ética.

Y para eso necesitamos nuevos filtros en la selección judicial: exámenes de empatía, pruebas de integridad, mecanismos que valoren no solo qué tanto sabe una persona de derecho, sino qué tan profundamente cree en la justicia.

Además, el poder judicial no puede seguir siendo una isla dentro del Estado.

Debe rendir cuentas, abrirse a la sociedad y trabajar en red con los sectores más golpeados por la desigualdad.

Eso exige una reforma de fondo: autonomía sí, pero también cercanía. Independencia sí, pero con sensibilidad.

Que el derecho vuelva a ser abrigo, no castigo. Que la academia, forme jueces con alma. Al legislador, a construir leyes que no olviden a las víctimas.

A la sociedad, a exigir justicia pero también a promoverla desde su propio barrio, su colectivo, su aula.

Y al juez, a recordar cada mañana que su oficio no es dictar sentencias, sino sembrar esperanza en nombre de la dignidad.

Porque un país con jueces sabios, no es el que dicta más condenas, sino el que garantiza más refugios y; en esos refugios, cabemos todos.

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*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.