Por: Rogelio Camarillo Carrillo
Hay noticias que te remueven el alma, que te hacen parar lo que estás haciendo y mirar hacia afuera con esperanza. Lo que está planeando la CIAPACOV, con Vladimir Parra al frente, para el colector central y el saneamiento del Río Colima es de esas noticias. Porque esto no es una obra cualquiera. Es la oportunidad —sí, ambiciosa, pero real— de que nuestros niños vuelvan a meterse al agua sin miedo, en ese río que durante décadas tratamos como un simple drenaje.
El Río Colima es mucho más que un cauce. Es nuestra memoria líquida. Y duele enfrentar esa memoria con lo que tenemos hoy. Los que crecimos aquí recordamos, o nos contaron nuestros abuelos, que los ríos eran parte del día a día, no un problema de salud pública. El Manrique, entre la Manuel Gallardo y la Margarita Maza de Juárez, era el Cuyutlán de los pobres, el balneario de barrio: familias enteras llegaban al atardecer a remojarse, los chamacos aprendían a nadar entre risas y piedras resbaladizas, las señoras llevaban su ropa para lavar y los hombres se entretenían pescando chopas. El río que cruzaba por la 5 de Mayo, por el viejo barrio del Rastrillo, era el plan dominguero de varias generaciones. Y el que pasaba por la huerta de San Miguel era punto de reunión para jóvenes y vecinos; ahí se armaban las convivencias que hoy parecen de película antigua. Los ríos eran sombra, eran juego, eran alivio y también chamba. Eran el paisaje de nuestra gente.
¿En qué momento se nos hizo normal convertirlos en cloacas o en simples tubos enterrados? No es una pregunta para hacerse al aire. Es una deuda que ninguna generación ha tenido el valor de pagar por completo. Durante muchísimo tiempo, nos acostumbramos a que el agua “sirviera” para llevarse nuestra mugre y nuestros desperdicios. Preferimos lo fácil y rápido, antes que cuidar lo que realmente nos da vida. Hoy pagamos las consecuencias: ríos que apenas sobreviven entre basura, descargas y recuerdos borrosos. Colima no es la excepción, es el reflejo de lo que pasó en casi todas las ciudades mexicanas.
Por eso, el anuncio de este colector y del plan de saneamiento no es pura ingeniería. Es un acto de dignidad. Es reconocer, en voz alta, que un río limpio no es un lujo para turistas, sino un derecho básico para quienes vivimos aquí. Es apostarle a que nuestros hijos vuelvan a jugar sin riesgo de enfermarse, a que las familias recuperen esos espacios de encuentro y a que la ciudad, de una vez por todas, deje de darle la espalda a su propia naturaleza. Que los pequeños puedan bañarse otra vez en el Colima no es cursilería: es la prueba más clara de que esto funcionó.
Lo que más vale de este trabajo que está diseñando la CIAPACOV es que va a la raíz. No se trata de maquillar la realidad con limpiezas superficiales ni de campañas que duran lo que un suspiro. Se trata de operar el problema de fondo: separar el drenaje del río, construir la infraestructura para que el agua deje de ser un basurero y devolverle, poquito a poquito, su aliento. Que esta visión esté en la agenda de la dependencia que encabeza Vladimir Parra es un respiro, porque estos proyectos no caminan solos; necesitan a alguien que le entre con todo, con conocimiento y con la mirada puesta en el futuro, no solo en el próximo año electoral.
Ojalá que esta manera de ver las cosas se contagie. Ojalá que el ejemplo del Río Colima sirva para despertar a los demás cauces del estado: esos ríos que hoy viven entubados, reducidos a zanjas o convertidos en pasillos de cochinero. Recuperar uno ya sería un triunfo. Pero recuperar la red de arroyos que una vez dieron forma a nuestro Colima, eso sí sería cambiar la historia para siempre.
Los ríos no necesitan estatuas ni monumentos. Necesitan que dejemos de tratarlos como tiraderos. Necesitan que les devolvamos el agua limpia y el respeto que siempre debieron tener. Si este plan del colector central y el saneamiento sigue su curso con firmeza y constancia, Colima va a demostrar que todavía estamos a tiempo de corregir los errores del pasado. Y entonces, sí, los niños van a poder chapotear de nuevo en un río que, por fin, vuelva a llamarse río.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

