Por: José Díaz Madrigal
Todavía tuve la oportunidad de conocer a una humilde viejecita viviendo en un rancho alejado de la ciudad, ella misma elaboraba jabón en su casa, para uso personal. En una olla de barro grande calentaba una mixtura de manteca de puerco, revuelta de agua y fina ceniza que producía la leña del fogón de su cocina. A fuego manso batía aquella mezcla con paciente cuidado, hasta lograr homogeneizar ese revoltijo. Luego ya fuera de la lumbre, antes de que se enfriara, le vaciaba una porción de agua con sal, meneando otra vez para que no se cortara. Esperaba un poco más y después vertía ese caldo tibio y negruzco en moldes de madera rectangular, dando como resultado unas barras de jabón de color café oscuro, de unos siete centímetros de espesor.
La palabra italiana sapone significa jabón en español. Existe una leyenda acerca de un cerro en Italia, llamado Monte Sapo, donde en la antigüedad se llevaban a cabo sacrificios de animales, como ofrendas a los dioses paganos. Durante la temporada de lluvias, desde la cima del cerro, los residuos grasientos de aquellos animales, bajaban por la falda y en el trayecto se mezclaba con ceniza de madera, llegando hasta el río Tiber en pequeños fragmentos sólidos. En ese lugar, las mujeres que acudían a lavar, usaban esos blandos pedazos para tallar su ropa, descubriendo que quedaba más limpia que cuando lavaban con pura agua. Como ese trozo de material venía del Monte Sapo, los romanos lo nombraron sapone. . . jabón
De sapone deriva la frase saponificación, ésta es un proceso químico en que las grasas reaccionan cuando se les agrega un compuesto alcalino -agua y sal junto con la ceniza-. Sin saber que así se llamaba ese desarrollo, rudimentariamente la viejecita hacia el proceso de saponificación para producir su propio jabón.
Aquí en Colima hubo una época en que había una próspera industria jabonera, distribuida por distintos puntos de la zona urbana. Un cronista del siglo XIX que visitó una fábrica, dejó el siguiente relato: el proceso de calentamiento del agua, se realiza en inmensas tinajas de ladrillo y cuando aquel caldero está hirviendo, se echan los cerdos enteros, con todo y pelos, saliendo de ahí un jabón de buena calidad.
De las aproximadamente 10 factorías jaboneras que hubo en otros tiempos, sólo sobrevive La Casa Blanca de don Tomás Aguilar. Por el año de 1884 inició a elaborar jabón en pequeña escala, en su casa de Constitución 228, después se movió a Matamoros 137, de donde finalmente se trasladó al domicilio actual. Fue en éste último, donde nació el nombre con el que se le conoce desde entonces, Casa Blanca, en virtud de que entre el viejo caserío que por entonces existía en esos lugares, la casa de don Tomás se distinguía por el color blanco que le había dado.
La Casa Blanca es sin duda, la fábrica de jabón que todavía trabaja y que es la más antigua de México entero. El éxito de don Tomás respecto a los demás competidores, fue la innovación. Mientras los otros fabricantes seguían utilizando el método tradicional de usar grasa de puerco, produciendo jabones oscuros, sin olor agradable. Don Tomás empezó a utilizar grasa vegetal, proveniente de la copra de las palmas que produce el aromático aceite de coco, esto combinado con una ración de perfumada brea de pino y además de una dosis de Sosa Cáustica, obtenía al final un jabón ya no café oscuro, sino que por efecto de la sosa, salían unas barras de color amarillo reluciente como monedas de oro recién acuñadas y de placentero olor al olfato. Así de ese modo, ofrecía al público un producto de calidad superior y precio accesible. Desplazó a la competencia, quedando casi sólo como único dueño del mercado regional en el rubro del jabón.
Con más de 140 años haciendo jabón, La Casa Blanca hoy en día es manejada por la cuarta generación de los Aguilar y, sigue siendo un jabón representativo de Colima.
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