CABALLO NEGRO

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Por José Díaz Madrigal

Por el rumbo de Acatitán y Las Golondrinas, un poco más cargado a la primera ranchería, existe un cerro de tamaño mediano con vegetación semiabundante, propia de la zona cálida en que nos encontramos dentro del municipio de Colima, con árboles de Xolocahuitl, Brasil y Palo Fierro. Aparte de esa vegetación, el cerro está también surtido de piedras y riscos que se aprecian de lejos; distribuidas de tal modo que los únicos que pueden correr por ese escabroso y empinado terreno, son animales como tejones, tesmos o coyotes.

En cierta ocasión platicando con un viejo amigo que estuvo trabajando en Acatitán, comentaba acerca de un reluciente caballo negro de llamativas y pletóricas crines; al cual se le veía subir corriendo por la falda del mencionado cerro, cubierto de riscos. Lo curioso del caso es que no se sabía de donde procedía y a la vez que pudiera correr en tan abrupto terreno. Se echaba de ver cuando al ir trotando a media falda cuesta arriba, se medio detenía para pegar un largo relinchido como para hacerse notar y, luego continuaba su veloz marcha hasta el copete del cerro, en donde se perdía de vista.

Según le contaba un ranchero, ese caballo negro alguna vez llevaba cabalgando a su antiguo propietario, un cruel y desalmado fuereño, que después de haber cometido una fechoría, huyó en la dirección del cerro y que en un descuido arrojó al jinete entre los filosos peñascales; pero sin conocerse el lugar exacto donde cayó, puesto que no se encontró el cuerpo y, desde aquel entonces el caballo regresa presuntuoso y mitotero, con las crines flotando en el aire, conduciendose por la misma ruta por la cual habían escapado. Buscando a su dueño y al no encontrarlo, se pierde de vista al doblar la cima del monte.

Otro caballo de terror fue el que se le presentó a un iracundo y explosivo cazador, que al ir galopando tras una presa para darle muerte; pero no con escopeta o arma de fuego, sino a la usanza ancestral que era una larga puya, con la que alcanzaban al animal y lo tumbaban picandolo por el lomo. Se trataba de un feroz jabalí al que no lograba darle alcance. Por el tipo de cacería, el modo de abordarlo consiste en emparejar el caballo con el jabalí y derribarlo clavando la lanza.

El rabioso cazador montaba un brioso y ligero corcel, en el cual seguía tan de cerca al jabalí, que en varias ocasiones le alcanzaba a tocar el lomo con la puya, pero éste al sentir el toqueteo, apuraba la carrera. Era cuando el colérico cazador aventaba mil y más blasfemias acompañadas de mentadas de madre por no alcanzar su objetivo. La añeja leyenda dice que así transcurrió mucho tiempo, en que la presa y el cazador atravesaron largas cañadas y lechos de arroyos sin agua. Se repetían los momentos en que casi lo alcanzaba y luego lo perdía de vista o lo divisaba en la espesura de los matorrales.

Corrían y corrían, el caballo sumamente castigado por las espuelas del jinete, no pudo más hasta que reventó y cayó bien muerto de pura fatiga, sin darle alcance al salvaje jabalí. Describir la ira del rabioso jinete es indescriptible, estaba maldiciendo y pateando al caballo tirado en el suelo; cuando de repente se le aparece un pálido muchacho, que le traía de las riendas un robusto y esplendoroso cuaco negro. Sin esperar explicaciones, con la destreza propia de los caballerangos, trepó al fogoso bruto. Con fuerte relinchido arrancó en frenética carrera, sin embargo el cazador luego se dió cuenta que no era un penco cualquiera, empezó a sentir tremendo ventarrón en la cara. Era tanta la rapidez, que temeroso de perder los estribos y caer a tierra, soltó la puya para agarrarse con las dos manos a las flotantes crines.

A pesar del susto por la velocidad, observaba que los lugares por donde pasaban, eran totalmente desconocidos para él. Dejó de escuchar las pisadas y se empezó a remontar en el aire, topando con relámpagos y tempestades. Atravesó lugares terribles y sombríos. Después fue lanzado a un abismo vacío sin fondo con total ausencia de luz.

El pueblo donde se conoce la leyenda del renegado y maldicionento cazador, refieren que a éste malvado personaje se lo llevó el diablo, en un caballo negro como la noche y, el relato se lo dió a conocer a un conocido de él en forma de ánima en pena, pero el conocido no aguantó mucho la pesada figura del espectro, corrió alejándose de su presencia dándole la espalda.

Por ese motivo dicen las gentes que entienden de esas cosas, nunca se le debe dar la espalda a un fantasma, porque por ese lugar se mete el aparecido a su víctima. Al fulano que se le manifestó aquella visión, tuvo chance de contar la experiencia con el desaparecido cazador; pero no se libró de una especie de maleficio que lo invadió, después de aquel desafortunado encuentro. Días más tarde, murió de puro espanto.