La seguridad carretera no puede depender de la suerte de los automovilistas.
Transitar por una vía pública debería significar contar, cuando menos, con condiciones adecuadas de circulación.
Sin embargo, durante la temporada de lluvias, algunas carreteras que comunican a Colima con Manzanillo y sus rutas alternas presentan un problema que merece atención inmediata: el deterioro de la carpeta asfáltica y la aparición de baches que ponen en riesgo el patrimonio, la integridad física y hasta la vida de quienes diariamente las utilizan.

El problema adquiere mayor relevancia cuando consideramos el intenso movimiento vehicular que existe entre ambas ciudades.
El transporte de carga, los vehículos particulares y quienes se trasladan por motivos laborales, comerciales o familiares comparten una infraestructura cuya conservación resulta indispensable para la movilidad y la economía del estado.
Sabemos que existen distintas alternativas para circular entre Colima y Manzanillo, especialmente cuando se presentan congestionamientos, accidentes, reparaciones o interrupciones en las principales vías de comunicación.
No obstante, de poco sirve disponer de rutas alternas si estas tampoco reúnen las condiciones mínimas de seguridad.
Quienes circulan frecuentemente por estas carreteras conocen perfectamente el problema.
De pronto, aparece un bache de dimensiones considerables que obliga al conductor a frenar bruscamente, invadir parcialmente otro carril o realizar maniobras inesperadas para evitarlo.
En ocasiones, el agua acumulada impide advertir su profundidad y, cuando el automovilista intenta reaccionar, el daño ya está hecho.
Una llanta reventada, un rin deformado, una suspensión averiada o la pérdida del control del vehículo pueden convertirse en consecuencias inmediatas.
Pero lo verdaderamente preocupante es que una maniobra evasiva también puede provocar una colisión frontal, una volcadura o un accidente con consecuencias irreparables.
¿Hay que esperar a que ocurra una tragedia para reparar las carreteras? Claro que no.
La conservación de las vías públicas no debe entenderse como una actividad ocasional que comienza cuando los daños resultan evidentes.
Requiere planeación, inspecciones periódicas, mantenimiento preventivo y capacidad de respuesta inmediata, particularmente durante el temporal de lluvias, cuando el agua acelera el deterioro de las superficies de rodamiento.
Aquí resulta fundamental la coordinación institucional. Las autoridades municipales, estatales y federales, cada una dentro de su ámbito de competencia, deben establecer mecanismos de comunicación que permitan identificar oportunamente los tramos afectados, determinar responsabilidades y ejecutar las reparaciones necesarias.
No basta con anunciar obras de rehabilitación, cuando una carretera prácticamente se encuentra destruida.
La prevención también constituye una obligación pública vinculada con el derecho a la movilidad en condiciones de seguridad vial, reconocido en el artículo 4.º de nuestra Constitución.
Además, existe una cuestión económica que tampoco debemos ignorar.
Cada desperfecto ocasionado por las malas condiciones de una carretera representa un gasto extraordinario para las familias, los transportistas y las empresas.
Recursos que podrían destinarse a otras necesidades, terminan utilizándose para reparar daños que, en buena medida, pudieron evitarse mediante una conservación oportuna.
En Colima necesitamos una estrategia permanente de mantenimiento carretero que incluya las vías principales y alternas, acompañada de señalización preventiva, supervisión técnica y canales accesibles para reportar desperfectos.
Si las autoridades conocen las dificultades que genera el intenso tráfico entre Colima y Manzanillo, una medida elemental para disminuir sus efectos consiste precisamente en garantizar que las rutas disponibles permanezcan transitables y seguras.
Una carretera no debe repararse únicamente después de un accidente ni recibir mantenimiento cuando el deterioro resulta insostenible.
La verdadera responsabilidad institucional consiste en anticiparse al riesgo.
Cuidar nuestras carreteras también significa proteger vidas. Y ninguna vida debería perderse por un bache que pudo repararse a tiempo.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






