Por: José Díaz Madrigal
Uno de los más férreos opositores a la primera visita de Juan Pablo II a nuestro país en 1979, fue el poderoso Secretario de Gobernación -cuando este ministerio era eficiente- don Jesús Reyes Heroles. Éste le reprochó al presidente José López Portillo, que esa visita era violatoria a la Constitución Mexicana.
Respondiendo a ese legalismo López Portillo le dice a Reyes Heroles, mira Jesús, yo pago la multa de esa infracción del marco jurídico de nuestras leyes; pero por otro lado, como me voy a negar a recibir en México a Juan Pablo II, que es el líder de la religión de mi mamá.
Con esa respuesta, López Portillo dejó entrever que él no era Católico. El presidente tenía una fascinación por los dioses Aztecas, en especial por el dios brujo -así lo menciona el códice Durán del siglo de la conquista- Quetzalcóatl. Era tanto su interés por éste mítico dios brujo, que escribió un libro completo acerca de Quetzalcóatl. Durante su sexenio se le dió tanta importancia a esa especie de enfermiza obsesión, que se pusieron de moda los nombres de la cultura Azteca.
Entre un montón de cosas había dos aviones presidenciales que López Portillo bautizó con el nombre del brujo legendario: Quetzalcóatl I y II. casi todos los viajes a diferentes destinos nacionales o al extranjero, los hacía en esos aparatos. Eran origen y destino en sus travesías, ir sobre las alas del Quetzalcóatl.
El presidente parecía tener una fijación por el brujo deidad Azteca y, en su ceguera el mismo porvenir del país encomendado a ese mítico personaje prehispánico. Al final el resultado fue desastroso, dando la impresión de que la suerte de México se la haya encargado al mismísimo demonio; puesto que al terminar su administración, los mexicanos padecimos una de las mayores crisis que hemos tenido.
Al sur de la ciudad de México existe una zona arqueológica, más o menos parecida al Chanal de aquí de Colima, con la diferencia que allá en Cuicuilco, que así se llama aquel lugar, tiene una pirámide redonda. Pues ésta plazoleta sirvió de escenario para que el nuevo presidente de La Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortíz y parte de los ministros que integran ésta institución, asistieron y fueron parte de un ritual en que a todos ellos les practicaron una limpia, al más puro estilo de chamanes y brujos; donde se usó el humo de copal, ofrendas vegetales, cánticos y sonidos de caracol.
El nuevo presidente y los ministros participantes, no tuvieron empacho en invocar y arrodillarse ante la Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl el brujo mayor. Con el fin de que ésta deidad guiara sus pasos. Esta ceremonia no tiene mucha diferencia al Aquelarre vasco, que consiste en una reunión de brujos y brujas en donde supersticiosamente realizan ritos de conjuro y hechizos, evocando en este caso abiertamente al príncipe de las tinieblas, poniéndose bajo su protección y logrando con esto un efímero, un breve éxito en su petición, pero que a la larga lo cobra caro, con crueldad extrema.
Enmarcado sólo como conocimiento histórico de una antigua costumbre de pueblos originarios, quedaría como es, una tradición del pasado que usó la cultura precolombina. Sin embargo sacarlos a flote otra vez, después de 500 años, en una época diferente, constituye una aberración, una inmoralidad para la creencia del México nuevo en el que más del 80% de la población nacional, somos mestizos, somos una raza nueva mitad indio y mitad europeo. Del otro 20% de raza indígena, en su mayoría no practíca la costumbre de adorar La Serpiente Emplumada.
Apostar como lo hizo López Portillo a un dios brujo, nos puede salir caro como le pasó a él; además también va contra la religiosidad de la nación, va contra la propia Constitución Mexicana que describe un estado laico, en que las autoridades de este país, tienen la obligación de actuar con imparcialidad, respecto a la religión de sus habitantes.
Allá en 1979 cuando surgió el desacuerdo entre López Portillo y Reyes Heroles, por la visita del papa Juan Pablo II. Cuando menos don Jesús tuvo la suficiente dignidad y renunció al cargo de Secretario de Gobernación, por esa desavenencia con el presidente. ¿Qué harán los ministros que con su ausencia, no estuvieron de acuerdo con el ritual de brujería que los invitó Hugo Aguilar?
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