PERRO DEL MAL

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Por José Díaz Madrigal

Hasta hace poco menos de 20 años aquí en México, el primero de septiembre se conocía como el día del presidente. Habitualmente ese día con una gran parafernalia y mucha solemnidad, se llevaba a cabo de forma oral, el informe de gobierno del presidente de la República.

La idea de presentar este tipo de informes, inició desde los primeros años del México independiente. Siendo Guadalupe Victoria el primer presidente, fue él quien ofreció el primer informe presidencial en enero de 1825, de viva voz, arrancando con esa tradición de los informes orales, en todos los presidentes que le siguieron.

La Constitución de 1917 cambió la fecha de enero a septiembre de cada año, coincidiendo con la apertura de los trabajos legislativos. De esa manera se hizo con pocas variantes, durante 90 años en que éste evento adquirió un profundo significado en el desarrollo del viejo sistema político mexicano. Convirtiéndose por excelencia en el día del presidente.

Desde la época de Carranza y las administraciones sucesivas, la ceremonia del informe adoptó un formato que en los hechos se mantuvo hasta el 2007. Fue Lázaro Cárdenas en 1936 quien leyó por primera vez en radio un informe presidencial. Y fue el presidente Miguel Alemán, por otro lado, quien hizo de su cuarto informe en septiembre de 1950, no sólo la primera ceremonia televisada de ese tipo, sino que también inauguró la primera transmisión oficial de la historia de la televisión en México.

Del montonal de informes presidenciales, desde hace 200 años, hubo uno en que el presidente se agarró llorando en el podium; ese fue López Portillo. Éste ha sido el único llorón en un informe. Sucedió en el año de 1982 en su último mensaje en el Congreso, ubicado en el relativamente nuevo recinto legislativo de San Lázaro, que apenas un año antes había entrado en funcionamiento.

En la época de López Portillo, alrededor del 90% de las exportaciones mexicanas eran de petróleo. En los primeros años de su administración, el precio del petróleo era alto y México era un gran productor de esa materia. Por eso López Portillo en una mala jugada sin prevenir otro escenario, apostó todo el desarrollo nacional solo a los ingresos petroleros, decía: “tenemos que aprender a administrar la abundancia”. Y le valió madre lo que podría pasar, empezó a gastar descontroladamente, comprando y creando empresas nuevas; al mismo tiempo pidiendo prestado a los bancos extranjeros y con eso acumulando una enorme deuda externa.

Cuando los precios del petróleo se derrumbaron, el país se quedó sin dólares necesarios para sostener la economía. Luego el peso sufrió gran presión para devaluarse, debido a la falta de divisas en el banco central. Portillo para dar confianza a la gente y principalmente por hablador y fanfarrón, expresó: ustedes no se apuren, defenderé el peso como un perro. Pues le salió el tiro por la culata, al poco tiempo de su declaración el peso se devaluó a causa de una tormenta perfecta: excesivo endeudamiento externo, precio de petróleo por los suelos, severa fuga de capitales y todo esto abonado por una desmedida corrupción gubernamental.

El martes próximo se cumplen 44 años de ese último informe presidencial, en que López Portillo haciendo el mayor ridículo, totalmente emberrinchado con los dueños de los bancos; puesto que a ellos les echaba la culpa de la devaluación, él para nada se hizo responsable. Nomás por sus pistolas, decretó que se les quitaran los bancos para que el gobierno se apropiara de éstos.

Ya nos saquearon y no nos volverán a saquear, dijo lloriqueando mientras daba un fuerte golpe en el atríl, finalizando con una rabieta desesperada.

En los años siguientes, los resultados de esa ocurrencia-venganza tuvieron un alto costo al erario público, propiciando una banca paralela encubierta en casas de bolsa que proliferaron y favorecieron la especulación en detrimento de la población.

Por aquella expresión que se hizo famosa, de defender al peso como un perro, el ingenio popular le sacó raja humorística. Una vez que dejó la residencia oficial de los Pinos, se fue a vivir a una casa que le construyó Arturo Durazo -su cuate en las transas- en la cima de una loma pelada. De rápido la raza ocurrente, llamó a ese lugar como: La Colina del Perro. . . Pero perro del mal, porque ¡ah! como le hizo daño a nuestro país ese malvado presidente.