VENTANA POLÍTICA
Por: Guillermo Montelón Nava
Con la nueva estrategia de limitar la libertad de expresión, Morena quiere imponer más miedo, pero lo que no toman en cuenta es que cuando el miedo se instala en la vida cotidiana de una sociedad, termina por expresarse también en la urna electoral.
En México la violencia dejó hace mucho de ser un asunto reservado a las páginas policiacas. Hoy condiciona la economía, paraliza inversiones, modifica hábitos familiares, vacía espacios públicos y erosiona la confianza en las instituciones. La inseguridad ya no es un problema sectorial; es el termómetro con el que millones de ciudadanos miden la eficacia del Estado.
Michoacán se ha sumado desde hace tiempo a la crisis de violencia e inseguridad que padecen la mayoría de los estados de la federación, como Colima.
Las protestas de ciudadanos que exigen mayor seguridad, el reclamo de distintos sectores por resultados y los señalamientos públicos sobre presuntas relaciones entre actores políticos y grupos criminales —acusaciones que corresponden a las autoridades investigar y, en su caso, acreditar o descartar conforme a derecho— revelan algo todavía más preocupante: el desgaste de la credibilidad institucional.
Cuando una parte de la población deja de creer que el gobierno puede garantizar el orden, la crisis deja de ser únicamente de seguridad. Se convierte en una crisis de confianza con efectos económicos y políticos, como ocurre en el vecino estado .
Colima no está al margen de ese escenario. Al contrario, parece caminar por el mismo filo de la navaja.
Durante años, Colima ha figurado entre los de mayores tasas de homicidio del país, lo que alimenta la percepción de que la normalidad ha sido sustituida por la resignación y eso puede ser más peligroso aún, aunque por fortuna, los colimenses no se resignan.
Pero además de la inseguridad el ánimo colectivo ya detonó en otros conflictos que reflejan una ciudadanía cada vez más harta e inconforme.
La construcción del nuevo puerto en el vaso II de la laguna de Cuyutlán ha despertado preocupaciones legítimas sobre sus posibles efectos ambientales y sociales. Las autoridades tienen la responsabilidad de demostrar, con estudios, transparencia y diálogo, que el desarrollo económico no implica sacrificar un ecosistema de enorme valor para Colima. En democracia, las grandes obras no solo requieren inversión; también necesitan legitimidad social.
A ello se suma la interminable ampliación de la autopista Colima-Manzanillo. Una obra indispensable que, por sus retrasos y mala planeación, ha generado afectaciones por accidentes y pérdidas económicas. Cada jornada de caos vial alimenta la sensación de que las soluciones llegan tarde y de manera insuficiente.
Y mientras estos problemas ocupan la conversación pública, aparecen espectaculares, recorridos, reuniones y estrategias de posicionamiento rumbo a 2027.
Es difícil pedir paciencia a una sociedad que exige seguridad, movilidad y certidumbre, mientras observa cómo la política entra anticipadamente con campañas en modo electoral.
Gobernar implica asumir el costo de la realidad, pero Morena no lo acepta y sigue culpando al pasado como si la ciudadanía estuviera ciega frente a los errores de los hoy también son señalados como narco-políticos.
La historia política demuestra que, cuando la inseguridad se convierte en la principal preocupación social, los gobiernos empiezan a perder terreno no necesariamente porque la oposición sea más fuerte, sino porque la frustración ciudadana se vuelve más profunda.
Y es que la violencia no solo arrebata vidas; también consume la esperanza, fractura el tejido social y deteriora la legitimidad de las instituciones que ahora son más incapaces de resolver conflictos sociales. Y sin duda todo eso se reflejará en la elección de 2027, porque llegar a las urnas con la sensación de haber vivido con miedo, de haber enfrentado obras interminables, de haber visto crecer los conflictos sin respuestas convincentes, difícilmente separará esas vivencias de su decisión política.
Los gobiernos suelen creer que las elecciones se ganan con estructura, recursos, publicidad o estrategia. Todo eso importa, pero la percepción de buen o mal gobierno cuenta más, es decir que no serán las encuestas, no serán los estrategas; será la memoria de los ciudadanos lo que definirá el voto. Y esa memoria evaluará si hubo paz o miedo; si hubo soluciones o evasivas; si el gobierno estuvo a la altura de la crisis o si la crisis terminó por rebasar al gobierno.
La política tiene una regla que ninguna mayoría puede derogar: cuando el miedo ocupa las calles, tarde o temprano también entra a las casillas. Y cuando el miedo vota, ningún partido debería sentirse invencible. Así que en Morena bien harían si rectifican sus poses de soberbia, sus intentos autoritarios, sus afanes proteccionistas frente a la corrupción escandalosa y también sus pretensiones de control total de las libertades, pues ningún gobierno pierde únicamente por las críticas de sus adversarios; comienza a perder cuando la realidad cotidiana contradice el discurso oficial y cuando los ciudadanos sienten que sus problemas dejaron de ser una prioridad para quienes gobiernan.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

