Por:
La santidad que Dios exige, no es la que nosotros fabricamos, es la que Cristo nos imputa cuando creemos, “la batalla moral es una batalla perdida” y aunque nos moleste o incomode porque hemos sido aleccionados para pensar que después de aceptar a Jesús como Señor y Salvador, ya no deberíamos pecar más. Pero la biblia no dice nada de eso, Pablo explica en Romanos 7:18 “El desear el bien está en mi, pero no el hacerlo”. Te das cuenta, la batalla por ser santo por tu propia fuerza, es una batalla perdida, no porque seas débil, sino porque esa santidad no es tuya.
“La santidad que nos permite presentarnos delante de Dios” no nace de nuestra disciplina, ni de nuestra obediencia, ni mucho menos de nuestro rendimiento, (A puro pulmón) como bien lo rezaba mi amado amigo Nahúm Navas. Esta santidad nace de Cristo, de justicia, de obediencia, nace de su sangre y cuando producir lo que solo Cristo puede darte. Y cuando intentas producir lo que solo Cristo puede darte, terminas frustrado, terminas cansado, y sintiéndote indigno.
“La honestidad te mantiene cerca de la perfección”. Dios no espera que nunca más pequemos, espera que seamos honestos, por eso 1 Juan 1:8 “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” La perfección no mantiene nuestra relación con Dios, la honestidad si, la confesión no es para mantener nuestra salvación, es para mantener nuestra comunión, porque Dios no se relaciona con nuestra versión perfecta.
“La justicia que te salva no es la tuya” Él se relaciona con nuestra versión real. Esa versión de nosotros que falla, esa versión que lucha, que tropieza, la que vuelve y regresa, la que cree. Así que deja de “intentar” ganarte lo que Cristo ya te dio, deja de “intentar” producir la justicia que Él ya imputó, las batallas que solo por gracia puede ganar.
La santidad que Dios exige, Cristo ya la cumplió por nosotros, la justicia que Dios demanda, Cristo ya nos la regaló, y ahora cuando escuchas la verdad realmente con el corazón, la culpa pierde fuerza, la carne pierde dominio y es ahí donde finalmente tu alma puede descansar. Porque la primera señal de madurez espiritual, no es dejar de pecar, es dejar de confiar en nuestra justicia, y descansar en la de Cristo, y si crees en esto tu corazón por fin va a descansar.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

