Sociedad de la Información
Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez
Ejercer el magisterio ha sido, históricamente, una travesía por senderos escarpados. La labor pedagógica no se realiza sobre lo inerte, sino sobre la complejidad de seres humanos vibrantes, poseedores de necesidades heterogéneas y ambiciones legítimas. Los profesores, maestros o docentes —independientemente del sustantivo con que se les nombre— custodian en sus aulas la materia prima más sensible y vital de cualquier civilización. De su pericia y compromiso depende, de manera fundamental, el florecimiento y la madurez de un pueblo. Como bien señalaba el ilustre colimense Gregorio Torres Quintero: “La educación es el único medio de que dispone la sociedad para realizar sus ideales”. Bajo esta premisa, es imperativo sostener que el progreso social descansa sobre dos columnas vertebrales: el Estado y el Magisterio.
Cuando una sociedad se sumerge en la ciénaga de la corrupción, cuando la norma es el “mal ciudadano” y el porvenir se hipoteca ante la indiferencia general, es señal inequívoca de que estos dos pilares han sufrido una fractura estructural. En el México contemporáneo, resulta evidente que el Estado abdicó de su responsabilidad de formar ciudadanía desde hace casi tres décadas. Por su parte, amplios sectores del magisterio parecen haber colgado la mística de su título en la pared para centrarse exclusivamente en una profesionalización técnica y administrativa, postergando la esencia humana de su labor. Se olvidaron de que, como decía José Vasconcelos, el primer Secretario de Educación Pública: “El maestro es el apóstol que lleva la luz de la verdad a las inteligencias que duermen”. Sin esa luz, la técnica es vacía.
El docente, al igual que el político profesional, tiene la obligación ética de escudriñar el pasado para extraer lecciones de dignidad. Urge recuperar la mística de aquellos “maestros del apostolado” que la nación mexicana clama en estos tiempos de crisis de valores. Debemos evocar esa integridad que caracterizó a figuras de la década de los sesenta; presidentes que transparentaban su patrimonio al entrar y salir del poder, que transitaban por los caminos de México en autobús o tren, sin el blindaje de escoltas, y cuya mayor riqueza al terminar su mandato era la solvencia moral. Ante este espejo, surge la pregunta lacerante: ¿Cuántos mexicanos y colimenses con esa rectitud se necesitan hoy para regenerar el tejido social?
Los maestros deben trascender la búsqueda del reconocimiento social fatuo. Si no se generan cambios profundos desde la base, el porvenir de las nuevas generaciones será incluso más precario que el de quienes hoy las educan. En este día, el docente debe reconciliarse con su compromiso sagrado frente a la niñez. Es doloroso reconocer que ya no contamos, ni en el ámbito federal ni en el local, con líderes educativos de la talla de Jaime Torres Bodet, el propio Vasconcelos o el visionario colimense Basilio Vadillo, quien afirmaba con rigor: “El maestro no debe ser un simple transmisor de conocimientos, sino un formador de caracteres”. Esperar que las propuestas transformadoras o las mejoras salariales lleguen por benevolencia del sistema o de las secretarías actuales es una condena a morir de inanición en la espera.
La decisión, Maestro, reside en su trinchera. Usted decide si el cambio es una posibilidad real o una utopía descartada; usted decide si se perpetúa el inmovilismo o si nos atrevemos a la ruptura. Basta observar el horizonte político hacia la gubernatura de Colima en 2027: el panorama es desolador. Encontramos aspirantes que han sido cómplices o protagonistas de actos de corrupción; algunos incluso bajo la sombra de vínculos con el crimen organizado. Lo más trágico es que las dirigencias partidistas son plenamente conscientes de que en sus estructuras anidan personajes dedicados al lavado de dinero, y aun así, se presentan ante la opinión pública con una pulcritud cínica, ignorando que el juicio de la historia —o incluso de actores externos como Donald Trump— podría desmentirlos de un plumazo. El aula es, quizás, el último bastión de resistencia ética que nos queda.
Para analizar. A través de la siguiente narrativa planteó una crítica mordaz a la deshumanización del magisterio y al abandono de la formación cívica por parte del Estado. La transición de la figura del “maestro apóstol” hacia un técnico administrativo ha dejado un vacío ético que repercute directamente en la descomposición del tejido social. Al citar a figuras como Torres Quintero y Basilio Vadillo, se subraya que la educación no es un proceso mecánico de transmisión de datos, sino un ejercicio de resistencia moral. La advertencia es clara: sin una columna vertebral ética en las aulas, la sociedad queda a merced de una clase política degradada que ha normalizado la corrupción y la opacidad.
Asimismo, el análisis vincula la crisis educativa con el sombrío panorama político de Colima hacia 2027. Durante la narrativa de este texto sugerimos que el aula es el último espacio de soberanía donde se puede gestar un cambio, dado que las instituciones cupulares y las secretarías han perdido la brújula del servicio público. La mención de personajes políticos vinculados a irregularidades sirve como un espejo de lo que sucede cuando el magisterio deja de formar “caracteres” y ciudadanos críticos; la pasividad del sistema educativo termina por alimentar un ciclo de impunidad que solo puede romperse mediante una reconciliación del docente con su compromiso sagrado y una mirada introspectiva hacia los valores de integridad del pasado.
Reitero, el progreso social depende de la alianza entre el Estado y el Magisterio, pilares que hoy se encuentran fracturados por la corrupción y el enfoque técnico-burocrático de la enseñanza. Ante la ausencia de líderes educativos de la talla de Vasconcelos o Torres Bodet, y frente a un escenario político local amenazado por el crimen organizado y la deshonestidad, se hace un llamado urgente a los maestros para recuperar la mística del “apostolado”. En última instancia, se deposita en el docente la responsabilidad individual de decidir entre el inmovilismo o la transformación ética, señalando al aula como el bastión final para regenerar la dignidad de la nación.
Para despedirme. Valoro profundamente la oportunidad de haber dado mis primeros pasos y transcurrido mi niñez, adolescencia y juventud en el mismo sitio donde naciera el ilustre maestro Gregorio Torres Quintero. Aunque el inmueble haya sido transformado y el Estado parezca haber relegado al olvido el lugar exacto de su nacimiento aquel 25 de mayo de 1866, su espíritu aún anida en ese hogar. Resulta irónico que las autoridades olviden honrar una obra que trascendió Colima para impactar a México y al mundo; sin embargo, es aún más contradictorio esperar que se reconozca su quehacer —o el de los cientos de maestros que laboraron en los Liceos de Colima durante los siglos XIX y XX— cuando esas mismas instituciones parecen ignorar a los miles de niños y jóvenes que hoy crecen en la incertidumbre.
Nos vemos en la próxima entrega.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

