Por: José Díaz Madrigal
Aquella tarde del 14 de noviembre de 1973, toda la chiquillada desde primero a sexto grado en la primaria Gregorio Torres Quintero, estábamos por regresar a los respectivos salones de clase, después que había sonado el timbre indicando que terminó el recreo de media hora que nos daban. La escuela Torres Quintero de aquella época, no es como la de ahora, era un edificio imponente de dos plantas, muchas aulas, grandes corredores, canchas para el deporte, vistosa gradería para presenciar eventos y, lo que más caracterizaba a ese plantel, era un mural a la pura entrada, lleno de colorido, con la figura pintada del profesor Gregorio Torres Quintero que sostenía en su mano derecha un cartel con la leyenda, Amo a México.
Justo antes de ingresar de nueva cuenta a los salones, llegó corriendo de la calle un jovencito de 13 a 14 años de edad. Con ojos llorosos se dirigió al director, el estricto Genaro Hernández Corona y le dijo a bocajarro, director me mandó mi papá a pedirle por favor sí deja salir a mis primos, porque en un accidente que tuvo mi abuelo Rafael con el tren, lamentablemente perdió la vida.
De inmediato le cambió el semblante al director, apesadumbrado le contestó al muchacho, siento mucho lo que le pasó a tu abuelo, dale el pesame de nuestra parte a tu papá y claro que tus primos se pueden ir contigo.
Fue don Rafael Briceño Ramirez, patriarca de numerosa familia colimota. En su juventud aprendió el oficio de la herrería, en un local propiedad de su padre el señor José Briceño Valenzuela, que tenía un taller donde se utilizaba la fragua para calentar metales, especialmente el fierro, él cual se calentaba a altas temperaturas para moldearlo, forjarlo o unirlo. Éste sistema para pegar un metal con otro, se conoce como soldadura de forja; procedimiento artesanal tardado, que todavía es usado en ciertas fundiciones para hacer trabajos específicos.
La innovación y las técnicas nuevas, han sido siempre la diferencia entre hombres y pueblos triunfadores. Por allá en la década de los treinta del siglo pasado, se mejoró la soldadura eléctrica -que ya existía- en la que se unen dos metales con un cordón de soldadura en tan sólo unos minutos, distinto al lento proceso de la forja.
Habiendo escuchado el joven e inquieto Rafael que en Guadalajara, vendedores de máquinas de soldar, estaban ofreciendo cursos para enseñar a operadores el como manejar éstos aparatos; sin la anuencia del padre decidió ir a esa ciudad con el propósito de aprender el nuevo método de soldadura. Se ausentó un par de meses de su querida Colima, mientras iba a instruirse en la novedosa tecnología.
De regreso a su lugar de origen, empezó con un pequeño taller mero enfrente de donde estaba el de su papá. Éste se resistía a implementar la nueva forma de soldar, traída de Jalisco por su propio hijo, ya que tenía la creencia de que la fuerte luminosidad que produce el arco eléctrico cuando está soldando, dejaba ciegos a la gente; de tal modo que cuando Rafael prendía la máquina para soldar, don José mejor cerraba la puerta para no correr el riesgo de perder la vista.
Don Rafael fue un hombre visionario, aventado y con iniciativa. Precisamente fue él quien trajo la primera máquina para soldar a Colima. Éste acontecimiento lo catapultó lo llevó a pararse en el primer escalón que lo conduce agarrado de la mano de su buena fortuna, de su brillante estrella a la cima del éxito empresarial.
Así pues, de esta manera fue el pionero en el desarrollo industrial de Colima, alcanzando tal prosperidad que quizá ni él mismo imaginó y que sin embargo le abrió camino para hacer otros proyectos, como fue la instalación del primer torno moderno, la primera máquina rectificadora de motores. Diversificó sus negocios, ampliándose al ramo de agricultura, aceite de limón, agencias de autos, tractores y gasolineras.
La clave del triunfo en el trabajo y de un estilo de vida, de personajes como don Rafael, es la combinación de factores como el valor y talento, el hambre de aprender cosas nuevas, de correr el riesgo de equivocarse y sobre todo, suerte, su estrella brillante que lo acompañó en el camino de la vida, de repente se apago aquel fatídico 14 de noviembre de 1973
Quienes lo conocieron y trataron, también coinciden en la faceta generosa que tenía con los necesitados, aparte el don de gente con empleados y trabajadores. Su muerte fue muy sentida en la sociedad de su tiempo. Como merecido homenaje, una escuela primaria lleva el nombre de éste destacado hijo de Colima.
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