Por: José Díaz Madrigal
Después de larga y penosa enfermedad, falleció en esta ciudad el 1° de febrero pasado, el querido sacerdote Pedro Ruelas Zamora. Originario de la comunidad de San Juan de Amula, pequeña población situada precisamente en la región jalisciense que se conoce como Sierra de Amula. Las veces que teníamos oportunidad de conversar con él, nos comentaba que llegó a Colima para ingresar al Seminario Conciliar de esta capital, siendo todavía un niño.
De familia humilde pero de fuertes raíces Católicas. Su padre decidió enviarlo al Seminario a pesar de carencias económicas. Mira Jesús -así se llamaba el papá del padre- le dijo en cierta ocasión una acaudalada dama de allá de su mismo terruño: déjame ayudarte con la manutención de tu muchacho el seminarista. Te agradezco tu buena intención, pero sí mi hijo algún día va a ser ministro del Señor, que sea por su propio esfuerzo y, no aceptó el apoyo que le ofrecieron. Desafortunadamente don Jesús murió antes de ver a su vástago convertido en sacerdote.
Por aquellos tiempos de los años cincuenta, muchas familias colimotas de todos los niveles sociales, recibían a seminaristas para darles de comer en sus casas. Comentaba el padre Pedro que a él le tocó ir a la casa de un viejo matrimonio que estaban solos. El esposo trabajaba de aguador, es decir, vendía agua para beber en unos cántaros de barro, que cargaba en un par de burros; con éstos recorría las calles por distintos rumbos de la ciudad.
El aguador era un hombre de aspecto serio y trabajador. Luego de terminar su ruta diaria, se dirigía a su casa para comer a eso de las dos de la tarde. Un día entre los días de la semana, llegó cuando acababan de poner los platos sobre la mesa; observó que el joven seminarista no comía por lo que le pregunta con señas a la esposa que era lo que sucedía, sin tapujos ella contestó: es que no le gusta lo que preparé de comer. Entonces aquel hombre maduro y con experiencia de la vida, le dijo con autoridad. . . Mira jovencito, este es un hogar modesto, pobre pero honrado. Sí mi esposa se esmera para preparar verdolagas con huevo o tacos de frijoles, lo mínimo que debes demostrar es agradecimiento; así que vas dejando de lado tu delicadeza y te pones a comer.
Todavía cuando el padre Pedro platicaba esa historia, se le notaba una honda nostalgia, a tal grado que se le humedecían los ojos. Nos decía, nunca dejé de visitarlos y agradecerles su hospitalidad. Murieron ya hace muchos años, sin embargo su recuerdo lo guardo vivo en el corazón.
Se ordenó de padre en una generación de las más numerosas que se tenga memoria. Fueron 12 seminaristas los que esa vez recibieron la consagración sacerdotal, siendo el padre Ruelas el más joven de esa camada, con apenas 24 años de edad. Por esa época se usaba que cada futuro sacerdote, mandara imprimir invitaciones para repartirlas a familiares y amigos.
El día que fue a la imprenta para que le hicieran las invitaciones, lo atendió una señora conocida en el medio periodístico, era articulista del Diario de Colima. Cuando el seminarista le dijo que quería mandar hacer unas invitaciones, antes que terminara la señora le preguntó ¿cuando te casas? No, no es para boda, contestó el padre, me voy a ordenar de sacerdote. La señora que estaba sentada en su escritorio, levantó la vista y lo barrió de arriba a abajo y le dijo de la forma más natural: hombre muchacho pues que desperdicio, estás muy guapo. No me cobró las invitaciones y quedamos siendo amigos toda la vida.
En verdad el padre era un hombrazo bien hecho, agraciado físicamente, con timbre de voz varonil, además de una exquisita elocuencia que era un deleite escuchar sus bien pensados sermones, dando como resultado un hombre bastante atractivo para las damas. Una vez que fui a visitarlo estando ya enfermo, coincidí con unas señoras que también fueron de vista de cortesía. Una de ellas era una antigua conocida, con facilidad para bromear. Ésta empezó a recordar cuando le ayudaba al padre a vender boletos, para la construcción del Templo del Espíritu Santo; decía, la vez que se repartieron los boletos, yo pedí la mayor cantidad de ellos, puesto que quería sacarme la rifa, pero además yo quería el premio mayor. ¿Qué era el premio mayor? Pregunté. ¡Ah! Pues el padre, y lo dice con tal picardía, que todos soltamos la risa.
Del padre Pedro se pueden escribir muchas anécdotas. Los que fuimos sus alumnos de cada jueves en el Templo de San Rafael, guardamos con cariño sus enseñanzas. Una que se nos quedó grabada en la memoria, es cuando nos repetía: miren, aprendan las cosas buenas de la vida hasta de los malos, pero las cosas malas ni de los buenos las aprendan.
Descanse en paz el estimado y querido padre, Pedro Ruelas Zamora.
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